El Umbral De La Gloria: Capitulo 2


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Cuando Carolina salió de la emisora, estaba lloviendo a cantaros. Inevitablemente consideró que estaba viviendo el peor día de su vida y, en vista de las circunstancias, era posible que así lo fuera. Acababa de cancelar una entrevista porque tenía unas náuseas incontrolables y su novio Martín Pardo era, por estas horas, el hijo de puta más famoso de la nación. Qué fácil resultaría todo si aún pudiese abandonarlo. Por desgracia, ya nada sería tan sencillo, no todo quedaría a su favor tras un simple gesto seductor.

Su dilema no era que estuviese enamorada de él, y a decir verdad, ese concepto le causaba cierta gracia. Si bien Martin era un chico simpático, solo estaba con él porque se lo consideraba un jugador con una buena a carrera y un promisorio futuro. Siendo modelo, una mujer tiene la facilidad de conocer a dos tipos de hombres con los cuales resulta fácil acabar emparejada un político corrupto o algún futbolista con pocas luces.

 A Carolina los futbolistas le parecían una mejor alternativa, por lo menos eran más inocentes y, en muchos casos, más dóciles. Pero… ¿Cómo iba a ser su vida ahora?

Su novio era el titular de todos los programas deportivos y ella se sentía tentada a decir que no lo conocía, que no tenía nada que ver con aquel joven jugador quien, de golpe y porrazo, ya no tenía una buena carrera por delante, si no que probablemente le esperarían años de arrastrarse por las divisiones inferiores hasta arribar a un intrascendente retiro.

De no haberlo visto aquella noche, hacía dos semanas, todo sería más fácil en ese momento. Habían tenido sexo al volver de una fiesta, o de un boliche; ya no lo recordaba bien. Y a pesar de que estaban borrachos esa noche, ella recordaba que él había usado protección, pero claramente no había surtido efecto. Tal vez el condón estaba vencido y el idiota no lo había revisado. No importaban los cómo ni los por qué. El problema era qué hacer con el bebé.

La posibilidad de un aborto se deslizó por su cabeza y la descartó rápidamente; pensó en lo que diría su padre si se enteraba, un severo hombre con fuertes valores cristianos que a duras penas había aceptado su carrera en el espectáculo. Por otro lado, no detestaba por completo la idea de ser madre. Pero era muy joven y la verdad es que no estaba segura de ningún deseo en esta vida.

Lo único que se repetía en su mente para conspirar contra la vida de ese hijo que llevaba dentro era la frase:

«Este bebé va a arruinar mi cuerpo».

No era un detalle menor; ella era modelo y vivía de su cuerpo, prácticamente se nutría económicamente a partir de su belleza.

Corrió hasta su auto en medio de una  lluvia torrencial, entró en un Volkswagen Fox, que justamente le había regalado Martín tras firmar su contrato con Racing, y se quebró en llanto.

No sabía qué quería y pretendía tener en cuenta todas sus opciones. Sin importar cuantos caminos tomara en consideración, ninguno de todos los futuros que era capaz de imaginarse le resultaban esperanzadores.

Ella se respetaba y se consideraba una mujer inteligente, pero eso no significaba que se quisiera a sí misma. Y cuando uno no se quiere, busca en lo ajeno o en el dinero algo que sirva para mitigar la incomodidad que se forja por dentro. Una vara con la cual medir la grandeza de las cosas y el valor de los hechos. A pesar de todas las buenas cualidades y las grandes fortalezas, Carolina carecía de temple y carácter y, solo entonces, cuando el espíritu es débil, tendemos a buscar el sol en horizontes equivocados, tan oscuros como el cielo nocturno.

Se daba cuenta de que en el fondo un aborto no la haría feliz, aunque, por desgracia, tener al bebé tampoco. Se estresaba al tener que tomar decisiones, en el fondo ella quería tener todo sin hacer ningún sacrificio.

En su bolso, se escuchó la vibración de su teléfono. Lo tomó entre sus manos, vio en contacto en la pantalla y sus sollozos se contuvieron con un agudo chillido; era Martin quien estaba del otro lado.

Se secó las lágrimas y atendió la llamada.

— Hola, Martín — le dijo con la voz notoriamente quebrada, a pesar de todos sus esfuerzos para disimular su tristeza.

— ¿Te sentís bien? ¿Pasó algo?

— Está todo bien — le respondió Carolina con mucha más compostura.

“Ojala que se dé cuenta de que pasa algo » pensó inmediatamente, sumida en sus contradicciones internas. Sin embargo, Martín no hizo ninguna pregunta más al respecto y en el fondo eso la decepcionó.

— ¿Viste el partido ayer?

— No, estaba ocupada — le respondió Carolina con un sonoro bufido

— Pero te enteraste de lo que pasó — Martín hablaba en voz baja, lleno de vergüenza.

— No vivo abajo de la tierra, Martín…— dijo con un desdeñoso fastidio. Su novio lo notó y no pudo evitar sentirse enardecido por su falta de apoyo.

— Me voy a ir a jugar afuera de este país, no sé a donde todavía. Pero, me parece que lo nuestro no va más…

Carolina comenzó a lagrimear y respondió con voz temblorosa.

— ¿Y lo decidís así..? ¿Tan fácil? — le gritó con un voz aguda e irritante.

El joven reaccionó ante el grito y elevó con una vos férrea y agresiva.

— Tampoco me vengas a decir que te importaba mucho nuestra relación. ¡No me compliques las cosas por llevarme la contra!

— Martín…

— ¡¿Qué pasa?!

— ¡Estoy embarazada!— terminó de decirlo y se quebró en un llanto descontrolado, donde repetía una y otra vez las mismas palabras—. Decime ahora… ¿Te resulta tan fácil decidir?

Martín se quedó sin palabras que agregar. Intentó calmarla pero ya era muy tarde. Le prometió que pensaría en una solución, que se encargaría del bebé. Le pidió a Carolina que considerara la posibilidad de mudarse con él, tal vez casarse y formar una familia. Los dos sabían que no era perfecto y que tendrían que aprender a quererse el uno al otro. No era lo que ninguno hubiese deseado, pero ya se habían cometido todos los errores.

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