Hay un azulejo en mi corazon…

A partir de ahora, además de algunos poemas voy a empezar a subir pequeños cuentos como esté a la página. Algunos van a ser nuevos y otros, como el que comparto hoy, están escritos hace muchos años y perdidos en algún cuaderno.

Inamovible y obstinado

Al chico cuya historia voy a relatarles, le ha costado crecer. Gran parte de él todavía está atrapado en los años 80 en ese pequeño pueblo en las afueras de Santa Rosa. Allí, tiene cinco años y es obstinado. Y todavía está sentado en una de las dos piedras idénticas excavadas en la base de los postes. Junto a la gran tranquera de madera a la entrada del asentamiento. Cuando uno habla con él hoy en día, parece que se ha vuelto uno con la piedra. Que, en 30 años, no se ha movido; y se ha vuelto inamovible como el árbol de roble al costado del camino.

Y siempre que puede, cuenta la misma historia:

Su padre se fue esta mañana rumbo a Buenos Aires para unirse a su unidad después de un mes de licencia. Lo vio irse con su uniforme militar pisando el camino de tierra que sale del pueblo, deteniéndose brevemente en el extremo sinuoso para mirarlo y saludar.

A pesar de que era distinto que ayer, el niño era muy pequeño y no entendió la diferencia. Para él su padre estaba saliendo a Santa Rosa, como todas muchas otras mañanas durante el último mes.

«Me voy a subir a sus hombros cuando regrese por la noche». Pensó el pequeño. Hay una sonrisa de convicción en su rostro que se desvanecerá y desaparecerá en algún lugar cerca de la puesta del sol. Pero el día va a ser largo. Son solo las siete de la mañana y el sol comienza a brillar como sus ojos llenos de esperanza.

El camino de tierra está vacío ahora. No está ingresando nadie por allí…Al menos no todavía.

El niño se siente orgulloso de los 30 días de completa felicidad y alegría que acababa de vivir. Donde a nadie se le permitió ordenarlo o regañarlo por perseguir a las ranas después de una tarde lluviosa o culparlo por la su torpeza al romper las ollas de porcelana favoritas de su madre. Su padre lo arreglaba todo. Mientras estuviera, no había nada que no pudiera resolverse amigablemente.

Su mundo inocente e infantil encontraba su órbita a su alrededor. Ya no podía moverse a voluntad, y por eso su abuela le decía a su padre que lo estaba malcriando.

El pequeño todavía tiene que aprender que toda la gloria y la dicha llegan a su fin; aunque es probable que él no esté interesado en aprender tal sabiduría estoica.

Pero lo que si lo tienen interesado es el camino de tierra vacío. Se ha apoderado de su mirada indivisa.

Los carros cargados de heno, forraje verde y caña de azúcar han comenzado a regresar al pueblo. Grupos de mujeres pasan a su lado y se dirigen hacia los campos con un almuerzo para los agricultores. Ya es mediodía. Sin que lo notara, el sol se ha movido lentamente sobre su cabeza. Los niños siguen jugando bajo el roble al lado del camino sinuoso. Su madre lo llama desde detrás de la tranquera para que vuelva a casa.

— Estoy esperando a Papá.

Su desafío interior es más fuerte que su voz. Nadie puede hacerle recapacitar su convicción de esperar allí sentado. Y la tranquera que lo separa de su madre parece un abismo insorteable.

— Pero Papá no regresará hoy…– le dice ellá.

— Si lo hará. Lo sé.

— ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo dijo él?

— No. No lo hizo. Pero sé que volverá. Por eso lo estoy esperando. ¿No volvió ayer?

El aullido en su voz no revela ningún miedo. Él está lleno de convicción. Sus ojos aún miran el camino de tierra, fijo donde su padre se había detenido brevemente antes de desaparecer. El vuelo de su imaginación, sin embargo, ha trascendido las barreras del camino sinuoso y las casas, y puede ver a su padre en el banco retirando su salario, tal como lo hicieron cuando lo acompañaron la última vez.

— ¿A qué hora llegó papá a casa ayer de la ciudad con tus regalos?

— Por la tarde. ¿No te acordás?

— Sí. Así que volverá por la tarde. Deberías venir a casa, comer tu almuerzo y esperar después. Todavía hay mucho tiempo para que sea de noche.

Él asintió fastidiado y la acompaño hasta la casa. El almuerzo fue breve. Sus tías le sonreían. Su abuela le dijo que se quedara y durmiera la siesta. Todos querían darle órdenes. Se sintió rodeado.

— Dormiré la siesta cuando papá regrese.

Su madre le dio un baño y luego fue a sentarse bajo la sombra del viejo roble.

La sigue cerrada y nadie la ha movido aún. Él sabe que es demasiado pronto para que su padre llegue, pero sigue esperando y mantiene el camino en su mirada.

Su madre, su abuela y sus tías también han venido a descansar debajo del árbol.

— ¿Por qué estás mirando la puerta? –se burló su tía más joven.

— Estoy esperando a papá.

Todos se ríen. Su abuela les dice que no lo molesten.

Se gira para acostarse de espaldas. El árbol se extiende amplio con sus espléndidas ramas.

Ahora el silencio lo ha amortiguado todo; nada parece respirar mientras las mujeres se han acostado a descansar.

El pueblo vuelve a la vida por la tarde. Todos los hombres han regresado de los campos. La tranquera está abierta. Los chachos y las vacas están comiendo felizmente.

El niño camina hacia el caballo favorito de Padre. Sabe que no le haría daño. El caballo lo olfatea y baja su cabeza cerca de la suya y él lo acaricia en la frente.

— No estés triste –le susurra–. Padre volverá a casa pronto.

Más tarde, el sol está bajando y él está sentado en la piedra otra vez … mirando el camino de tierra. La mayoría de los agricultores han regresado a sus hogares. Algunos siguen regresando con rostros agotados debido al arado.

El sol se ha puesto. Los niños ya están jugando a las escondidas. El camino ha comenzado a desvanecerse en la oscuridad del atardecer.

Su abuelo ha venido a buscarlo.

— ¿Qué estás haciendo aquí?

Él mira hacia arriba y abre la boca, pero su voz se pierde en algún lugar de su garganta. Mira hacia atrás al camino que se va muriendo gradualmente. No hay nadie. Su abuelo se sienta debajo de la gran roca.

— Vamos a casa.

— No—susurra—Por favor…Esperemos a papá.

Su abuelo sabe que lo más probable es que su padre tarde mucho en volver. Si es que vuelve en absoluto. El niño es muy joven para entender. No ve las noticias, ni lee los diarios, ni entiende las responsabilidades de llevar un uniforme militar. Pero abril está llegando, y por estas horas, su padre estaba más cerca de Las Islas Malvinas que de aquel silencioso pueblo.

Pero no podía explicarle eso…

Su abuelo lo toma en sus brazos y siguen sentados allí por un rato. Manteniéndose cerca uno del otro, en silencio.

De pronto las lágrimas están rodando por los ojos del anciano. Pero no es el único que está llorando.

Queden allí suspendidos bajo el cielo azul bordado de estrellas. Mientras su abuelo le promete que el mismo abrirá la tranquera cuando su hijo regrese.

Los dos sospechan la verdad: su abuelo jamás podrá cumplir esa promesa.


Alejandro Menéndez


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