Las Cenizas Del Viento Capítulo 5:

Las Cenizas Del Viento Mapa Gaia

Universo de Gaia

Fuego, tempestad y hielo:

El combate entre Lúcian y William se había terminado.

Aions se encontraba en las barracas debajo de la arena, colmado de una profunda expectativa y completamente incapaz de controlar sus emociones.

En poco tiempo estaría enfrentando a Zhepher Wylf, el hijo de las llamas eternas de Thorv, quien se había adormilado por años entre el fulgor de los volcanes para asistir hoy a la copa como el ‘Santo del Fuego’, ‘La llama Carmesí’.

Aions tenía en cuenta que el resultado de los próximos combates afectaría directamente el futuro del reino. Pues, aunque muchos pensaban que este torneo era una simple competencia para entretener a los nobles ociosos, eso no era para nada cierto: el Duelo de Campeones tenía una larga y complicada historia, y los propósitos por los cuales este torneo se llevaba a cabo habían mutado con el correr de los años. En los inicios del torneo, cuando Elliot Wintersoul inauguró la competencia, cualquiera podía ingresar; sin importar su procedencia o su título. Surgió como una forma de inclusión, propuesta por el rey para que los hombres pobres pudiesen aspirar a la fama y al título de caballero, incluso si no habían nacido en cuna de oro.

Luego, Caleb el conquistador, años antes de forjar su imperio, cambió las reglas y obligó a los pueblos a elegir a un campeón, al mejor de sus soldados. De esta forma, Caleb observaba el nivel militar del que disponía cada reino, y sabía quiénes eran los débiles y quienes los fuertes.

Finalmente, cuando Ferth se convirtió en imperio, el duelo pasó a ser un evento político, fundamental para mantener unido al continente. Todos los reinos del norte habían jurado lealtad a Caleb Wintersoul, y lo habían hecho porque admitían que él era, en aquel momento, el mejor soldado con vida. Aceptaron que los ferthianos eran una raza superior en las labores del combate y juraron lealtad para obtener la protección frente a las potencias militares de otros continentes.

Por eso, era necesario que Ferth siempre hiciera un buen papel en el torneo y, dependiendo la época, la victoria podía ser imperativa para evitar las revueltas en Odaria.

Tal era el caso de este año, donde era particularmente importante que Aions ganara el torneo. Pues si tenía éxito, seguramente la guerra civil en Leveron terminarían por apaciguarse. Por el contrario, si fallaba en obtener el título, su fracaso habría de alimentar las intenciones revolucionarias y complicaría la soberanía.

Uno de los ayudantes del Valhala se acercó hasta el príncipe y le dijo que Lúcian había perdido.

— Lo han llevado a la enfermería, inconsciente— el rostro del príncipe adquirió la rigidez de una roca apenas escuchó aquellas palabras —. No se preocupe, señor, su vida no corre peligro alguno.

El ayudante se alejó en silencio después de aquel comentario. Aions respiró aliviado; por un momento había temido lo peor.

Lúcian no hubiese sido el primero en morir durante el Duelo de Campeones: por más que las espadas no tuviesen filo, matar al contrincante no violaba ninguna regla.

Finalmente llegó el momento de que salir a la arena y el príncipe se sentía más decidido a ganar que nunca. Deseaba cruzar espadas con aquel que había vencido a su hermano y, de ser posible, quería dejarlo inconsciente para defender el honor de su familia.

La voz de Christopher Arcadain retumbó en el subsuelo.

El cónsul presentó a los combatientes y Aions emergió desde las barracas.

Apenas llegó a la arena, saludó a su gente. Sentía un enorme cariño por todos ellos, a pesar de que conocía personalmente a muy pocos.

El amor que le mostraban cada vez que entraba allí, y los aplausos atronadores que se escuchaban cada vez que subía las escaleras, eran razones suficientes para que él quisiera brindarles un espectáculo memorable.

Fiel a su costumbre, entonó el himno de Ferth con su espada en alto ante un sol crepuscular.

Luego se acercó a Zhepher quien había sido presentado anteriormente. Después de saludarlo miró hacía las graderías de Thorv.

Tal como le había contado el Viejo Halcón, los dragontianos eran todos muy similares en aspecto: Todos tenían algunas escamas desperdigadas por un cuerpo que resultaba similar al de cualquier ser humano. Zhepher tenía manos particularmente escamosas, con uñas largas, gruesas y afiladas.

Su rostro era el de un hombre común, no mostraba ninguna marca y parecía hecho en porcelana. Resaltaban sus ojos que brillaban de un color carmesí intenso, como pozos de sangre, escondidos tras una maraña de cabellos rojizos como los tonos del atardecer. 

Zhepher llevaba el pelo muy largo y las intensas hebras caían sobre sus hombros como un manantial de fuego. Y aunque no era particularmente alto ni fornido, transmitía una imponente presencia.

Él dragontiano no portaba una espada, sino una enorme hoz de dos filos, fabricada especialmente para que pudiese competir con su arma predilecta—Si bien la mayoría de los participantes del duelo utilizaban espadas, la competición permitía cualquier tipo de diseño, siempre y cuando fuera fabricada por los herreros ferthianos y careciera de filo—.

Arcadain se puso de pie y realizó un breve discurso, remarcó la importancia de tener a la nación de Thorv participando en el evento. Apenas terminó, el cónsul recibió una tímida ronda de aplausos y dio por comenzado el duelo.

Ante la señal, Zhepher se abalanzó furioso contra Aions, lanzando un golpe caprichoso al aire.

Aions lo esquivó con una leve acrobacia. La misma escena se repitió unas tres veces y el príncipe evitó cada golpe con una singular destreza. Su agilidad y reflejos eran algo que pocos hombres podían emular. Por eso le quedaba como anillo al dedo el título de ‘Santo del Viento’, pues el príncipe parecía ser capaz de caminar sobre el aire.

El joven Wintersoul se daba cuenta que su rival estaba probando sus fortalezas y él había decidido aprovechar el momento para realizar un breve calentamiento: lo cierto es que el combate de cuartos no lo había exigido tanto y se encontraba un tanto tieso.

Cuando el dragontiano intentó envolverlo por la cintura con su hoz, Aions se escabulló detrás de él con una acrobacia. Zhepher lo buscó a sus espaldas sin perder un instante y los aceros se encontraron bruscamente. Antes de que los metales volviesen a chocar, el príncipe se echó hacia atrás con otro salto y aterrizó en el suelo con elegancia.

El duelo que todos habían esperado parecía ser un juego a los ojos de la tribuna.

Aions tronó su cuello, luego sus nudillos, y solo después se colocó en posición de comenzar.

Las graderías de Gargata y Thorv enmudecieron al contemplar la espada de ‘La Tempestad’.

La furia de la tormenta, la calma del viento, lo precario del relámpago y lo incontrolable de la brisa.  Aions había pulido sus talentos, y todas sus cualidades inigualables se desgranaban en la esgrima más perfecta de Gaia.

Zhepher fue golpeado incontables veces por la espada de su rival, y aunque acertara a bloquear un golpe, otros nueve resultaban certeros; si las espadas hubiesen tenido filo Wylf habría sido destajado por su oponente y habría muerto irremediablemente a merced de la hemorragia.

Cuando el dragontiano intentó tomar el control, el príncipe le respondió con una patada en el rostro, que terminó por lanzarlo hacía el piso. Zhepher amortiguó la caída con su mano izquierda, quedando de rodillas, pero libre de las furiosas arremetidas de Aions.

El dragontiano estaba exhausto, se podía observar a simple vista. Para Aions era sorprendente que siguiera de pie luego de semejante castigo; seguramente su raza era mucho más resistente que la de los hombres.

— ¿Sabes que simboliza este torneo? — habló el dragontiano con voz ronca y zarrapastrosa.

Aions no respondió, aunque sabía perfectamente que simbolizaba el torneo, prefería no poner la realidad en palabras. Optó por observarlo con un rostro confundido y escucharlo atentamente.

— Entiendo que no lo admitas…Esta copa es la forma que tiene tu reino de reafirmar su postura como imperio soberano, de mantener a las colonias en orden— Aions continuó en silencio, el dragontiano sonrió —. Entiendo el juego de los humanos y no me molesta jugarlo. También entiendo que tu reino esta desordenado actualmente y solo hace falta que su príncipe deje de ser invencible, para causar un quiebre—alejó su mirada y la dirigió a las graderías—. Una vez que te derrote, aquí en tu propia casa. Tu reino caerá en la duda, los dragones retornarán a las tierras del norte y regirán lo que los humanos nos arrebataron. 

El semblante del príncipe se mostró rígido y austero.

Los dragones habían sido desterrados hace siglos de las tierras del norte, obligados a viajar hasta las islas de los confines, mucho antes de que Aions naciera.

No tenía la menor idea de que guardaran rencor, nunca lo había pensado. Los humanos que los habían desterrados estaban todos muertos debido al paso de los años, para la generación de Aions las memorias de esos tiempos eran más fabulas que historia.

Ahora que se detenía a pensarlo, los dragones vivían por siglos y tal vez su odio perduraba en la misma medida. No resultaba imposible pensar que llevaran cientos de años esperando el momento de que el imperio de Ferth comenzara a tambalear; esperando que las revueltas se hicieran notorias.

— ¿Acaso le estás declarando la guerra a mi reino? — preguntó el príncipe con sequedad.

— Solo estoy diciendo. ¿Qué pasaría si pierdes hoy aquí? — Los ojos color rubí de Zhepher se fundían con los últimos tonos del ocaso.

Aions sabía cuál era la postura que tendría que tomar para responderle; lo que habría de decir un rey legendario, las palabras que su gente esperaba oír. 

— ¿Tienes conciencia de donde te encuentras? — Sus ojos parecían llenos de furia. Aunque en el fondo él se sentía tranquilo, su pueblo esperaba una actitud fiera y desafiante—. Acaso esperas que me mantenga en silencio y respire las injurias de tu raza resentida. ¿Piensas que portaré las penas de tus muertos o los sueños de tus ancestros? —dejó que el silencio tomara lugar. Sus miradas se cruzaron y la euforia del estadio quedó rezagada— ¡Esto es Ferth! ¡Mi reino! ¡El reino de la guerra! ¡Donde solo el fuerte habla! ¡Donde solo el poderoso existe! — luego de elevar su vos recuperó un tono más sereno, aunque aún cargado de hostilidad—. Y si vienen con voluntad de paz la paz se dará, pero si buscas la guerra te aseguro que ni los cielos ni los mares podrán ocultarlos de nuestro acero ¡Del Acero Eterno!

La contienda se transformó tempestuosamente en una declaración de guerra. La tribuna de Ferth que había escuchado solo los últimos fragmentos de la conversación, comenzó a ovacionar al príncipe con euforia. Por el contrario, la gradería de Thorv se sumió en la confusión y el silencio.

Zhepher miró a Aions y sus ojos lo recubrieron con odio.

Ya no parecía cansado, parecía haber recuperado el aliento durante la pausa; su capacidad cardiaca también era mayor que la de un hombre normal.

— Observen, señores de la guerra— dijo en voz alta, esperando que todo el estadio oyera—. Los fuegos de la redención, las llamas Carmesí.

Al terminar aquellas palabras, utilizó las garras en su mano derecha para abrir una herida en su palma izquierda. Cuando la carne quedó expuesta, no fue sangre lo que surgió del corte; sino fuego: con presteza desde su palma surgían ahora los mismos fuegos que lo habían traído a la vida, los mismos que corrían por sus venas y alimentaban su alma. Y se extendieron por su hoz y reposaron sobre las dos cuchillas, realizando movimientos cortos y tenues, como si danzaran.

Aions lo observó con respeto. Los dragontianos nacen del fulgor de los volcanes. Son hijos de las flamas; y tienen una relación especial con aquel elemento. Y, aunque él sabía todo esto, no pensó que pudieran ser capaces de manipularlo.

Ante la incertidumbre del príncipe, Zhepher arremetió con convección. Aions no mostro titubeos y lo bloqueó fácilmente. Al mismo tiempo que las espadas se cruzaron, las llamas abandonaron el letargo y se movieron como una criatura consiente, dispuestas a herir al príncipe.

Aions reaccionó por instinto y se alejó velozmente con un salto. Mientras se retiraba recibió un golpe en el brazo, y las flamas se aferraron sin piedad a su cuerpo, desgarrando su carne y él lanzó un grito atronador, colmado de un profundo dolor.

El príncipe miró la herida con terror. Las llamas se habían extinguido, pero el dolor seguía latiendo. Apenas había logrado rozarlo y las quemaduras eran leves; Aions podía darse cuenta de eso a siempre vista. Sin embargo, el ardor era inconcebible. La molestia irracional que sentía, era casi una tortura. No había una gran marca en su brazo, pero sentía como si lo hubiese internado dentro de una hoguera y lentamente su carne se consumiera a merced del fulgor.

— ¿Lo sientes? Es la furia de los volcanes. Es la sangre que fluye por mis venas. El dios que mi pueblo adora. Las llamas eternas ardiendo sobre la carne de los condenados. Atormentándolos sin descanso.

El príncipe de Ferth se mantuvo de pie y guardó su espada en la vaina. Miró a su enemigo sonreír triunfante, sintiéndose el ganador.

Respiró agitado, sientiendo el ardor en su cuerpo; intentando ignorarlo. Zepher le entregó su espacio, y el príncipe lo aprovechó para regularizar su estado. Busco la calma en medio del dolor, y fue capaz de disimular su estado y proyectar serenidad. Luego, el orgullo se apoderó de sus palabras, y su furia mitigó cualquier malestar que pudiese sentir.

— Piensas que son mejores que nosotros, ¿verdad? — realizó una pregunta reotrica —. Bien. Atácame ahora, si crees que tu raza es más fuerte que la mía. Pero te advierto que el fuego jamas extinguirá al viento.

Zhepher aceptó el desafío y fue el primero en atacar.

Cuando finalmente se abalanzó sobre el príncipe, el acero de Aions surgió rápido y letal con dirección al cuello de su rival, al mismo tiempo que su cuerpo esquivaba el filo de la hoz, y sus ropas eran calcinadas parcialmente por las llamas carmesí.

Todo había ocurrido más rápido de lo que llegarían a contemplar en las gradas. Zhepher soltó su arma mientras tomaba su cuello y caía al suelo, tosiendo llama y ceniza. Si no hubiera sido un dragontiano, aquel golpe lo hubiera matado.

A unos metros estaba Aions, de pie, en silencio, y con el otro hombro ardiendo presa de los fuegos de la redención, conteniendo el dolor que sentía.

Christopher se apresuró a nombrar a Aions como ganador y los ayudantes ingresaron al estadio para llevarlos a ambos hasta la enfermería. Una vez allí, fueron atendidos por varios curanderos que habían llegado desde Tears; traídos exclusivamente con la intención de sanar rápidamente a aquellos que resultaran heridos durante el torneo.

Las quemaduras de Aions no propusieron un gran desafío para la alquimia que habían aprendido estos hombres en la Isla de los Sabios. Aplicaron un ungüento sobre cada herida, y le dieron a Aions una infusión de hierbas silvestres, cuando terminaron de vendar al príncipe, las medicinas ya habían obrado sus maravillas y no sentía dolor alguno.

Zhepher no necesito ninguna ayuda, se había recuperado perfectamente por sí mismo. Pero, a pesar de que estuviera sano, las reglas requerían que reposara en la enfermería hasta que los curanderos le permitieran partir.

Aions miró a Zhepher a través del espacio vacío entre las camas contiguas.

— Vuelve a tus montañas…—le dijo—. Llevate tu odio, déjalo dormir en los volcanes. Luego vuelve aquí con tu pueblo y hablaremos de paz. Me probaste la fuerza de tu raza, ahora tienes derecho a hablar y que Ferth te escuche. Pero mi pueblo no teme a tus dioses y no se arrodilla ante nadie.

Aions había sentido parcialmente aquello contra lo que su padre lo había puesto en guardia: pues ese dolor que sintió en sus brazos, que ardió sin tregua y lastimó su carne, era el odio de una nación, el odio de toda una raza. 

El príncipe podría haber ordenado la muerte de Zhepher en aquel instante, ya que había declarado la guerra contra Ferth. Y, si tomaba esa determinación, los dragones se quedarían en su lugar, por lo menos por el momento. Sin embargo, ya no veía el caso de imponer el orden con violencia, empezaba a comprender los peligros detrás del rencor. Por más que los dragontianos nunca se habieran revelado, la intención siempre había estado presente; siempre habían estado esperando el momento. Y para un príncipe, para un emperador, eso no podía ser ignorado.

Tenía que reconocer que, aunque Aions no era capaz remediar el pasado, podía tratar de no ensanchar la herida. Si era posible, intentaría cambiar aquellos sentimientos hostiles, en lugar de esconderlos bajo la alfombra.

Zhepher tomó la mano que le ofrecía el joven Wintersoul y asintió a su propuesta.

— Volveré. Aunque de ustedes dependerá, si vuelvo como un amigo, o como un enemigo.

El príncipe sonrió y ambos apartaron sus miradas y descanzaron sin pronunciar otra palabra.


Acababa de finalizar la ronda semifinal. Dentro de solo dos días tendría lugar el último combate de la copa.

Tras recibir el alta, Aions quiso visitar a su hermanastro, mas no le fue posible: Lúcian se encontraba dormido y los curanderos insistieron en no despertarlo.

Finalmente, retornó al palacio real para recibir las lisonjas de su padre y las de Thomas. Pero estaba tan cansado que prefirió no quedarse hablando y se fue a dormir temprano y sin comer.

Aions durmió toda la noche y toda la tarde del día siguiente. Cuando despertó, el dolor de sus heridas se había desvanecido completamente junto con cualquier marca de las mismas.

Se soprendió al ver que los curanderos de Tears eran tan efectivos como decían los rumores y sintió un dejo de curiosidad por los conocimientos que se escondían en la Isla de los Sabios.

A pesar de que ya se sentía en perfectas condiciones, cambió sus vendajes y volvió a aplicarse el ungüento en las heridas; no estaba de más tener un poco de precaución.

Salió de la habitación y se percató de que todos estaban cenando en aquel momento. No quiso interrumpir la cena, así que paso por la cocina del palacio y tomó una pata de cordero, algunos guisantes, dos duraznos y también un poco de vino.

Decidió comer solo en el balcón, afuera de la Sala de las Luces.

Estaba a la mitad de su cena cuando llegó Lúcian.

Su hermanastro arribó en silencio y se posó en el barandal mirando a la ciudad.

— ¡Hermano! ¿Hace cuánto que te dieron el alta? — preguntó el príncipe mientras terminaba el cordero.

— Poca más de tres horas…Llegué para la cena—hizo una ligera pausa. Su rostro se mostraba rígido, imperturbable —. Pero no tenía apetito— agregó pasado un rato.

— ¿Te sientes bien?

— Me duele un poco la mandíbula…Por fortuna no está rota.

Su hermano tenía un tono de voz agudo, casi afeminado.

Su habla era breve y con pocas palabras, coronaba todas sus oraciones, con un rostro indescifrable, mientras su humor cambiaba arbitrariamente con los días y las horas.

A Lúcian siempre le había costado socializar con la gente en general; y desde que eran niños eso nunca había cambiado. Tenía grandes problemas para interpretar el ambiente en habitaciones concurridas y muchas veces hablaba fuera de momento y de lugar, en formas ofensivas o insensibles.

A pesar de todos sus defectos, Aions le tenía un enorme aprecio a su hermano adoptivo. Después de todo era parte de su familia y se conocían desde hacía muchos años.

— Mañana en la final…Ten cuidado. —forzando su voz contra el silencio, Lúcian advirtió a su hermano.

Aions esbozó una tenue sonrisa, dejó el cordero y tomó el vino que reposaba a su diestra.

— Es tierno ver que te preocupes por mi bienestar. No es propio de tí demostrarlo.

— Es lo normal—Lúcian dejó pasar unos segundos antes de agregar—. Son la única familia que tengo.

— Deberías saber que voy a ganar—afirmó Aions, mientras observaba a su hermano de soslayo.

— Lo sé muy bien…Pero no es por eso que te digo que tengas cuidado.

El príncipe lo miró con desconcierto: como de costumbre le resultaba imposible leer su semblante.

— Mañana enfrentarás a un joven que, sin saberlo, le guarda rencor a las personas equivocadas. Si te comportas como siempre, buscando el aplauso de la gente, solo lograras que te odie más. Pero si hablas como un buen rey, tal vez ganes un aliado. — Otra vez realizó una pausa —. Mañana tienes que hablar y actuar según lo que necesite el reino. No según lo que quiere escuchar el pueblo.

— ¿Has estado hablando con nuestro padre? Esta charla me resulta como si la hubiese escuchado antes. — Aions frunció el ceño al hablar, estaba harto de recibir sermones.

— Tal vez…Pero no por eso deberías desestimar una advertencia. — la aguda voz de su hermano se escuchó solemne en aquel instante, era muy raro verlo tan serio—. Hoy le perdonaste la vida a un dragón. Al hacerlo le diste la razón a nuestro padre, y aceptaste que no podemos seguir haciendo enemigos.

­­Aions tomó los restos de comida en su plato y se levantó en silencio­­. Posó una mano en el hombro de su hermano y le dijo:

— Entiendo lo que quiso decir nuestro padre, entiendo que tenemos enemigos, que no muchos nos aprecian, y que si apareciera alguien dispuesto a marchar sobre nuestros muros, no son pocos los que se alinearían detrás.

Dejó que aquellas palabras decantaran en un marco de silencio. Luego Lucían preguntó:

— Hermano, ¿Qué crees que pasaría, si el Clan de la Luna regresara?

— Los pondría de rodillas — Aions respondió al instante, era una pregunta que ya se había cruzado por su mente —. Junto con cualquiera que se aliara con ellos en mi contra.

— Esa es una respuesta digna de un monarca de Ferth y eso es lo que quiere escuchar tu pueblo—sus palabras no dejaban de sonar como una reprimenda—. Pero hermano, ¿Realmente crees que es inteligente pensar de esa forma?

— ¿A qué viene todo esto?

— Por momentos, actúas siguiendo un personaje y te comportas como espera la gente en las graderías, aquellos que corean tu nombre. Sé que piensas que eso es lo correcto, mientras ellos te aplaudan, estarás tomando la postura correcta—el pupilo real meneó su cabeza con un dejo de amargura—. Por momentos temo que tu reinado será solo eso.

Aions se molestó ligeramente con las palabras de su hermano, pero Lúcian continuó antes de que pudiese objetar.

— Si todo lo que eres es el aplauso de tu gente, que pararía si perdieras tu corona, si no fueras un príncipe. ¿Cómo te definirías entonces? ¿Habría algo además del vacío?

— ¿Y porque habría de perder mi corona?

El silencio fue sepulcral, la frescura de la noche acompaño a Lúcian mientras se alejaba del balcón, hablando de soslayo.

— No lo sé. Pero trato de que entiendas…La personalidad de un rey no debe dictarla su gente. Un buen rey puede ser soberano, incluso cuando nadie lo vitorea — Lúcian puso un tono más sombrío antes de agregar—. Si realmente la oscuridad se cierne sobre nosotros, puede ser que todo lo que conoces cambie en un parpadeo. Con esa posibilidad latente, ¿no sería más propicio formar alianzas en lugar de hacer enemigos?

Con esas palabras, y sin esperar respuesta, Lúcian se retiró.

Para el príncipe aquella conversación paso de largo y sin importancia por aquel entonces.  Pero en el futuro la recordaría, palabra por palabra, mientras se arrepentía de los caminos que había tomado.


La noche terminó de forma tranquila y la tarde del día siguiente llegó presurosamente. El momento de presentarse en la final del torneo había llegado.

Los colores del atardecer teñían el horizonte cuando Christopher Arcadain se dirigió ante todos los presentes allí en el Valhala.

— Es un placer el presidir nuevamente la final de este prestigioso torneo. Hoy Gargata y Ferth disputaran la final, hacia casi un siglo que esto no ocurría— elevo su voz frente a un marco multitudinario de nobles y plebeyos—. Defendiendo los colores de Ferth, vestido de rojo y negro, el príncipe heredero en los reinos del Norte. El genio de la década, el ‘Santo del Viento’, ‘La Tempestad’, ¡Aions Wintersoul! —La exaltación llenó el ambiente, mientras las graderías clamaban el nombre del príncipe, gigantes banderas con el escudo Ferthiano descendieron desde los palcos más elevados—. Defendiendo los colores de Gargata, vestido de azul y plata, el príncipe heredero de los reinos del Este. ‘El Halcón del Invierno’. ‘El Santo de los Hielos’, ¡William Windsword!

Por primera vez en toda la competición, las graderías de los Gargatienses reflejaban pasión y estaban teñidas de hombres, mujeres y niños, portando ropas de azul y plata, clamando con fuerza el nombre de su príncipe.

Los dos contrincantes surgieron desde las barracas.

El griterío era ensordecedor. Y Aions se sintió diminuto frente a aquel estadio repleto y eufórico. Aunque aquella sensación de pequeñez duro solo un instante; y luego, sonrió lleno de placer, mientras lo inundaban sentimientos de pertenencia.

Los competidores de dieron las manos, se encontraron sus miradas y el mundo exterior desgranó en intrascendencia.

— Las tribunas portan tantas esperanzas — William comenzó a hablar con ironía, mientras resoplaba con fuerza—. Casi me entristece el pensar cómo se sentirán, cuando su príncipe resulte humillado.

Aions se rio tenuemente, y replicó con mordacidad:

— ¡No seas así! Gargata no tiene la culpa de esperanzarse. ¿Cómo habrían de ser tan cínicos y no tenerte algo de fe? Por más que tú derrota sea irremediable.

— ¿Te burlas de mí? — Dijo el Gargatiense con furia brotando de sus ojos.

— Me burlo de ti.

Williams no espero la orden para empezar el combate, en un arrebato de furia trató de golpear a su enemigo con su espada. Aions esquivó el golpe con la elegancia de un cisne, alejándose unos pasos.

Christopher estuvo a punto de reprender al joven de Gargata por haber empezado el duelo antes de tiempo. Pero finalmente decidió hacer caso omiso de aquel detalle y gritó con fuerza:

 — ¡Que comience la final!

A pesar de la orden, los príncipes no iniciaron el duelo, se quedaron estáticos y comenzaron a hablar.

— Tu padre esclavizo a mi reino, mi madre murió a merced de tus soldados… ¿¡Y tú te burlas de mí!? — William gritaba a viva voz.

— Así que Ferth es el culpable de todas tus desgracias…— Aions se rio por lo bajo— ¿Quién te conto eso? ¿Tu padre? — remató finalmente con austeridad

— ¿Eso que importa? — preguntó William hablando entre dientes.

— Siempre me resultó tan curioso como tu padre se casó tan rápido; con una mujer de Odaria justamente. Y que jamás nos inculpó de la muerte de tu madre. — Aions acababa de dar en el clavo. Efectivamente esa conducta siempre había perturbado al príncipe de Gargata.

— Estás insinuando… — William habló con cautela mientras entrecerraba los ojos en señal de desconfianza.

— Insinuó, la verdad que temes aceptar — Aions respondió con dureza — Si salieras de tu palacio, sabrías lo que sucedió. Aunque entiendo que resulta más cómodo creer la mentira. Es sabido que en la ‘Guerra del Grifo’ solo murieron soldados en conflicto abierto, en la Estepa Olvidada. No murieron aldeanos, ni campesinos, y los hombres de Ferth jamás estuvieron cerca del Bastión de las Tormentas.

— No es verdad — William recordó como su padre se opuso a su participación en el torneo, ahora las razones que le había expuesto en aquel momento, le parecían endebles. Él siempre se oponía a que William abandonase el palacio. El príncipe apenas conocía la ciudad— ¿Esperas que crea tus palabras, sin nada que las sostenga?

Aions sonrió; era una mueca aterradora.

— ¡Por todos los dioses, los del Norte y los de Asgard! Que mi voluntad sea la prueba de la verdad tras mis palabras. Y que esta final, sea un juicio por combate.

Tras un breve silencio, William asintió. Un juicio por combate significaba darle la razón al que emergiera como vencedor; puesto que los dioses lo ayudarían en la batalla.

La final dio comienzo y el tronar de las espadas aplacó el griterío de las tribunas.

Los aceros choraron con violencia. El odio en el corazón de William, aquel que lo había conducido por toda su vida, era finalmente liberado sobre la humanidad de Aions.

Pero el príncipe ferthiano se defendía con excelsitud, esquivando con gracia y contraatacando con ferocidad.

La furia de William iba en ascenso, aunque no lograba tocar a su oponente; y por momentos parecía como si estuviese intentando atrapar al viento.

Ocasionalmente, el Gargatiense, recibía golpes certeros, toscos y dolorosos, que recaían sobre él cual rayos liberados en un cielo tormentoso. Sin embargo, no detenía su embestida; sino que la hacía más rápida y más peligrosa a cada instante.

Se desplazaron por toda la arena, mientras la gente se mantenía fascinada.

Presenciaban el choque de dos mundos.

Los arrebatos de violencia de un hombre, contra la elegancia y la compostura de otro.

La vehemencia contra el talento. La pasión contra la perspicacia.

El combate continuó limpio y sin errores, hasta que llegó el quiebre.

El heredero de Gargata lanzó un espadazo irregular, un tanto torcido, hacia el cuello de su rival. Tras bloquearlo fácilmente, Aions creyó estar en una situación inmejorable con su contrincante expuesto a un ataque frontal. Más todo eso era una impresión, un simple engaño.

Cuando el joven Wintersoul se disponía a golpearlo, William dejó caer la espada que sostenía en su mano derecha y mientras se precipitaba con rumbo al suelo, la atrapó en el aire con la mano izquierda. De esta forma, pudo tomar a enemigo desprevenido y lograr lo que venía buscando.

Aions lanzó un alarido de dolor.

Presionó su mano contra su vientre y la vio teñirse de rojo.

El dolor intenso, la desazón penetrante y la absoluta conmoción se apoderaron de su voluntad.

Todos los presentes se levantaron de sus asientos. Lúcian y Arrel se encontraban alarmados.

El rey, sin emitir palabra alguna, salió presuroso de su asiento con el afán se socorrer a su hijo.

— ¡Cómo puede haber pasado esto! — gritó Lúcian al consejo — ¡Apresadle en este mismo instante!

Antes de la llegada de los guardias William intentó dar el golpe final, pero no contó con la aguerrida reacción del joven Wintersoul, quien firmemente se aferró a su espada; aunque lo que en realidad buscaba era aferrarse a su vida, y lo enfrentó sin reparos.

Inmerso en un torbellino de violencia, el príncipe impactó su espada contra la de William incontables veces. Lo hizo retroceder y, en un arrebato de velocidad y vehemencia, le quitó la espada a la fuerza y la lanzó por los aires. La tomó mientras caía y le propinó un corte en su pecho, tal como William había hecho con él.

Pero no se detuvo allí, y su orgullo herido lo impulsó hacia adelante.

Soltó las dos espadas que tenía en sus manos y las hizo a un lado. No pensó en lo que hacía, solo actuó como lo sintió propicio. Asió al príncipe de Gargata por el cuello y comenzó a estrangularlo.

Finalmente, la visión de Aions terminó por nublarse, así que lo liberó y lo golpeó en el rostro con todas sus fuerzas.

Un puñetazo de derecha, y luego uno con la izquierda, para luego rematarlo con un gancho al mentón que dejó a William por el piso tosiendo a causa de la asfixia.

Los guardias entraban a la arena para apresar a William cuando la voz de Aions se escuchó con fiereza.

— ¡No! Esto va a seguir, hay cosas que poner en su lugar—los soldados se quedaron paralizados en el umbral de las barracas—. Esto es un juicio, y los dioses saben que tengo la razón.

Aions era consciente de que la herida en su pecho no era tan profunda, si terminaba pronto el combate, los curanderos de Tears se ocuparían de evitar la infección.

La hemorragia parecía haberse detenido y ahora mismo se sentía invencible.

Como las espadas estaban lejos de ambos, decidieron terminar el conflicto a mano limpia.

Los príncipes se debatían furiosamente a cada golpe, ante los ojos de un estadio confundido y perturbado, sumido en un absoluto silencio.

Arrel arribó a la entrada de la arena y se quedó congelado ante la descabellada escena.

Aions sonreía más y más con cada golpe, podía sentir las dudas que afloraban en el rostro de su contrincante. Por el contrario, William estaba completamente confundido, comenzaba a pensar que todo esto había sido un gran error. ¿Acaso era verdad? ¿Era posible que su padre fuese el culpable de todo?

Solo se escuchaba en el estadio las agitadas respiraciones de los príncipes, ambos al límite de sus fuerzas, con sus pechos manando sangre en pequeñas cantidades, con los huesos rotos y sus rostros magullados.

El príncipe de Gargata tuvo una racha de cinco golpes seguidos, dos en el rostro, dos en las costillas y el quinto nuevamente en el rostro.

Sintió confianza en ese instante; pensó que su victoria estaba cerca y que los dioses le daban la razón. Pero perdió esa confianza, tan rápido como la había adquirido.

Cuando William intentó conectar el sexto golpe, Aions agachó su cabeza y el puño siguió de largo.

El príncipe de Ferth posó su mano izquierda sobre el hombro de William; pues, de no hacerlo corría el riesgo de perder el equilibrio.

Mientras ambos se encontraban al borde del colapso, Aions acomodó el cuerpo tambaleante de su rival, mientras lo golpeaba con su mano derecha, uno y otra vez. El rostro de William se teñía con tonos carmesí, mientras la luz en sus ojos comenzaba a desaparecer.

Finalmente, Aions le propino un gancho al mentón lo lanzó por el aire.

William cayó de lleno al piso y el joven Wintersoul estuvo a punto de desplomarse también, aunque terminó de rodillas.

William liberó la tensión a la que había sometido a sus músculos.

Si hacia un esfuerzo era capaz de ponerse en pie, pero en su mente el combate ya había terminado.

— La verdad está de tu lado, parece ser que moriré como un idiota. — William habló con voz ronca y actitud resignada.

Aions se quedó callado contemplando el suelo y las gotas de sangre que habían caído sobre la arena. William cerró sus ojos esperando escuchar una sentencia de muerte.

Al cabo de unos segundos, el príncipe de Ferth habló con voz cansada, y pronuncio las palabras más inesperadas:

— Desde hoy Gargata es libre— dijo con la miraba fija en la sangre y la arena.

— ¿Por qué habrías de liberar a mi nación? — William quería mostrar un poco más de emoción, pero apenas podía mantenerse consiente.

— Porque, así como yo seré rey, tú también algún día. Y te prefiero como aliado y no como esclavo—el joven Wintersoul hablaba despacio. Su voz era tenue, pero con palabras llenas determinación.

— Podrías matarme ahora mismo.

— No engendrare más odio—la sinceridad resultó notoria—. Hace quinientos años, Gargata y Ferth eran aliados…Tú y yo, volveremos a enmendar lo que antaño estaba unido. El León y el Halcón serán uno de nuevo.

Los guardias entraron en la arena, los jóvenes fueron llevados a la enfermería.  Todos los ferthianos estaban consternados, los más pesimistas derramaban sus lágrimas, todos temían por la vida del príncipe Aions.

Al cabo de un rato Arrel irrumpió en el sanatorio presuroso y sumamente alterado.

Se dirigió a la cama adonde yacía su hijo y tomó sus manos con pulso tembloroso.

— ¡Hijo! ¡Dime por favor, que este rasguño no te quitara de mi lado! —le imploró desesperadamente.

Aions le dirigió una sonrisa socarrona y respondió con una voz gutural:

— No te preocupes padre, me siento más vivo ahora de lo que me sentía antes del combate.

El curandero irrumpió en la conversación, remarcando que por fortuna el corte no era profundo. Ellos se ocuparían de evitar una infección, no existía razón para preocuparse.

El rey resopló aliviado y sin perder un instante posó su mirada sobre William, con un rostro despectivo y las pupilas dilatadas producto de su indignación.

— Esta escoria no debería ser sanado, la cárcel es lo que merece. Tírenlo en el calabozo y dejen que sus heridas se infecten.

— No me resistiré en lo más mínimo al arresto su majestad— respondió William encogiéndose de hombros —. Es evidente que no puedo en este estado.

Su tono sarcástico alimento la furia del rey. Arrel dio la orden a sus súbditos para que encerraran al príncipe de Gargata. Al mismo tiempo, Aions elevo la voz para pedir por la libertad del joven Windsword.

— ¡Padre déjalo en libertad! —apenas terminó esas palabras, su padre lo miró incrédulo con la mandíbula entreabierta—. Si William muere, será difícil evitar una guerra con Gargata. Tú lo dijisteis, se acercan tiempos difíciles, presagios de tiempos oscuros. Es tiempo de unir los reinos —Aions tomó el brazo de su padre, esperando que al hacerlo escuchara sus palabras con mayor atención —. Si realmente crees los presagios de Tears, los demonios se acercan y los humanos debemos estar en paz para cuando lleguen.

Arrel se negó rotundamente a cambiar su sentencia, pero luego Aions le explicó las razones de por las cuales William había intentado matarlo y tras una extensa charla, el rey finalmente asintió a la voluntad de su hijo.

Aquel día y tras diez años de esclavitud, Gargata seria libre nuevamente.

Dado el estado de los dos finalistas, la entrega del trofeo se realizó tres días después en el palacio real. Gente de todas las naciones asistió a la fiesta que Arrel había organizado. Christopher Arcadain le entregó la copa a Aions frente a todos los pueblos del mundo y los festejos no cesaron durante dos días. No solo se festejaba la victoria de Ferth, sino el comienzo de un nuevo mundo, donde el León convocaba a todos los pueblos de Gaia a unirse en el nombre de la paz.

Los barcos partieron nuevamente con rumbo a sus hogares y el imperio de la guerra mandó con ellos ofrendas de paz.

El príncipe Wintersoul estrechó las manos de Zhepher y William justo antes de que partieran, habló por un tiempo con Filio Roberti, quien a pesar de perder la copa en cuartos era un fiero guerrero por quien Aions poseía una gran estima y respeto.

Abbathorn Flint y Galendash Fell se acercaron más tarde para saludar al ‘Santo del Viento’. Hablaron con respeto y admiración y realizaron una reverencia antes de despedirse.

Aions increpó a Galendash, el pequeño de solo dieciséis años había llamado su atención durante el torneo.

— Recuerda…Espero que te unas a las Legión del Viento en unos años. — Le dijo con una sonrisa. Los ojos del niño brillaron repletos de emoción. Aions era su ídolo y había tratado de emularlo al entrar en la copa siendo tan joven.

Finalmente, los barcos se perdieron en la lejanía del horizonte a primera hora de la mañana, aquel caluroso día de primavera. A medida que se alejaban rumbo a sus tierras, Gaia presenciaba el comienzo de una era turbulenta. Donde la luz y la oscuridad serian solo una parte del sin fin de matices que verían aquellos que hoy partían orgullos.

Nota de Autor:

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