El Umbral De La Gloria: Capitulo 1


Sobre el Racing Club de Avellaneda:

Antes de contar esta historia, sería propicio explicar, o por lo menos intentar explicar, lo que significa el fútbol para un fanático del Racing Club de Argentina.

Racing es uno de los denominados ‘Cinco Grandes del Futbol Argentino’. Es decir, uno de los cinco equipos más populares en uno de los países más futboleros del planeta. Aunque tiene 111 años de antigüedad, en las últimas cinco décadas ganó solo dos títulos locales y llegó a estar 34 años sin salir campeón. A pesar de que empezaron su historia siendo un club exitoso y cosechando numerosos laureles en los tiempos del amateurismo, esa costumbre se diluyó apenas el deporte se volvió profesional.

Sin importar la falta de logros, su gente es destacada como la hinchada más fiel de la Argentina, pues llenan las canchas y acompañan al equipo sin importar cuántas veces éste los desilusione. Muchos fanáticos la institución no idolatran a sus jugadores, y muy pocos sienten afecto por los once que se desempeñan en el campo. Por el contrario, se identifican con los colores, la camiseta y la propia hinchada que alienta más allá de las numerosas desgracias y fracasos. Para todo conocedor de fútbol que no se identifique con este club, la actitud de un fanático de Racing no es distinta a la de un masoquista, que se entrega al sufrimiento constante en aras de alcanzar un placer particular e inentendible para los que lo observan de afuera.

Con esto quiero decir, que ser campeón en Racing es un fenómeno generacional. Una promesa de alegría a largo plazo, un legado que le otorga un abuelo a su nieto, cuando el adulto le intenta explicar el gozo indescriptible de obtener un objetivo, un sueño, tras años de decepciones y sufrimiento. Por eso mismo, cada vez que Racing sale campeón, se puede escuchar a los más jóvenes, que nunca vivieron al equipo alzando un trofeo, diciendo con ojos trémulos y lagrimeantes: “Gracias a mi viejo que me hizo hincha de Racing”.

Todos los demás clubes populares festejan logros de manera más continuada, pero ciertamente no los disfrutan con la misma intensidad. Y en parte es lógico que no lo disfruten de la misma forma, porque no transitan un camino tan sinuoso ni traicionero para arribar a la gloria.

En definitiva, ser campeón para Racing es darle sentido a todos esos años en el purgatorio del deporte profesional. Algo que ellos prefieren definir como ‘La pasión inexplicable’. 


1

Era la final del campeonato argentino de fútbol, y después de trece años de angustias, Racing tenía en sus manos la ansiada oportunidad de salir campeón. Martín Pardo miraba a las graderías que estallaban de gente eufórica y embravecida, que  cantaban sin descanso a pesar del nerviosismo generalizado. No era fácil asimilar lo que estaban viviendo y lo lejos que habían llegado. Todo el campeonato lo habían disputado desde los puestos inferiores; siempre detrás de un intratable e implacable River Plate que había liderado el torneo desde el inicio. En un momento del semestre, River se había desentendido del torneo local mientras apuntaba a lograr un título internacional durante la Copa Sudamericana, lo cual resultó en que Racing tomara la punta del campeonato casi por un milagroso descarte.

Finalmente, sus rivales habían levantado la copa el fin de semana anterior. Pero, lejos de conformarse, ahora querían obtener otro título local y no planeaban tomarse vacaciones.

Esa misma tarde Racing enfrentaba a Godoy Cruz de Mendoza en el último partido del torneo. Solo noventa minutos los separaban de la esperada corona de campeón. Estaban obligados a ganar el partido o de lo contrario, si River vencía en su respectivo encuentro con el Club Atlético Quilmes, ellos serían los vencedores de la competencia.

Para el minuto 70 del partido, Racing estaba ganando 1 a 0 y la gente no era capaz de controlar su alegría. Por su parte, River también estaba superando exitosamente su propio partido, así que cualquier traspié significaba tirar a la basura el trabajo de todo un plantel de jugadores.

Aunque Martín había visto los últimos encuentros desde el banco, también se sentía parte del logro; pues había colaborado con siete goles durante la campaña. A pesar de su correcto rendimiento, luego de cuatro partidos sin marcar, el entrenador no dudó en sentarlo en la banca: no había lugar para la pólvora mojada cuando se intenta pelear un campeonato hasta el final.

La gente tenía actitudes muy dispares respecto a Martín, muchos lo criticaban despiadadamente por su falta de actitud, sangre y corazón. Otros, consideraban que había hecho una buena campaña ya que todavía se estaba adaptando al club y era bastante joven. Lo cierto es que nada de eso importaba ahora, estaban a poco más de treinta minutos de quedar grabados en la historia y él podía sentir las vibraciones del estadio en todas las moléculas de su cuerpo. Los hijos abrazaban a sus padres y muchos lagrimeaban mientras Racing controlaba el encuentro y mantenía posesión del esférico.

De pronto sucedió algo inesperado: el delantero titular de Racing, Patricio Barrera, sufrió un tirón en el abductor y le pidió al entrenador que lo reemplazara. El director técnico, observó a Martin y movió su cabeza indicándole el campo de juego, era su turno de entrar y sentir el triunfo desde el escenario principal. Inmediatamente experimentó un escalofrió cuando se puso la camiseta titular y el celeste y blanco se le impregnó en el pecho.

Su corazón latía desaforadamente mientras imaginaba la oportunidad de sentenciar el encuentro con un 2 a 0.

Adentro de la cancha, el ritmo era mucho más vertiginoso de lo que se podía sentir desde afuera. Rápidamente sintió el nerviosismo en sus compañeros, el miedo en sus ojos mientras pasaban la pelota o intentaban un desborde por los costados.  Desde afuera parecía que tenían todo bajo control, aunque la realidad es que ellos aborrecían la posibilidad de un mínimo error que les produjera empatar el partido e irse a casa con las manos vacías.

Cerca del minuto 82, uno de los mediocampistas quebró la defensa con una exquisita gambeta y se internó por la banda con la posibilidad de lanzar un centro al corazón del área. Martin corrió hacia la portería sintiendo la oportunidad latente de anotar. Se elevó en el aire inclinando su cuerpo para dar un certero cabezazo, mientras la pelota surcaba el campo con un efecto endiablado. Antes de que lograse tomar contacto con el esférico, sintió un fuerte impacto que lo tumbó por el suelo. El defensor de Godoy Cruz lo había interceptado y acabada de realizar un apresurado despeje. La hinchada no tuvo tiempo a lamentarse por la oportunidad perdida, antes que ninguno pudiese reaccionar, el árbitro sonó su silbato. Penalti para Racing .

El referí se encontró rodeado por protestas cuando explicó su fallo. El defensor había rozado la pelota con la mano mientras la alejaba del área y, según el arbitró, el contacto había sido intencional.

Cuando los fanáticos de Racing comprendieron lo que estaba pasando, el universo alrededor de Martin se detuvo bruscamente. El eco del estadio se tornó más claro en sus oídos y la visión de las gradas se volvió difusa, aunque tal vez era el golpe que acababa de sufrir; la presión del momento se volvió insoportable.

La pelota descansaba cerca del área. Martin la observó de soslayo mientras el árbitro le indicaba el punto del penal.

« Yo no soy el encargado », pensó en forma inmediata mientras las perlas de sudor le resbalaban por el rostro.  Le dirigió una mirada al arquero y capitán de su equipo, quien era el máximo referente del plantel y el que acostumbraba a patear todos los penales. Sin embargo, no se movía del arco, estaba clavado en la lejanía y no tenía la menor intención de acercarse para realizar el cobro. Completamente desamparado, Martin Pardo miró a sus compañeros, esperando que alguno de los muchos veteranos del equipo se encargara de aquel penal decisivo. Luego lo entendió…Nadie quería hacerse cargo de aquella enfermiza presión.

Martín caminó con decisión, tomó el balón entre sus manos y lo llevó hasta el punto del penal. Una cancha repleta lo vigiló en su camino, más de sesenta mil almas en las gradas esperando la resolución, el epilogo de un sueño. Con un suave movimiento de su pie, él podía hacer explotar el mundo a su alrededor. En  un segundo,  era capaz de disparar sesenta mil latidos vinculados a una pasión inexplicable.  Un movimiento. Una esfera dentro de un terreno inmenso. Una portería y un arquero. La gloria o la desgracia. Una realidad tan diminuta que, a pesar de todo, representaba tanto como la vida misma.

Cuando impactó la pelota se sintió confiado…Pero a los pocos segundos deseó que la tierra lo tragase para siempre. El arquero se lanzó a la derecha, justo donde él había pateado el balón. El esférico fue despejado al córner y la oportunidad de liquidar el encuentro se volvió utópica.

En ese momento, el partido se terminó en la mente de Martin Pardo. Desgraciadamente quedaban cerca de nueve minutos para el cierre.

En la siguiente jugada sus compañeros le entregaron el balón y él no supo cómo reaccionar. Se vio rodeado e intentó un desmarque, inmediatamente perdió el balón cerca de la mitad de la cancha y esa jugada terminó en un contragolpe peligroso que caldeó los ánimos en el estadio. En la siguiente oportunidad que tuvo buscó redimirse y realizó una gran jugada, dejando dos jugadores por el camino encarando con rumbo al arco. Tuvo la oportunidad de disparar, pero tras haber fracasado en el penal eligió dar el pase a su compañero que ingresaba por el costado, lo que fue un grave error. Un defensor de Godoy Cruz interceptó el pase y dio inicio a un segundo contragolpe, esta vez el desenlace fue inevitable y el partido terminó empatado 1 a 1. Era el minuto 89 y Racing dejaba escapar el campeonato a manos de River Plate.

Cuando llegaron a los noventa, el árbitro otorgó cuatro minutos de agregado. En el tercer minuto, Martin se encontró con una pelota perdida dentro del área y se vio a sí mismo con una chance inmejorable para marcar el 2 a 1. Cuando impactó el balón, lo hizo de tan mala manera que la pelota casi abandona el estadio. Fue en ese momento que comenzaron a abuchearlo. El joven delantero estaba en shock, solo veinticinco minutos había pasado de observar a la gente feliz desde la banca a ser insultado por una multitud enardecida. Martin miró a sus compañeros esperando algo de compasión…Sus miradas de desprecio fueron la peor experiencia de su vida.

La habitación llevaba oscura por horas y Martin Pardo todavía sentía un dolor punzante en la mandíbula cada vez que cerraba y abría los ojos. El frio beso del hielo no lograba mitigar el sufrimiento, lo cual era bastante lógico, puesto que la humillación le dolía más que los golpes. Si tomaba el control que estaba en la cómoda y prendía el televisor, seguro que el malestar de su cara se haría más intenso. En cuanto la pantalla iluminara la penumbra donde permanecía escondido tendría que enfrentarse con la realidad, con los crudos y despiadados comentarios de la prensa amarillista. Seguramente en Fox Sports o en ESPN estarían pasando una y otra vez la repetición de aquellas funestas jugadas suyas. Por estas horas, seguramente él ya era el villano, el hijo de puta que le negó a Racing la oportunidad de salir campeón.

Alguien tocó el timbre del departamento. Él no contesto.

Luego su celular empezó a sonar y también se propuso ignorarlo, aunque solo las primeras dos veces, a la tercera llamada terminó levantando el móvil. Su representante, Armando Mercier, quería hablar con él y en parte eso lo reconfortaba, era agradable saber que no lo había abandonado. Le dijo que estaba en la puerta esperando entrar al departamento, Martín se levantó de la cama para dejarlo entrar.

— ¿Cómo te sentís?— le dijo con cierta cautela.

— Como el orto…

Luego de abrir la puerta, Martín se tendió otra vez sobre la cama revuelta.

— ¿Querés contarme tu versión de lo que paso en los vestuarios? — pregunto Armando con una ligera agresividad.

— ¿Cómo que mi versión?

— ¿Has prendido la televisión?

— Tengo miedo de hacerlo— el joven fue completamente sincero; no estaba seguro de si podía enfrentar las críticas en este momento—.  ¿Qué es lo que dicen?

— Se filtró todo lo que pasó en los vestuarios…

 Martín había discutido con el capitán del equipo luego del partido y el altercado había terminado en una pelea a mano limpia, aunque la prensa se tomaba muchas libertades a la hora de contar la historia.

—Fernández me golpeó primero— dijo Martín con un hilo de voz— Cuando me dijo que era un fracasado por errar el penal, yo le dije que él era un cobarde por no animarse a patearlo.

— Bueno, eso no lo están contando en los noticieros.  Según ellos, vos empezaste la pelea y te están criticando despiadadamente.

— ¿Por errar un penal?

— Se perdió un campeonato que hubiera sido histórico para Racing y quieren que alguien pague los platos rotos.

— Hasta Messi erra penales…

— Si…Y siempre que lo hace, los buitres en los programas de deportes lo atacan sin contemplación.

— ¿Qué hubiera pasado si Godoy Cruz no empataba el partido?

— La gente de Racing estaría eufórica y los periodistas estarían llenándose la boca de cuanta personalidad tuvo el juvenil Martín Pardo para tomar un balón incendiario en un momento decisivo. Si hubieran ganado el partido, tú estarías más cerca del respeto que del repudio.

Martín lanzó un profundo suspiro y se hundió un poco más en la cama. Estaba completamente superado por la situación.

—El club me acaba de llamar…Te han dejado libre.

— ¿Por qué? Si no jugué una mala temporada.

Armando se pasó la mano por la frente y comenzó a vacilar.

— La pelea en los vestuarios amerita una sanción. Y no van a sancionar a Fernández, por más que sea un cobarde, es el ídolo de la afición. El fracaso deportivo demanda un mártir, alguien tiene que ser despedido.

 Martín se quedó en silencio y escondió el rostro detrás de la almohada. Incapaz de generar una justificación más satisfactoria, Armando agregó:

— Así es el futbol en este país, muchacho…

— Entonces, llegó la hora de cambiar de equipo — replicó Martín con una profunda tristeza.

— Me parece que más bien es la hora de cambiar de país

— ¿Por qué decís eso?

— En ESPN pasaron unas fotos tuyas de niño. No sé cómo las obtuvieron. Pero la cuestión es que estabas vistiendo la camiseta de River Plate— el dolor de cabeza que sentía Martín se intensificó considerablemente cuando entendió lo que estaba por decir Armando —. Ahora los fanáticos de Racing piensan que fallaste a propósito para que River pudiera ser campeón.

— ¡Armando, yo jamás haría eso! ¡Soy un profesional!

— ¡Lo sé! ¡Lo sé!—reaccionó de inmediato el representante—. Pero la gente no va a entenderlo. Si te cruzás con un fanático de Racing, vas a terminar en un hospital o peor. Y no hay lugar en la Argentina donde no existan hinchas de Racing.

— Mierda… ¿Cómo llegamos a este punto?— preguntó Martín en forma retorica—. ¿Algún equipo está interesado en que juegue para ellos?

— No tengo ninguna oferta ahora mismo, pero voy  a realizar algunas llamadas y te digo como va— en vez de mirar a Martín a los ojos mientras hablaba, Armando posó su mirada en la pantalla de su móvil—.Vos preparate para otra mudanza.

<< Otra mudanza…>> pensó Martín con amargura. Desde los diecisiete años que jugaba al futbol profesional y siempre se había desempeñado en el ascenso,  en la tercera y segunda división. Surgido en Villa Mitre de Bahía Blanca, un modesto equipo alejado de la capital, había pasado por Aldosivi de Mar del Plata, Unión de Santa Fe e Instituto de Córdoba, club con el que se destacó en la segunda división justo antes de fichar por Racing Club, su primer equipo importante.

Apenas llegó a la Capital Federal, Martín Pardo había considerado que sus contantes mudanzas habrían de terminar por los siguientes tres o cuatro años. Tenía la idea de asentarse en ese club y dejar una buena impresión en la gente, todo lo contrario a lo que había sucedido.

Como siempre alquilaba, el hecho de trasladarse a otro lugar no era muy complicado. Esta vez lo más molesto seria despedirse de Carolina, la modelo con la que estaba saliendo. La verdad es que no le tenía mucho cariño, pero terminar una relación nunca resultaba agradable.

— Tengo que irme, te llamo mañana. No mires mucho los noticieros y tratá de dormir un poco…

Al salir, Armando apagó las luces dejándolo a oscuras otra vez. Cuando se quedó solo, prendió el televisor y puso Fox Sports. Pecho frio era la definición más agradable que tenían para él.

 Grandes titulares enunciaban “Racing fracasa otra vez por culpa de su refuerzo falopa” y “Fracasado surgido del ascenso arruina la ilusión”. Otros eran más difamadores como “Martin Pardo traicionó a la gente: El delantero es hincha de River y habría fallado el penal a propósito”  o “Pardo agredió a Fernández en los vestuarios tras arruinarlo todo”.

Parecía que estaban hablando de un asesino o de un dictador. Los panelistas analizaba una y otra vez el penal y se llenaban la boca diciendo lo mal que lo había ejecutado, como si lo hubiese mandado el balón a la estratosfera como un completo imbécil.

Apagó el televisor y tiró el control al otro lado de la habitación. El rostro magullado ya no le dolía, aunque eso no lo reconfortaba en lo más mínimo. Hundió la cara entre sus manos y lloró desconsoladamente, esperando que al quedarse dormido todo lo que estaba viviendo resultara una inocente pesadilla.


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