Las Cenizas Del Viento: Capítulo 1:

Los días felices:

Diez años después:

La noche había llegado fresca y despejada, con un olor tonificante que señalaba el arribo de la primavera. Thomas se encontraba en los balcones observando la fiesta; debido a la numerosa concurrencia, el Gran Salón estaba lleno y se habían dispuesto mesas para los invitados en los jardines del palacio.

Era una imagen que se repetía todos los años; en la cual las luces de los faroles y las antorchas a lo largo del jardín encendían la noche como si fuese el día. En los salones, las voces de los bardos inundaban el ambiente y el sonido de sus arpas deleitaban los sentidos. En el comedor, los estómagos se llenaban de cerdo pollo y cordero; y las copas rebosaban con vino, cerveza e hidromiel.

Aquella festividad ostentosa era casi una costumbre en el reino de Ferth y se celebraba desde hacía veinte años, justo antes del arribo de la primavera. Durante los festejos, todo el reino acudía al Palacio del Cuarto Viento para brindar en honor de su rey y el joven siempre quedaba maravillado por la algarabía en la rosaleda. Nunca cesaba su sorpresa al ver caballeros o señores bailando junto a campesinos, carniceros o bastardos sin nombre. Como si, por una noche, no hubiera diferencia social ni apellidos que los distanciaran.

Thomas había crecido para convertirse en escudero. Ahora era un joven corpulento, con facciones vulgares y modales toscos; de cortos cabellos color azabache y mordaces ojos color café. Debajo de una fachada rígida y honorable, escondía timidez de sentimientos, una mente aguda y un corazón colmado de lealtad y buenas intenciones.

Había aceptado su lugar con resignación: era el hijo mayor de una familia muy respetada, con todos los mandatos que eso implicaba. Los Vaine habían servido por generaciones como caballeros de la familia real y protectores del reino, ostentando el gran honor de ser por siglos la mano derecha de los Wintersoul.

Ahora estaba agradecido de estar al servicio del rey Arrel Wintersoul, quien era un soberano amado por todo su pueblo y reconocido como un hombre gentil y honorable. El rey era admirado por su pueblo, pues trataba a los hombres sin título ni gloria con el mismo respeto que a los grandes señores de Risco Plateado o de Esmeralda.

Precisamente, esta fiesta la preparaba el rey en honor a su pueblo. Durante el festejo, todos bajo la luz del palacio eran iguales sin importar su apellido; y todos estaban invitados al palacio a tomar del mejor vino y a comer hasta saciarse. Esta era la forma con la cual el rey se congraciaba con su gente y les agradecía el arduo trabajo que realizaban durante el año. Pero Arrel no compartía su mesa con los menos afortunados solo durante esa fiesta: a lo largo del año llegaban personas de todo el reino a cenar con el soberano. Todos arribaban al palacio dispuestos a contar sus historias y sus penurias; a pedir o a agradecer según fuera el caso.

Thomas alejó su mirada del piso y la posó en el firmamento, luego miró el jardín y observó a la gente que bailaba con alegría. Allí estaban Sir Rhidan Burke —el capitán de la tercera legión— y a su lado Sir Gleen Firebane —el Señor del Risco Rojo— bailando junto a tres campesinos sin apellidos portentosos. Thomas conocía sus nombres, de hecho, conocía a casi todos los habitantes de Ferth. Uno era Wayne, el herrero, luego Bill, el mozo de los establos, y por ultimo Milena, la hermosa hija del tendero.

Detuvo su atención en la bella muchacha. Sus cabellos eran tan rubios que ante la luz de la luna caían como un manantial plateado. Sus movimientos parecían ser guiados por el viento con una sublime elegancia. Resultaba una injusticia que no hubiera nacido como una princesa o como hija de un gran señor, pensó el escudero sin apartar la vista. Thomas admiraba su belleza desde hacía bastante tiempo. Por momentos sentía el coraje de invitarla a salir, aunque luego ese coraje se desvanecía fugazmente, tal como había llegado a él.

El escudero era consciente de que su aspecto no era el más agraciado. Estaba resignado a que, cuando el momento fuera el correcto, su padre lo casaría con alguna mujer noble. Incluso en esas cuestiones, Thomas había crecido para aceptar su posición y su destino.

Profirió un trémulo suspiro y tomó un sorbo de la copa que tenía en su mano. Corría el decimoctavo año de su vida y por fin tenía edad suficiente para probar el vino. El sabor dulce y afrutado le inundó la boca y le dibujó una sonrisa en el rostro.

Mientras disfrutaba del segundo sorbo, una voz sonó a sus espaldas.

 — Es del valle de Blackwell, de la Granja de Roble, siete años atrás.

El escudero no tenía necesidad de voltearse para saber quién era: se había escuchado la inconfundible voz de su mejor amigo; el príncipe heredero Aions Wintersoul.

— Un buen año—le respondió de espaldas tratando de poner su tono más serio. Luego volteó y le dirigió una sonrisa —. Por lo menos así dicen —dijo encogiéndose de hombros.

Ellos habían crecido juntos como si fueran hermanos. Mucho más que eso, Thomas estaba destinado desde su nacimiento a ser la mano derecha de Aions cuando finalmente fuera el nuevo rey. Debía tomar un lugar de eterno protector; así como hoy en día Edam, su padre, se mantenía al lado de Arrel.

Thomas jamás renegaba de semejante responsabilidad. Él admiraba al rey Arrel por su bondad y su alegría. Pero asimismo admiraba a Aions, porque le hacía recordar a aquellos reyes legendarios de Ferth; como Caleb el conquistador o Johan el León Plateado.

El escudero nunca olvidaría cuando Aions participó por primera vez del Duelo de Campeones, un torneo que reunía a los mejores guerreros de toda Gaia en el Palacio Valhala, en el oeste de la ciudad de Ferth.

No era otra cosa que el suceso más esperado del año.

Pues, para esa competencia, todos los feudos y todas las naciones elegían al mejor soldado de sus tierras y lo enviaban con el honor de representar a su pueblo. De esa forma, dentro del palacio Valhala, los guerreros participaban en fieros combates bajo la mirada atenta de todas las naciones del mundo.

Se enfrentaban en contiendas de uno contra uno y utilizaban armas diseñadas especialmente para la competencia. Todas hechas a medida para cada participante y diseñadas según sus preferencias. Podían ser espadas, lanzas, hachas, dagas, mazos, o cualquier objeto que fuera solicitado. Pero el detalle fundamental era que estaban todas forjadas con acero sentiano; un metal que tenía un brillo azulado similar a los glaciares de Asgard y que resultaba imposible de afilar.

Justamente, al carecer de filo todas las armas, las muertes durante el torneo tendían a limitarse bastante. Pero a pesar de esto, el acero sentiano resultaba un metal robusto y pesado cuyo golpe aun podía ser mortal. En muchas circunstancias, y especialmente para gente de pequeña contextura, la competencia no dejaba de ser un acontecimiento peligroso con la posibilidad de morir siempre estaba latente.

No había evento con más historia y prestigio en Gaia.

El más joven en adjudicarse la copa había sido Sir Jory Valandor con solo dieciocho años. Una hazaña remota que, mientras Thomas y Aions crecían, se contaba como una leyenda.

Sin embargo, tras un año entero de discutir con su padre, Aions finalmente obtuvo el permiso para entrar al torneo. Él tenía tan solo dieciséis años recién cumplidos cuando venció al bicampeón Sir Filio Roberti —apodado el Gigante Oriental— y se alzó con el trofeo que coronaba al mejor guerrero de los cuatro confines.

Thomas siempre recordaría ese día.

Desde las tribunas el príncipe se veía tan diminuto e inofensivo frente a la montaña humana que era el veterano caballero. El combate duró más de media hora y Filio nunca logró golpear a Aions. El príncipe demostró una destreza singular y mientras evadía al gigante lo golpeaba en las rodillas con su espada. Para cuando el combate llegó a su fin, Filio estaba de postrado y no podía ponerse en píe.

Todo el mundo lamentaba el haber apostado al Gigante Oriental, pues la mayoría de ellos habían perdido una pequeña fortuna.  En medio del arrepentimiento de todos los espectadores, Aions elevó la copa y fue el más joven en la historia en hacerlo. La noticia se difundió rápido y el reino comenzó a admirar a su príncipe casi tanto como a su rey.

Al año siguiente Aions participó nuevamente y la ganó de punta a punta, sin siquiera esforzarse. Su cuerpo ahora estaba mas desarrollado, y su dominio de la espada había sido pulido; transformándose en algo sin precedentes.

El pueblo de Ferth comenzó a jactarse del talento de su príncipe y con el tiempo el orgullo se convirtió en idolatría. Aions adquirió el título de Santo del Viento, un título honorario que se entrega al mejor espadachín de toda Odaria; y que Thorv, Terra y Asgard suelen aplicar también de manera similar.

Teniendo todo esto en mente, a veces a Thomas le costaba pensar que Aions y él tuvieran la misma edad. Pero cuando lo veía frente a frente, sonriendo socarronamente y con una copa de vino en su mano izquierda, recordaba que en esencia era una persona común y un buen amigo.

— Estás feliz— afirmó Thomas —. ¿A qué se debe? 

— Thorv participará en la competencia de este año— le respondió el príncipe sin disimular su emoción.

— ¡Esa es una noticia que no esperaba! — se sorprendió el escudero—. ¿Cuándo fue la última vez que participaron?

— Hace más de trescientos años— dijo Aions con tono solemne —. La última vez que un hombre se batió a duelo con un dragontiano, mi padre todavía no había nacido.

— Me cuesta creer que en algún momento teníamos buenas relaciones con ellos.

— El viejo Halcón me contó una vez que hace quinientos años el Valhala albergaba a más de cien competidores. De todas las razas y de todos los continentes—comentó el príncipe mientras se acercaba al barandal.

Thomas rio con diversión. El Viejo Halcón era la persona más anciana que Thomas había visto en su vida. Era un hombre ciego y encorvado, aunque parecía ver perfectamente y subía las escaleras sin ayuda. Nadie en Ferth sabía a ciencia cierta su edad, pero todos los habitantes del reino decían lo mismo: “Cuando yo era joven, el Viejo Halcón ya era muy viejo”.

Siempre hablaba de tiempos muy lejanos, y se refería a ellos como si los hubiese vivido. Algunos decían que en realidad era inmortal y que había sido el maestro de Eliot Wintersoul, antes de que este refundara Ferth hace más de quinientos años. El joven escudero nunca creyó en semejantes disparates, en su opinión el Viejo Halcón no era más que un hombre anciano que contaba muy buenas historias. Pero solo eso, ficciones para divertir a los niños.

— Mi señor— comenzó a decir Thomas con una mueca burlona—. El Viejo Halcón una vez me contó que en el mar muerto existió una ciudad de hierro donde los hombres nacían hechos de acero. Que esos hombres surcaron los cielos en carruajes de metal y que consiguieron domar el relámpago para iluminar sus hogares – el joven rio incrédulo mientras contaba la historia.

— ¿Alguna vez has estado en el mar muerto, Thomas? —le preguntó Aions con una sonrisa—. Tal vez lo que te dijo es cierto.

Se mantuvieron en silencio. A través de la sala surgía el estrépito de los platos y las copas, junto al murmullo de cientos de conversaciones ebrias.

— ¿No te da miedo enfrentarte a un dragontiano? — pregunto para luego continuar con un comentario ligeramente sarcástico—. No sé si te has enterado, pero son mitad dragón…— En el fondo solo lo comentó para romper el silencio, pues ya conocía cual sería la respuesta de su amigo.

— Confió en que será un duelo memorable y esperó un desafío—le respondió el príncipe mirando el firmamento—. No más que eso…Es improbable que pierda— se volteó hacia su amigo con la arrogancia a flor de piel y ambos rieron tenuemente.

Después de otro breve silencio, el escudero habló nuevamente.

— Escuché que este año Lucían también quiere participar — La relación entre Thomas y Lúcian se había vuelto muy conflictiva con el correr de los años. Después de que el huérfano llegase al palacio, solo tardaron unas semanas en tener su primera pelea. Ahora ya eran mayores y la hostilidad entre ambos resultaba mucho más notoria. Thomas se enervaba fácilmente y Lúcian disfrutaba irritándolo; el pupilo de los Wintersoul nunca le respondía de forma clara, y solo le hablaba en acertijos y suposiciones.

— Parece ser que Leveron no participará en copa. La nación está al borde de una guerra civil—Aions miró por el balcón y su rostro se mostró levemente consternado—. Había un lugar vacante, y el cónsul se encargó de que Lúcian pudiera competir. No defenderá el escudo de ninguna nación y solo competirá por la gloria de su casa y por la propia.

El rostro de Thomas reflejó un profundo fastidio. Tener a Christopher Arcadain, un cónsul de Ferth, intercediendo para semejante tontería; solo para que el huérfano pudiera continuar siendo un estrafalario escandaloso.

 — La familia Wintersoul lo crio cuando no tenía a nadie. Si quiere practicar con una espada debería realizar el juramento, unirse a la Legión del Viento y ponerse al servicio de la familia real. — El tono de Thomas se llenó de rigidez; no podía disimular su falta de aprecio hacia Lúcian—. No debería pelear en un torneo portando el estandarte de una familia olvidada.

— No todos tienen una resolución tan definida como la vuestra, Thomas ¿Acaso debería respetar más a aquel que haga un juramento? —cuando algo irritaba a Thomas, siempre hablaba con extremismo—. Algunos hombres se toman esas cosas más seriamente que otros.

— El juramento pone en juego el honor de un hombre— sentenció tomas con actitud solemne —. Cuando yo tenga la edad de unirme a la Legión del Viento y ser caballero. Protegeré a los Wintersoul con mi vida.

— Lo harías ahora, y sin necesidad de jurar nada. —acotó Aions de forma tajante—. Además, Lucían es un Wintersoul. Si juras lealtad a la familia real, él está incluido.

— Nunca será candidato al trono, nunca heredará tierra alguna y mientras porte el estandarte de su familia en contra de la familia real, mi lealtad jamás estará con él. Aions, él es solo un pupilo…No es parte de tu familia.

— Eres muy duro con él— dijo el príncipe con una liguera decepción.

— Tal vez… ¿Pero si ese fuera el caso, porque no está presente hoy en la fiesta? — Aions se quedó callado, le resultaba imposible responder eso—. Su lugar estuvo vacío toda la noche, y todos lo notaron. Eso es una ofensa, una muestra de desinterés y falta de aprecio, una más de las tantas que ha hecho a lo largo de los años— Thomas continuó quejándose e imponiendo su voluntad hasta que se sintió satisfecho.

Aions no tenía forma de explicar la ausencia del huérfano real. El escudero estuvo a punto de apartar su mirada y dar por terminada la conversación.

— Thomas— dijo el príncipe con un suspiro y un aire de tranquilidad y cariño condescendiente—. No llevamos la misma sangre, pero los dioses saben que eres para mí como un hermano. Así mismo lo es Lúcian desde que llegó a esta casa y mi padre me dijo que lo adoptaría. No cuestiono a mi familia, simplemente la aprecio. No hay nada que me gustaría más que seamos como tres hermanos.

Thomas supo que se había excedido. Conocía muy bien a Aions, y sabía que su madre le había prometido que tendría un hermano cuando él era un niño. El príncipe vivió con ilusión el nuevo embarazo de su madre. Pero cuando el parto se complicó, y ambos murieron, Aions quedó sumido en un terrible dolor y el hecho de tener hermanos se tornó un anhelo. Tal vez soñaba con depositar una confianza ciega en alguien de su misma edad amparándose en los lazos familiares. El príncipe era sobre todas las cosas una persona abierta y confiada; que creía mucho en los demás, y no era propenso a sospechar la maldad en el prójimo.

Thomas respetaba ese lado transparente de su personalidad, y sentía la misma confianza hacia él y correspondería su amistad con su vida llegado el caso — la lealtad era una expresión de la nobleza y el joven escudero no carecía de ella — Aunque no estaba tan seguro que Lúcian tuviese ese tipo de virtudes y temía que alguien pudiera aprovecharse de la infantil inocencia de su amigo.

A pesar de sus temores, dada la historia personal de Aions, podía comprender por qué quería defender al huérfano.

— Le ruego me disculpe mi señor, he olvidado mi lugar. No volverá a suceder. Lo prometo— Thomas se disculpó con sinceridad. Solía olvidar que se dirigía al príncipe y a veces le costaba dejar de lado su amistad al hablar con él; ahora sentía un poco de temor por haberle faltado el respeto al futuro monarca.

— ¡No hay necesidad de que te asustes! — dijo Aions fingiendo enojo y con una sonrisa oculta en sus labios—. Solo me has dado tu opinión. No voy a colgar tu cabeza en una lanza por ello. —le dijo mientras le ponía una mano en el hombro, y tomaba su último sorbo de vino.

Thomas también tomó un sorbo de su copa, lo suficientemente largo como para terminar lo que le quedaba. El sabor a ciruelas y fresas se acentuó en su boca junto con un fuerte gusto a roble.

— No debes disculparte ante mí. Yo debería de estar agradecido, pues tengo gente a mi lado que me aprecia lo suficiente como para serme sincera—  le dijo Aions mientras rodeaba el cuello del escudero con su brazo y lo invitaba a pasar a el salón —. Ahora busquemos más vino. La noche es joven.

Entraron al salón y tomaron una jarra de vino, buscaron una mesa vacía en un rincón y se sentaron plácidamente, llenaron nuevamente sus copas y brindaron sin decir palabra alguna; luego charlaron por largas horas, recordando algunas de sus travesuras infantiles.

Al cabo de un rato entraron en la sala un grupo de músicos y una doncella hermosa que ambos desconocían. Los músicos inundaron el ambiente con las armonías del violín y el laúd. Se escuchó la voz de la joven: era fuerte y bella, y cantaba una canción en el habla antigua, la lengua de los kiskileos.

Thomas conocía la canción, su mdre solía cantarla cuando él era niño. La melodía era casi un arrullo por su tono delicado, pero hablaba de leyendas de reyes y dragones, del nacimiento del imperio y de conjuros perdidos en los albores del tiempo.

La doncella llevaba ropajes de seda color verde oscuro, con vivos amarillos y un escudo en su pecho bordado en hilo negro y verde. El joven escudero no reconoció el escudo: una pantera negra sobre un fondo de verde. Thomas estaba seguro que la cantante debía ser la hija de algún señor feudal perteneciente a los reinos del norte.

La música empezó a adormilarlos y el efecto del alcohol comenzaba a menguar los sentidos. Aions llenaba su copa cada vez que Thomas la vaciaba, sin preguntarle. Thomas continuó bebiendo mientras la sonrisa placentera se le ensanchaba en el rostro.

Todo allí era correcto, se dijo a sí mismo: la música, el vino, la alegría del reino. Ferth era un reino privilegiado y estaba feliz de haber nacido en aquellas tierras.


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1 comentario en “Las Cenizas Del Viento: Capítulo 1:

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