Pisando aguas turbulentas: el exceso de pensamiento

Un pequeño viaje al norte:

Hace unos años, visité San Juan y me hospedé en lo de un amigo por unas semanas.

Con un pequeño grupo decidimos tomar un bote una tarde y navegar por las aguas tranquilas del Dique Cuesta De Los Vientos. Queriendo buscar un poco de aventura, empezamos a alejarnos del a unas islas pequeñas, que quedaban aisladas de la costa en el lado noroeste. Al subir al bote, habíamos tenido la decisión de sobrecargar la humilde embarcación para no dejar a ningún amigo abajo.

Solo había pasado aproximadamente una hora de remar de forma muy relajada; tomando mates y descansando por momentos antes de que llegásemos a descubrir por qué se llamaba Cuesta De Los Vientos.

Veran, el dique tiene una particularidad: es increíblemente tranquilo durante toda la mañana. Pero entre la 1PM y las 2PM se genera en su interior un vendaval impresionante; con ráfagas que superan los 100 km/h

Justamente, de la nada misma, un viento se levantó repentinamente, arremetió con furia, y nuestro bote comenzó a mecerse. Debido a una mala reacción que tuvimos ante la sorpresa, y un cambio de posición histérico, todos nos encontramos en el agua en unos momentos.

Menos mal que yo deje todas mis cosas en el auto a salvo en la costa. Pues bajo el agua, recuerdo haber visto el Zippo de un amigo flotando en el oscuro abismo de abajo, y peor aún un celular plateado que se movío entre las puntas de mis dedos cuando, desesperadamente, y por lo tanto, sin gracia, intenté agarrarlo. No pasó mucho tiempo antes de que hubiéramos enderezado el bote; nos subimos de nuevo y comenzamos a evaluar lo que habíamos perdido.

Había sido una tragedia material. Las bajas incluían desde comida, un termo de mate y gafas de sol, hasta el Zippo y el teléfono mencionado anteriormente.

Al repasar lo sucedido, nos dimos cuenta de que había algunas cosas que funcionaban en nuestra contra: como subir demasiada carga al bote y dar respuesta frenética a un evento externo inesperado.

¿Porque cuento todo esto? Bueno, porque, en consecuencia, esta pequeña anécdota no es muy diferente de cómo algunos de nosotros tendemos a responder ante una circunstancia estresante o inesperada.

Nuestra respuesta frente a la adversidad:

“La vida es una serie de olas para ser abrazadas y superadas. «- Danny Meyer

La vida tiende a estar llena de momentos ventosos y turbulentos…

Dependiendo de cómo estemos preparados en forma rutinaria, y de cómo compartimentemos nuestras emociones, sin duda, podemos afectar la forma en que reaccionamos ante las ráfagas y las olas de lo inesperado.

En consecuencia, a veces solo debemos operar con lo esencial; continúa nuestro día sin preocuparnos por el pasado ni por el futuro. Debemos estar preparados mentalmente para los tipos de eventos que, sin duda, encontrarán su camino ante nosotros. Y, aunque es más fácil decirlo que hacerlo, debemos mantenernos compuestos (o lo más compuestos posible) frente a situaciones inesperadas, para que no nos arriesguemos a darnos la vuelta y exagerar.

«Pensar demasiado es una enfermedad». – Fyodor Dostoyevsky

Si tuviéramos que profundizar en aspectos específicos, una tendencia particular a apuntar sería la práctica de pensar demasiado. Sobre-pensar nos lleva a sobre-analizar ciertas situaciones. Y si bien el exceso de pensamiento puede ayudarnos a prepararnos adecuadamente, también puede reprimir la compostura en este proceso y desordenar nuestros planes. Por supuesto, pensar demasiado en una situación en particular también puede llevar a respuestas dañinas o reacciones desfavorables que no hacen más que escalar las cosas o causar un dolor innecesario.

El porqué de esta historia:

El exceso de pensamiento permite la creación de suposiciones sin fundamento o sin sentido. Puede convertir la toma de decisiones instintiva y asertiva en pruebas agonizantes de determinación equivocada. El exceso de pensamiento también puede penetrar y hacer que surjan disturbios en las partes del día que debemos reservar para relajarnos. En última instancia, es una forma de turbulencia que puede convertirse en una infiltración trascendental de nuestro equilibrio mental. Siempre presentes e inevitables, las olas pueden y van a sacudir el barco, pero en última instancia es el estado del barco el que decide si es o no susceptible a estas olas.

«Solo se necesita una ola para volcar un bote, y una más para derribarlo». – Federico Chini

Con paciencia, todo llega a buen puerto:

Esa noche, a pesar que terminamos empapados, con la ropa echa un desastre y muchas posesiones materiales menos en nuestro haber, todavía nos quedamos disfrutar de una vista del lago a la noche, con un ligero baño de niebla iluminado por la luna sobre el agua. Encendimos un fuego sobre las piedras de la costa, e intentamos secar inútilmente la ropa empapada.

Por suerte todos llevábamos unas remeras de más en las mochilas, y unos buzos que nos salvaron de un resfrió. Destapamos una cerveza y nos quedamos disfrutando el momento en torno al fuego.

El agua que nos rodeaba, ahora estaba tranquila, serena, y translucida como un cristal.

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