Las Cenizas Del Viento Capítulo 4:

Las Cenizas Del Viento Mapa Gaia
Universo de Gaia

La elegancia del huérfano:

Aquella tarde comenzaba el torneo. Y Thomas, siendo infiel a su puntualidad habitual, llegaba tarde para ver los cuartos de final. El escudero corría con celeridad hacia el Palacio Valhala, tratando de no dejarse consumir nuevamente por la euforia y el patriotismo de las calles.

Para el joven este era el momento más hermoso del año, y le era difícil no enajenarse durante la previa del torneo.

Las calles empedradas de las avenidas brillaban con fuerza bajo un sol de vapor, que se derramaba sobre ellas en una guirnalda de cobre líquido. Sobre las piedras se extendían mantas conteniendo modestos adornos y baratijas, aprovechando la temática del torneo.

Las banderas con el escudo de armas de los participantes o las túnicas con los colores de cada país y la fecha bordada en hilos de seda, eran algunas de las mercancías ofrecidas durante el evento.

La gente vestía los colores de su nación como si fueran su propia piel. El pobre y el rico se miraban a la cara y solo veían la misma bandera sobre el pecho del otro. A Thomas no le importaba si esa conducta patriota era impulsada por razones de poca consistencia, disfrutaba tanto de verla que terminaba por sentirla él mismo.

En esta época todos los pueblos del mundo zarpaban hacia los reinos del norte. Era la temporada, en la cual los hechiceros mediocres se ganaban el oro que habría de durarles un año entero. Pues ellos eran los encargados de convocar a los vientos para impulsar las embarcaciones desde los cuatro confines. Tarea por la cual se los recompensaba generosamente; todo en aras de llegar rápido y partir pronto. Miles de personas arribaban a los muelles de la capital en cuestión de unos cuantos días, y todos partirían a sus respectivos reinos al cabo de una semana. Impulsados por la misma magia que los había traído.

Thomas disfrutaba el escuchar las historias de los intrépidos viajeros que llegaban al puerto y las prefería muy por encima de las fabulas del Viejo Halcón. Escuchar las vivencias, aventuras y rumores era un interés que lo arrastraba sin reparos, a interpelar a los pioneros y mantener largas conversaciones.

Desde sus primeros años de vida, hablaba con todo el que pudiese; y por eso el escudero conocía el nombre y la vida de más de la mitad de los habitantes del reino.

Quería escuchar sus vidas para luego contar las más interesantes. Y contarlas de nuevo, hasta encontrar la pizca de ficción que endulzaría el relato. Esa actividad lo divertía, era un pasatiempo que se había tomado con el fin de mejorar su arte, pues algún día él pensaba escribir la historia del reinado de Aions.

Sin embargo, aquella tarde se había excedido. Por primera vez en su vida era lo suficientemente mayor como para entrar solo a un bar. Allí escuchó las historias de cuatro forasteros y se olvidó de todo. Por eso, ahora esprintaba rápidamente a través de la multitud de ferthianos que atestaban las calles preocupado de perderse el evento más importante del año.

Las Cenizas del Viento, Thomas, Valhala

Le costó casi veinte minutos llegar y para entonces los cuartos ya habían comenzado.

Subió las escalinatas de mármol que rodeaban al Palacio Valhala mientras por su rostro rodaban perlas de sudor. Siempre se sentía tan diminuto en aquel lugar.

Costaba pensar que aquella obra monumental de la arquitectura ferthiana había costado solo doce años de construcción. Según había estudiado, en su momento, se contrataron a muchos hechiceros de Tears para acelerar la construcción, encareciendo mucho el costo del trabajo.

Ahora el Valhala se ubicaba en el extremo noroeste de la capital, en donde se erigían desde el suelo tres pisos de simetría ovalada, apoyados sobre arcos de piedra revestidas con plata, conformando un enorme pasillo abovedado. Las piedras en los pisos superiores estaban talladas en forma de cabezas de león o del escudo del reino y recubiertas con oro.

El perímetro del palacio contenía una serie de puertas numeradas, donde unas fichas con información detallada ayudaban a los espectadores a encontrar sus correspondientes graderías y asientos. El techo estaba parcialmente cubierto por una cúpula de cristal incompleta apoyada sobre vigas de oro sólido, que protegía las gradas y los palcos de las inclemencias del tiempo, mas dejaba la pista de arena donde los competidores pugnarían por la gloria de su nación, al descubierto y ante la mirada del sol.

Apenas entró, comenzó a subir las escaleras que unían los distintos anillos del palacio hasta llegar a la tercera planta.

Thomas prefería mirar el torneo desde las tribunas populares: allí los asientos eran de madera y no de mármol a diferencia de los palcos de la nobleza; pero, por otro lado, los gritos y la euforia se sentían con más ímpetu. 

Su padre se encontraba del otro lado del palacio, en el palco real como le correspondía a la mano del rey. Su madre, quien había venido desde Evalin hasta Ferth para presenciar el evento, seguramente estaba en los palcos de la nobleza junto a sus dos hermanos menores.

Apenas arribó a las graderías escuchó un grito ensordecedor. Buscó un resquicio entre la gente intentando ver la arena, pero cuando por fin lo logró, ya no había ningún combate en marcha y parecía que se había perdido bastante por culpa de su tardanza.

Decidió interpelar a un desconocido:

— Disculpe, acabo de llegar ¿Cuánto me he perdido?

— Unas cuantas emociones y sorpresas— dijo el hombre con una sonrisa jocosa, mientras estiraba sus bigotes con la punta de los dedos—. Ya casi se termina la ronda de cuartos, solo resta un combate, el del joven Wintersoul—apenas dijo “El joven Wintersoul”, elevó la voz de un grito— ¡Larga vida a la Tempestad! — toda la grada coreó junto a él.

‘La Tempestad’ era el apodo de preferido por la gente, para hacer referencia a Aions.

— ¿Y cómo fueron los resultados de los combates?

— El dragontiano Zhepher Wylf superó sin inconvenientes a Greadus Asawlyn el joven debutante de Anka—dijo antes de continuar con un rostro más afligido —. Luego llegó la primera sorpresa. Lúcian Haragraf el huérfano real venció a Abbathorn Flint en un combate excepcional. Muchos perdieron dinero en ese combate, yo me incluyo — agregó mientras calculaba mentalmente cuantas monedas había perdido.

Thomas entendía la sorpresa, Abbathorn Flint, oriundo de Asgard, fue subcampeón del último año y era bastante lógico apostar por él

— Imagino que el combate restante lo ganó Filio Roberti…— dijo Thomas con la mirada de soslayo.

El hombre se sintió mortificado al escuchar aquel comentario:

— Niño no me recuerdes otra de mis apuestas fallidas y dime cómo es posible que el ‘Gigante Oriental’ pierda en primera ronda. ¡Y con un gargatiense! ¡Desde cuando ese reino sabe empuñar una espada!

Thomas no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Filio Roberti era más bestia que hombre y probablemente el guerrero más fiero que había visto en su vida. El joven no dudó en preguntar el nombre de aquel que lo había vencido.

— William Windsword, el príncipe de Gargata— la amargura de la derrota se sentía en su voz, aunque la ocultaba muy bien tras un velo de buen humor—. Creo que Roberti se confió demasiado… Pero, aunque me duele admitirlo, aquel joven es muy bueno.

Antes de que pudiese seguir preguntando el estadio empezó a vitorear con locura, eso solo podía significar que Aions acababa de entrar a la arena.

Todo el público de Ferth entonó el himno de la nación y Aions lo cantó junto a su gente mientras levantaba su espada ante los rayos del sol. Thomas tenía que admitir que su amigo sabía cómo emocionar a una tribuna. La fascinación que causaba en su pueblo, era algo que no se veía desde hace siglos.

Luego de que los ferthianos se calmaran, entró en la arena Galendash Fell; un participante que provenía de Sevalthia, la ciudad de los bosques, y que con sus cortos dieciséis años era el más joven en aquella edición del torneo.

Aunque nadie esperaba mucho de él, todo el estadio lo aplaudió. Ya por el siempre hecho de presentarse al combate frente al Santo del Viento, era digno de ser aplaudido.

El espectáculo no se prolongó por mucho tiempo, solo seis golpes y Galendash había perdido.

La tribuna popular comenzó a gritar “La Tempestad” a un ritmo frenético. Los nobles en los palcos se partían las manos aplaudiendo, estaban todos en presencia del genio de la década.

No era en vano semejante alago, pocas personas tenían la mente aguda y el instinto necesarios para desempeñarse en el fragor del combate con la calma que mostraba el príncipe.

Aions era poseedor de una agilidad singular, no había guerrero tan rápido y escurridizo como él. Siempre permitía que el oponente lanzara el primer golpe y dependiendo la dirección por la que proviniera el mismo, siempre tenía una defensa y una respuesta. Iniciando de esta forma la danza del viento, un baile donde la frustración absorbía a sus enemigos, pues les resultaba imposible alcanzarlo, y jamás lograban rozarlo.

Aions se movía con pasos simples y gentiles como si fuera la brisa en los prados, luego de un tiempo, sin previo aviso decidía arremeter y terminaba los duelos en un instante con la velocidad y la vehemencia de un vendaval.

Por eso, su gente había optado por apodarlo “La Tempestad”

En teoría resulta sencillo, elegante y eficaz. Pero en la práctica se necesita de mucha destreza e instinto para mantener la compostura en las peores situaciones. Para reaccionar con eficacia, si el rival llegara a salirse del libreto.

El príncipe tendió su mano a su oponente derrotado y le dijo algo que Thomas no pudo escuchar.

Ambos saludaron al público antes de volver a las barracas debajo de la arena, Galendash sonreía con su rostro infantil como si no hubiera perdido en absoluto: después del torneo Thomas se enteró de que Aions le había ofrecido al joven la oportunidad de unirse a las legiones de Ferth. Podría enlistarse en la guardia real cuando alcanzara la mayoría de edad y hasta entonces era bienvenido a mudarse al palacio real, como huésped.

Tuvieron que esperar por veinte minutos antes de que comenzara la ronda semifinal.

El cónsul, Christopher Arcadain, surgió desde los palcos más elevados para anunciar el orden de los duelos. Los combates serían los siguientes: Lúcian Haragraf contra William Windsword y Aions Wintersoul contra Zhepher Wylf.

Luego, el político anunció los nombres de aquellos participantes que debían presentarse en la arena.

A los pocos minutos, desde las escaleras ubicadas en los extremos opuestos del campo de batalla, surgieron los participantes.

Primero Lúcian, quien recibió una moderada ovación por parte de algunos ferthianos. Thomas bufó molesto al ver como el huérfano saludaba a las tribunas.  Del otro lado de la arena surgió William.

La tribuna de Gargata estaba parcialmente vacía y no profirió sonido alguno, solo algunos aplausos de cortesía. Esta nación jamás había ganado la copa y no tenía la ambición de hacerlo, ni el jolgorio de disfrutar el deporte.

Antes de dirigirse hacia Lúcian, el príncipe de Gargata miró a su tribuna. No los saludó y, en cambio, les dirigió una mueca de profundo desprecio.

Christopher Arcadain indicó el comienzo de la contienda.

William se abalanzó sobre Lúcian con celeridad. El huérfano lo bloqueó sin esfuerzo y con suma elegancia. Lúcian usaba dos espadas y su estilo estaba pulido al punto que la transición entre ataque y defensa era imperceptible.

— No es tan fácil…Perdiste— le dijo a William con un tono apagado y carente de emoción, mientras lanzaba un golpe descendente con la espada que había quedado libre.

El príncipe de Gargata esquivó el acero al echarse hacia atrás y luego arremetió nuevamente, esta vez con mayor recaudo.

El Valhala enmudeció. Los aceros chocaban rápidos, efímeros como relámpagos en el horizonte, con menos de un segundo entre cada impacto.

Las respiraciones agitadas resonaban a través de las graderías. La furia creciente del príncipe gargatiense se sentía en todos los rincones, no era de esperarse que aquel combate se prolongara tanto.

Los espadazos llovieron sobre William por todas las direcciones, pero él se valió de su instinto y detuvo todos los golpes.  En algún momento dentro de esa serie de ataques, William recibió un golpe en el cuerpo y desde las gradas se podía notar como se inclinaba levemente producto del dolor, a pesar de esto el gargatiense no se amilanó, su furia creciente le daba fuerzas.

Lúcian parecía estar en perfecto estado, realmente nadie en Ferth se había dado cuenta lo mucho que había mejorado con la espada, parecía danzar con elegancia alrededor del fragor de las espadas. El joven escudero en las gradas se sintió furioso ¿Si era así de talentoso, porque no servía como caballero del rey?

El combate se detuvo un momento, los contrincantes le dieron descanso al acero y comenzaron a hablar entre ellos.

— Eres bueno—dijo Lúcian portando una enorme condescendencia—. Pero yo también soy bueno, desde que era muy pequeño, he practicado junto al príncipe de Ferth, y esta tarde vas a perder frente a la elegancia de mi espada.

El otro lanzó una estridente carcajada.

— Es verdad. Eres mejor que yo. Espero que mi espada sea tan elegante como la tuya en unos años. 

— Si admites tu derrota, ¿por qué te ríes así?

— Porque no admito ninguna derrota, yo sé algo que tú no.

— ¿Y qué es? —dijo Lúcian con una falsa mueca de diversión.

William clavó la espada en la arena frente a él, con la mano derecha y la tomó de nuevo esta vez con la mano izquierda.

— Que soy zurdo. 

Thomas no pudo ver el rostro de Lúcian, pero su cuerpo fue presa de una enorme tensión que se apoderó de él, súbitamente.

El combate prosiguió, pero el ritmo distinguido y refinado que había tenido hasta entonces quedó en el olvido. Las espadas chirriaban ahora presa del caos, la furia, el desorden y la violencia. William llevaba las riendas de la contienda y sus golpes caían certeros y vehementes, con tal prontitud que Lúcian no atinaba a dar respuesta alguna. 

Cada vez que encontraba el resquicio, el príncipe de Gargata lo golpeaba en el rostro con su puño, o en la boca del estómago de una patada.

Todo sucedía muy rápido para el huérfano real, y mientras su compostura descendía sometida por una espirar de vorágine, recibió casi sin notarlo un espadazo de lleno en el costado del rostro.

Cayó derrotado en la arena con su mandíbula sumamente adolorida, temiendo que se hubiera quebrado y agradeciendo a los dioses el no haber perdido la vida.

— Eres bueno…— le dijo ahora William con desdén—. Pero yo soy el mejor de Gaia. Desde muy pequeño me acunó el rencor y aprendí que la espada es un instrumento para matar y no un juego para divertir a los nobles—tras unos segundos silencio sentenció en forma cortante—. No olvides jamás mi nombre, soy William Windsword, hijo de Asfharas Windsword. Legítimo príncipe de Gargata. El santo de los Hielos.

William se levantó y emprendió su retirada triunfal, cansado pero satisfecho, sonreía de soslayo a la tribuna de su pueblo que antes había estado en silencio sepulcral y ahora vitoreaba al joven príncipe como si siempre hubieran creído en su talento.

Estaba cerca del arco de piedra que lo llevaría nuevamente a las barracas debajo del Valhala cuando se escuchó con fuerza un último suspiro de Lúcian Haragraf:

— Caerás— predecía el joven derrotado antes de perder la conciencia.


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