Las grandes ciudades: ¿Son un perjuicio para nuestros cerebros?

Introducción:

Hay que reconocer que la ciudad siempre ha sido un motor de la vida intelectual, desde las cafeterías de Londres del siglo XVIII, donde los ciudadanos se reunían para discutir sobre química y política radical, hasta los bares de la orilla izquierda del París moderno, donde Pablo Picasso hablaba del arte moderno. Sin la metrópolis, no podríamos haber tenido el gran arte de Shakespeare o James Joyce; Incluso Einstein se inspiró en medio de un trabajo monótono.

Y, sin embargo, la vida de ciudad no es fácil. Los mismos cafés de Londres que estimularon a Ben Franklin también ayudaron a diseminar el cólera; Picasso finalmente compró una finca en la tranquila Provenza. Si bien la ciudad moderna puede ser un refugio para dramaturgos, poetas y físicos, también es un lugar profundamente antinatural y abrumador.

Ahora los científicos han comenzado a examinar cómo afecta la ciudad al cerebro, y los resultados son duros. El simple hecho de encontrarse en un entorno urbano, han descubierto, afecta nuestros procesos mentales básicos

¿Entonces, que dicen los estudios?

Se ha establecido la existencia de un vínculo claro entre la vida de la ciudad y la enfermedad mental. Los estudios científicos recientes confirmaron aún más lo que hemos sabido desde hace bastante tiempo: vivir en una ciudad es un factor de riesgo para los trastornos mentales. Un metaanálisis de 2010 de 20 estudios de población separados encontró que la vida en la ciudad aumentó considerablemente la posibilidad de tener problemas mentales como ansiedad, depresión u otros trastornos del estado de ánimo.

Un estudio realizado en 2011 encontró que los cerebros de las personas que viven en entornos urbanos reaccionan al estrés con más actividad en la amígdala, una región del cerebro relacionada con el miedo y las emociones. Los investigadores también observaron un efecto “urbano” en los cerebros de las personas que crecieron en ciudades: sus cerebros tenían diferencias en una región de la corteza que afecta a la amígdala y está vinculada a la regulación de las emociones negativas y el estrés.

Mientras tanto, el porcentaje de la población mundial que vive en zonas urbanas está creciendo. Actualmente, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades, y se espera que ese número crezca a más del 66 por ciento de los humanos en todas partes para el año 2050. ¿Qué podemos hacer para asegurarnos de que todos nos mantengamos saludables ante semejantes estímulos?

En las grandes ciudades, la atención se ve comprometida:

Después de pasar unos minutos en una calle concurrida de la ciudad, el cerebro es menos capaz de mantener las cosas en la memoria y sufre de autocontrol reducido. Si bien hace tiempo que se reconoce que la vida de la ciudad es agotadora, (por eso Picasso se fue de París) esta nueva investigación sugiere que las ciudades en realidad embotan nuestro pensamiento, a veces de manera dramática.

La mente es una máquina limitada. Y, poco a poco, vamos a ir comprendiendo las diferentes maneras en que una ciudad puede saturar esas limitaciones. Clic para tuitear

Considere todo lo que su cerebro tiene para hacer un seguimiento mientras camina por una calle concurrida como la avenida 9 de Julio. Hay las aceras llenas de peatones distraídos que deben evitarse; los peligrosos cruces peatonales que requieren que el cerebro controle el flujo del tráfico. (Pensemos que el cerebro es una máquina cautelosa, que siempre busca amenazas potenciales). Existe una red urbana confusa, que obliga a las personas a pensar continuamente sobre hacia dónde van y cómo llegar allí.

¿Pero cuál es el problema?

La razón por la que tales tareas mentales aparentemente triviales nos dejan agotados es que explotan uno de los puntos débiles cruciales del cerebro. Una ciudad está tan llena de estímulos que necesitamos redirigir constantemente nuestra atención para que no nos distraigamos con cosas irrelevantes, como un letrero de neón intermitente o la conversación con un celular de un pasajero cercano en el autobús. Este tipo de percepción controlada (le estamos diciendo a la mente a qué prestar atención) requiere energía y esfuerzo. La mente es como una poderosa supercomputadora, pero el acto de prestar atención consume gran parte de su poder de procesamiento. No nos olvidemos que, como ya expliqué anteriormente, la mente necesita tiempo libre.

Cabe destacar tambíen que, según varios estudios, los niños con trastorno por déficit de atención tienen menos síntomas en entornos naturales. Cuando están rodeados de árboles y animales, tienen menos probabilidades de tener problemas de comportamiento y son más capaces de concentrarse en una tarea en particular.

Tendemos a perder la capacidad de autocontrol:

Pero la densidad de la vida en la ciudad no solo hace que sea más difícil concentrarse: también interfiere con nuestro autocontrol. En ese paseo por la 9 de Julio, el cerebro también es atacado por las tentaciones: caramelos con leche, iPhones, ropa de marca con descuentos y zapatos de tacón alto. Resistir estas tentaciones nos obliga a flexionar la corteza prefrontal, un nudo del cerebro justo detrás de los ojos. Desafortunadamente, esta es la misma área del cerebro que es responsable de la atención dirigida, lo que significa que ya se ha agotado al caminar por la ciudad. Como resultado, es menos capaz de ejercer el autocontrol, lo que significa que tenemos más probabilidades de derrochar indiscriminadamente el dinero en un café con leche o en unos zapatos que realmente no necesitamos.

Si bien el cerebro humano posee increíbles poderes de cómputo, es sorprendentemente fácil hacer un cortocircuito: todo lo que necesita es una calle de la ciudad agitada.

En una opinión personal, creo que:

Las ciudades revelan cuán frágiles son algunas de nuestras funciones mentales. Paradójicamente, no solemos notar lo mucho que nos alteran hasta que salimos un momento de la rueda. Clic para tuitear

Investigaciones relacionadas han demostrado que el aumento de la «carga cognitiva», como las demandas mentales de estar en una ciudad, aumenta la probabilidad de que las personas elijan una torta de chocolate en lugar de una ensalada de frutas, o se entreguen con un refrigerio poco saludable, (o a las seductoras garras de Mc Donals)

Este es el primer golpe de la vida de la ciudad: subvierte nuestra capacidad de resistir la tentación incluso cuando nos rodea con ella, desde establecimientos de comida rápida hasta tiendas con ropa de lujo. El resultado final es demasiadas calorías y demasiada deuda en la tarjeta de crédito.

Conclusiones:

Nos preocupamos mucho por los efectos de la urbanización en otras especies…

Pero también nos afecta a nosotros. Y es por eso que es tan importante invertir en los espacios que nos brinden algo de alivio dentro de tanta vorágine.

Dada la gran cantidad de problemas mentales que se exacerban con la vida de la ciudad, desde la incapacidad de prestar atención hasta la falta de autocontrol, la pregunta sigue siendo: ¿por qué las ciudades continúan creciendo? ¿Y por qué, incluso en la era electrónica, perduran como fuentes de la vida intelectual?

Se sabe por estudios científicos que las mismas características urbanas que desencadenan fallas en la atención y la memoria (las calles abarrotadas y la densidad aplastante de personas) también se correlacionan con un aumento en las medidas de innovación. Es posible que la «concentración de interacciones sociales descontroladas» sea la principal responsable de la creatividad urbana.

Por lo tanto, podríamos decir que la ciudad tiene y siempre tuvo sus ventajas para la humanidad. Nos fuerza a superarnos, a crear, nos fuerza a interactuar y chocar opiniones.

La clave, entonces, es encontrar formas de mitigar el daño psicológico de la metrópolis y al mismo tiempo preservar sus beneficios únicos. Diseñar ambientes dentro de las grandes ciudades que nos trasmitan naturaleza y tranquilidad, podría ser la solución para encontrar un equilibrio y reducir los ritmos frenéticos.

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