Las Cenizas Del Viento Capítulo 3:

Los susurros del misterio:   

Los barcos finalmente estaban llegando. Impulsados por la brisa estival de la bahía se desplazaban por las tranquilas aguas del embarcadero.

William escrutó a lo lejos la plaza de Ferth, luego el palacio y luego el Valhala. Se corrió del rostro los cabellos húmedos y cargados con la sal de la brisa marina. Eran tan rubios que brillaban como hebras doradas ante el sol del levante. Sus ojos verdes como los prados en el horizonte, vigilaban la lejanía sin tregua. No buscaba nada en particular; pero no quería pasar por alto ningún detalle.

Su embarcación flameaba la bandera de la casa real de Gargata: un Halcón plateado con un sol dorado a sus espaldas sobre un fondo de azul.

Viajaba en una galera común; para nada ostentosa. Así lo dispuso su padre, que había hecho lo imposible para evitar su viaje y no deseaba en lo más mínimo que William participara en los duelos. El rey, como de costumbre, ni siquiera había tenido la delicadeza de ocultar sus motivos.

— Eres muy impetuoso y actúas sin medir consecuencias— le había dicho con desdén —. Si no cambias pronto el reino sufrirá cuando seas soberano. No me gusta la idea que te presentes en Ferth, con tu carácter disturbarías la paz del rey— eso le había dicho antes de su partida mientras compartían la mesa con su medio hermano y con su madrastra.

Su padre nunca lo había querido mucho: desde que era niño lo miraba con irritación, como si su hijo fuese algo que deseaba borrar. Las razones de su actitud nunca estuvieron muy claras; pero los tiempos en los que William era un niño y anhelaba ese cariño habían quedado muy atrás. Hoy en día el desprecio era mutuo. Después de todo, su padre fue el incompetente que llevó a Gargata, la capital de Terra, a ser simplemente otra colonia de Ferth y esclavos de los reinos del norte.

Gargata no debía arrodillarse ante nadie había pensado William, lo último que quería era tener que mantener la calma de un reino que no era el suyo. El joven príncipe se había quedado en tiempos anteriores, hacía más de diez años. Tiempos que ni siquiera era capaz de recordar y solo conocía por las historias y las canciones. En los poemas Gargata era un reino libre y orgulloso, poderoso y respetable, mucho más antiguo que Ferth. Eran los señores del Este, protectores de los reinos de Terra y no respondían a ninguna justicia ni mantenían ninguna paz que no fuera la propia.

William nunca supo cómo eran los grandes reyes de Gargata. Desde que tenía memoria su padre había sido siempre un cobarde, Un hombre patético que solo pronunciaba palabras para pedir clemencia o se levantaba de su trono era para inclinarse ante los señores de Odaria.

Desde que Ferth ganó la Guerra del Grifo ellos eran una colonia más del imperio. Le resultaba difícil decir que aquello había sido una guerra. Muchos aldeanos fueron masacrados para luego firmar la paz cuando Asfharas Windsword el padre de William le pidió piedad al rey Arrel y juró la lealtad de toda Terra a los reinos del Norte.

La madre de William murió en el Bastión del Relámpago mientras visitaba a su familia. Por desgracia los soldados de Ferth arrasaron el lugar y mataron a todos sin preguntarse quienes eran. Al día siguiente su padre lloraba en las botas de sus nuevos señores, sin siquiera pensar en tomar venganza.

Al cabo de tres meses, se había casado con la primera hija de la casa Firebane—los señores de Risco Rojo, oriundos de Odaria— y engendraron un hijo.

 «Su duelo fue muy corto», pensó William.

Él era distinto a su padre, mucho más osado y temerario, valiente y también algo orgulloso. No concebía el tener que jurar lealtad a nadie antes de sentarse en su trono, cuando llegase su momento de gobernar. Mucho menos quería arrodillarse frente al pueblo que había matado a su madre. Suficiente asco le producía ver a su madrastra y a sus hijos portando la presuntuosa sangre del Norte en sus venas.

Los barcos llegaron al puerto y amarraron en los muelles. El ruido de las pisadas sobre la madera del malecón se hizo notar mientras aquellos que viajaban con la intención de presenciar el Duelo de Campeones bajaban apresurados de los barcos. El embarcadero lentamente fue tomando color con los escudos de las grandes casas.

William viajaba con dos escoltas que pretendían velar por su seguridad. Pero puesto que su padre se había encargado de elegirlos, no eran otra cosa que los hombres más torpes e incompetentes que William habían visto en sus diecisiete años de vida.

Uno de ellos, Tom. Un joven gordo y con grandes cachetes rosados, de cabellos cortos y un tanto ridículos. Se había pasado todo el viaje vomitando por los mareos que le producía el barco. Para colmo no había armadura de su talle así que vestía un jubón de cuero desgarbado y unos pantalones de tela de un ancho formidable. Según él esas eran las únicas ropas que le resultaban cómodas.

Durante el viaje le dijo al joven príncipe que no se preocupara por sus ropas. Ya que no necesitaba una armadura para proteger a su señor mientras tuviera su espada. Quiso desenvainarla para demostrar su convicción, pero lo hizo con tal torpeza que estuvo cerca de arrancarle la cabeza a William.

El otro de sus escoltas era Raymond un joven flaquito y raquítico que apenas podía levantar una espada sobre sus hombros. Lo que más preocupaba a William sobre Raymond, era su sanidad mental. A lo largo del viaje lo había visto hablando solo, incluso en lenguas extrañas, lenguas que no existían.

El príncipe descendió del barco y comenzó a caminar a través de los muelles con dirección a la ciudad. Detrás de él lo seguían a paso cansino sus ridículos escoltas. Recorrió la Plaza del Viento y se internó en el mercado de Ferth. La ciudad desbordaba de gente, los mercaderes escrutaban las cuatro direcciones en busca de incautos e ingenuos. El aire estaba impregnado con el olor de especias que el príncipe de Gargata desconocía.

— Deberíamos buscar una posada para pasar la noche, mi señor— dijo Tom. Hablaba lento, como si tuviera que pensar cada palabra antes de decirla.

William sabía perfectamente que las posadas más importantes de Ferth se encontraban en torno a las tres plazas principales de la ciudad. Lo había escuchado en su estancia en el barco por lo menos diez veces. Sin embargo, prefirió no decir nada y aprovechar el momento para separarse de los idiotas.

— Ciertamente conveniente, Seria una gran idea separarnos y buscar información sobre donde pasar la noche. Nos reuniremos de nuevo aquí en tres horas—dijo con un tono amable y condescendiente, intentando ocultar su fastidio.

— Imposible mi señor estamos obligados a acompañarlo en todo momento—le respondió el gordo, mientas Raymond asentía a sus espaldas.

William cambio su falsa sonrisa por una mirada tan fría que parecía calar en los huesos de sus escoltas. Mientras se viera acompañado de los dos idiotas le sería más complicado que su plan concluyera con éxito.

El príncipe de Gargata miro la capa que llevaba sobre sus hombros Raymond, el joven loco y debilucho. La pidió prestada con la excusa de ocultar sus ropas de noble y no llamar la atención. El loco se la entrego con desconfianza. No era que sospechara que Williams pretendía engañarlos, Raymond miraba con desconfianza y miedo hasta a las ratas de la bodega del barco y a las palomas en los tejados de Ferth.

— También sería bueno que se repartan estas monedas de oro entre los dos. Sin dudas ustedes serían más capaces de defenderlas si alguien intentara quitármelas.

El gordo Tom asintió sonriente como si le hubieran otorgado una medalla de honor. Se llenó los bolsillos de oro de la misma manera que lo hizo el loco.

William les indico que era momento de seguir con la marcha indicando el camino. Los guio hacia el Gran Mercado sin que sospecharan nada, allí había cientos de mercaderes y vendedores ambulantes, poseedores de un don muy singular y famoso conocido por todos los viajeros.

Ellos podían saber de alguna forma, cuantas monedas de oro llevaba cada hombre en sus bolsillos y atosigaban a quienes tenían fortuna hasta conseguir venderles algo.

Al poco tiempo los dos escoltas comenzaron a ser acosados por una multitud de intensos vendedores. William aprovechó la confusión para desaparecer entre la gente y se alejó sin mirar atrás.  No se preocupó por las monedas que había dejado atrás, pues ya no las necesitaría: desde el inicio su viaje estaba cubierto por un patrocinador envuelto en misterios.

Se desplazó con celeridad a través del mercado, con sus ostentosas túnicas enmascaradas bajo la derruida capa que había tomado del loco. El olor de la misma le produjo nauseas, era un aroma tan invasivo que corrompía la razón.  A pesar del asco se aferró a la tela con vehemencia hasta que logro salir del bazar arribando a las puertas del Templo de Cristal.

Por un instante los ojos de William reposaron incrédulos sobre la ostentosa torre que frente a sus ojos. Luego reprimió su fascinación: bien sabia que ese tipo de monumentos al exceso se veían en todos los rincones del imperio de la guerra y solo eran el sello de una cultura que despreciaba; un pueblo que le había arrebatado su infancia.

Escupió con desprecio ante la escalinata del templo. Se quitó la capa maloliente y la lanzó allí frente a la entrada. Sintió fuertes ganas de vomitar cuando el viento le alcanzó el aroma de aquel trapo por última vez. Se preguntó a sí mismo, como podía ser que Raymond la llevara puesta todo un viaje, «Tal vez por eso había perdido la cordura», se sonrió con solo pensarlo.

No perdió más tiempo. Ya sabía adónde ir. Solo era cuestión de averiguar qué camino tomar. 

Su patrocinador le había advertido que todos los caminos de Ferth van en una ligera pendiente hacia arriba en dirección al centro de la ciudad. De forma que sin importar que camino uno tome, mientras sea hacia arriba, se llegará indefectiblemente a la Plaza de los Suspiros, un parque donde los niños suelen jugar de día y que los hombres adultos frecuentan a menudo de noche: puse alrededor de aquel lugar estaban todas las posadas, alberges, burdeles y tabernas más populares del reino.

También, ocultos entre las callejuelas cercanas, escondidos como un árbol en el bosque. Uno podía encontrar lugares que ofrecían servicios más cuestionables y peligrosos, realizados por gente sumamente discreta; de pocas preguntas y escasa moralidad.

Tal era el caso de “Skoughll” una taberna polvorienta con fuertes aires de tugurio, atendido por descendientes de las tribus Asgareñas que quedaron en Ferth desde la guerra de los confines.

Escondido en la quinta diagonal y avenida Laioscain, aquel local pobremente iluminado y con un mobiliario completo de madera vieja y podrida. Servía la mejor comida que había en la capital de Odaria.

Casi como contrapartida, para beber había solo una opción: cerveza destilada por los mismos dueños. Destilada de la misma forma que se acostumbraba en Asgard hace más de 500 años. Este brebaje ancestral que la clientela regular consumía con fascinación, solo era bien tolerado por aquellos con descendencia en las tierras del oeste. No era poca la gente bromeaba con que, si se ingería mucha cantidad de esa cerveza, uno corría el riesgo de perder el hígado a merced de los fermentos.

William se cruzó el umbral en silencio, sin levantar la mirada. La preponderancia de sus ropas languidecía ante la tenue luz de los faroles de aceite. Afuera el día brillaba pleno, pero allí dentro sin ninguna ventana que diese al exterior resultaba fácil perder noción del tiempo y pensar que ya había arribado la noche.

Incluso oculto en las tenues tinieblas del bar, el atuendo del príncipe llamaba la atención. 

Pero en Skoughll todos se ocupan de sus asuntos. Ninguno levanta la mirada de su cerveza para observar un rostro desconocido y ninguno pregunta a menos que esté dispuesto a lidiar con el precio que conlleva el conocimiento.

El joven enfiló hacia una mesa al final del bar, en la esquina derecha y en diagonal al mostrador. Apenas se acercó, de uno de los asientos se levantó un hombre a saludarlo con reverencia. Luego, ambos tomaron asiento. Frente a William se sentaba la personificación el misterio; envuelto en túnicas grises y con el rostro tapado por una máscara lisa de color negro.

— Es un placer el encontrarnos finalmente, mi señor. ¿Ha tenido tiempo de disfrutar su estadía en Ferth?  — habló con tono galante y voz seductora, se podía detectar el carisma de aquel hombre solo con escuchar la seguridad en su habla y el lenguaje de sus manos.

— ¿Acaso te burlas de mí?, Escondes tu rostro de mi presencia y me recibes con tu “señor” y tus reverencias tiesas— respondió William, fingiendo más enojo del que realmente sentía. Tanteaba el terreno, pues quería ver si podía amedrentarlo con la autoridad que le confería su nobleza.

— Si herí susceptibilidades le pido disculpas. Joven heredero del Halcón del Este. Jamás mi intención sería la de burlarme de usted. Sería mejor, sin embargo, dejar de lado las vulgares hostilidades y simplemente forjar una fructífera relación de mutuo beneficio. – El hombre respondió con suma grandilocuencia y elegancia.  Su lenguaje y estilo de habla suntuoso era algo que William no había visto jamás en la corte real de Gargata. Este hombre estaba instruido como pocos, y había nacido en cuna de oro sin lugar a dudas.

— ¿Y cuál sería el beneficio mutuo? que podría obtener yo de alguien tan cobarde para no dar la cara— por un momento pensó en emular el tono de su interlocutor. Replicar su elocuencia, a modo de una burla sarcástica. A pesar de la intención, de su boca solo brotaban palabras más soeces.

— ¡¡Ay por los dioses, por los del Ferth y los de Asgard, que futuro nos espera con estos príncipes jóvenes e impetuosos que nos trae el nuevo siglo!!— vociferó en tono trágico cómico. Luego continuó bajando el tono y habló casi con la fuerza de un susurro—. Comprendo que el poder arbitrario que simboliza una corona, corrompe la mente y el buen juicio de un príncipe. Como el vino o las mujeres para el hombre joven, o la avaricia al anciano o la vanidad a la mujer. Pero no pensará realmente, a pesar de tus cortos años, que aquellos que deciden el futuro del mundo son los que caminan por las calles a luz del día y con el rostro descubierto. No mi joven señor, el poder disfruta yaciendo junto a aquellos que tienen los subterfugios para ocultarlo.

— Basta de discursos bufón. Dime exactamente en qué puedes servirme o mi primera visitita en esta polvorienta taberna terminará en violencia— William golpeó la mesa con la palma cerrada, comenzaba a perder los estribos. Un suceso que ocurría a menudo: la paciencia no era su fuerte y nunca lo sería.

A pesar de exabrupto, nadie en el bar se inmuto. Todos mantenían la mirada gacha en su propio terruño de tinieblas.

El hombre rio, como si la sincera amenaza del príncipe lo divirtiera—. Puedo ayudarlo. Abrir algunas puertas. Como las del calabozo. Si usted llegara a caer allí por algún delito mientras disfruta de su visita al reino— hizo una pausa y lo miró fijo a través de los acotados orificios de la máscara negra

— ¿Cuánto desea usted, ver a Gargata como una nación libre nuevamente?

William se sentía tentado por escuchar atentamente a aquel individuo misterioso. Al mismo tiempo se mantenía escéptico acerca de sus intenciones— ¿Qué es lo que quieres a cambio? — Preguntó.

La respuesta se escuchó certera, límpida como el acero

—. El reino…

 El silencio después fue largo y ominoso, y el misterioso hombre trago saliva antes de agregar—. Cuando esto termine, usted tomará la libertad de su pueblo y la de su continente y jamás se alzará en armas contra aquel que yo decida poner en el trono de Ferth una vez que el incordio de Arrel este fuera del camino. De esta forma confió que nuestros reinos, como dije antes, puedan tener una prospera relación de mutuo beneficio.

— Supongamos por un momento que accediera a esto, ¿cómo habríamos de proceder?

— Primero que nada, es imperativo que alcance la final de la copa de campeones. No cabe duda de que allí lo esperará Aions Wintersoul. Matará al príncipe heredero en la arena del Valhala, frente a todo su pueblo. Uno de mis sirvientes intercambiará la espada de acero Sentiano, por una realmente afilada. Nadie notará la diferencia, hasta que sea tarde. Te apresaran los guardias. Mate usted a tantos como desee. Cuando lo lancen al calabozo, otro de mis pajarillos abrirá la puerta para que escape. Los por menores los arreglaremos más adelante, concéntrese ahora en alcanzar la final, si no lo logra y queda usted por el camino, lamento decirle que perderá mucho más que un torneo.

Apenas termino de hablar junto las manos y entrelazo sus dedos, esperando la respuesta de William.

— Así será entonces— Asintió el otro con decisión.

Tenía desconfianza. Pero si no tomaba la oportunidad, pasaría su vida como un esclavo del León.

— Este año la sangre azul teñirá el suelo del Valhala—agregó finalmente—. Así lo avizora el Halcón

Lo último era el lema de la familia Windsword: “así lo avizora el Halcón”. El Halcón era el apodo de Gargata. Así como a Ferth se lo Apoda el “León de Gaia”. Eran palabras de otras épocas, palabras que se pronunciaban cuando Gargata elegía su propio destino y eran un reino respetado.

En esos tiempos, Gargata era la nación más intelectualmente avanzada de Gaia, por lo tanto, su lema dejaba expuestos que ellos se consideraban los precursores del futuro.

El hombre misterioso sonrió por debajo de la máscara y asintió —Así lo avizora el Halcón—. luego se dispuso a retirarse, no sin antes reverenciar nuevamente al joven Windsword.

Nadie se movió, parecía como si hubiese pasado un fantasma. Abrió la puerta del local con dificultad y se escuchó el roce de la madera inflada por la humedad contra el pórtico del umbral.

En Skoughll esta escena de traiciones y golpes de estado era algo que se vislumbraba casi todas las noches. Todas quedaban en la deriva de la intención, arropadas por la falta de disciplina para ponerlas en marcha. Pero, aunque ninguno de los presentes lo notó, esa noche particular era una excepción.


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