Las Cenizas Del Viento Capítulo 6:

Las Cenizas Del Viento Mapa Gaia

Universo de Gaia

El nuevo comandante:

Gaia se encontraba al umbral de una nueva era.

Los presagios provenientes de Tears habían cambiado el rumbo de los vientos. Extendiéndose como un incendio a través de las comarcas los rumores acerca del retorno del Clan de la Luna amenazaban con arrastrar al mundo cuesta abajo.

Tras la finalización del Duelo de Campeones, Aions se había propuesto la misión de unificar a todos los pueblos de Gaia. En otros momentos, las charlas de paz no hubiesen significado más que un vano intento de lograr un ideal iluso e inalcanzable. Sin embargo, ahora el escenario era distinto. Todos temblaban ante el posible regreso de que los enemigos del mundo. Y de esta forma, con un antagonista en común, la unificación de las naciones era una posibilidad mucho más tangible.

Durante los meses que prosiguieron al Duelo de Campeones, comenzó a gestarse ‘La Alianza del Sol’. Una sociedad que deseaba agrupar a todas razas del mundo en vísperas del retorno de los años oscuros; del ciclo de decadencia.  

El príncipe de Ferth pretendía lograr que todos los pueblos firmaran un documento, y presentaran juramentos de honor, que los comprometieran a trabajar en conjunto frente a una posible calamidad.

A estas alturas, Gargata era nuevamente un país libre y por propia voluntad ellos juraron colaborar activamente con Ferth. Le ofrecieron al reino de Arrel todos los conocimientos de avanzada en los que trabajaran los ingenieros del ‘Halcón’. A cambio de esto, los mejores soldados del imperio de la guerra se ofrecieron para capacitar a las tropas de Gargata de allí en adelante.

Esto era una piedra angular del acuerdo: Ferth se beneficiaba con las grandes mentes que surgían del Este, y Gargata con los grandes guerreros que nacían en el Norte. De esta manera, ambos imperios florecerían rápidamente.

El ducado de Mosel también firmó el acuerdo de alianza. No fue sencillo puesto que Aelf Laioslaith, Gran Duque y dueño político de los sagrados reinos del desierto, era un hombre desconfiado y sagaz, al cual le resultó sumamente extraño el cambio de conciencia de la familia Wintersoul. Para convencerlo, se decidió que los arquitectos de Gargata, auxiliados por el apoyo económico de Ferth, levantarían un imponente templo en la ciudad de Mosela en señal de buena voluntad. Dentro de aquel recinto quedarían colocadas las estatuas de aquellos que firmaran el pacto, además de varios salones dedicados a los dioses y héroes de cada nación.

Como compensación las unidades de infiltración de Mosel, junto con los Escorpiones Negros— uno de los ejércitos más vastos de Gaia— estarían a servicio de la alianza desde que momento que existiese un conflicto. Por medio de todas aquellas negociaciones, el mundo comenzaba a prepararse para el peor de los escenarios.

En los últimos meses muchas personas visitaban el palacio. Duques, nobles y señores feudales entraban y salían casi semanalmente.

En medio del ajetreo, arribó al palacio un joven extranjero dispuesto a quedarse durante una estancia más prolongada.  Su nombre era Galendash Fell— el mismo niño que había combatido con Aions durante el Duelo de Campeones—  y llegaba a la capital proveniente de su ciudad natal, Sevalthia, dispuesto a enlistarse en el ejército del rey. 

Sevalthia era uno de los feudos más leales a Ferth, y la familia de Galendash, los Fell, eran banderizos muy antiguos de la familia real. Por esas razones, y por el gran talento que Aions observó en aquel joven durante el torneo, el príncipe le ofreció vivir en el palacio mientras se preparaba para enlistarse.

Durante el tiempo en el que Galendash se había hospedado en Ferth, Aions y Thomas habían entablado una férrea amistad con el joven. Lúcian, por otra parte, se mostraba tan antipático hacia él como hacia cualquier otra persona. Mientras tanto, las charlas de paz y los acuerdos entre las naciones de Gaia marchaban de la mejor manera. Entre cenas y reuniones con los grandes señores, los días pasaron rápido. Hasta que finalmente llego una noche distinta.

Fue un día de otoño. Habían recibido la visita de William, la noche anterior. Thomas y Aions lo acogieron con suma cordialidad y el príncipe de Gargata decidió quedarse en la capital por unos cuantos días. Durante la tarde de aquella noche, Thomas y Galendash realizaron los exámenes para convertirse en legionarios de Ferth.

Ambos obtuvieron grandes resultados; especialmente Thomas quien quedó en primer lugar.

Por cada mil candidatos, los treinta mejores tenían la oportunidad en enlistarse en la Legión del Viento. La unidad de elite de Ferth, los caballeros encargados de proteger al rey y al príncipe personalmente. Galendash había quedado en el sexto puesto. Sin embargo, con solo dieciséis años era demasiado joven para ingresar a la unidad de elite—cuya edad de mínima de alistamiento era dieciocho años—, así que tuvo que conformarse con ser miembro de la tercera legión hasta que alcanzara la edad suficiente para ser trasladado.

Estos nombramientos habían convertido a aquella noche en un motivo de festejo para el grupo de jóvenes.  Cuando murió la tarde, las risas inundaron el salón comedor y a pesar de la noche, la luminosidad era plena dentro del palacio, donde cientos de lámparas alumbraban las mesas dispuestas en fila.

Thomas se sirvió un poco del pollo que había en la mesa. Aions le llenó la copa y lo invitó a brindar. Galendash pidió un poco de vino, y el príncipe no se lo negó a pesar de que no tenía la edad de beber.

Era un festejo bastante íntimo. Solo los mejores amigos de Thomas estaban presentes: Aions, Galendash y William. Aunque junto a ellos estaba también Lúcian, cuya presencia era inevitable, prefería no catalogarlo de amigo.

La reunión dio comienzo y la bebida comenzó a fluir en los cuernos.

Al cabo de una media hora William estaba completamente ebrio y Aions miraba a todos con una sonrisa pintada en el rostro y una actitud sumamente jocosa.

De todos los presentes, Lúcian era el único que se abstenía de beber. No era una actitud particular, propia de aquel día; era más bien una costumbre. El gusto del vino o la cerveza no le agradaba y cualquier cosa que rompiera la inexpresividad de su rostro parecía causarle aversión.

Aions interrumpió la conversación para exigir un nuevo brindis.

— Tengo un anuncio que dar. Un anuncio que amerita otro festejo.

Todos se quedaron expectantes y se hizo un profundo silencio en el salón. El comedor estaba completamente vacío salvo por ellos.

— Hoy no solo se graduaron los nuevos caballeros del imperio. Sino que esta tarde, un antiguo y veterano soldado, abandono su cargo—el rostro del príncipe estaba completamente sonrojado por la bebida—. Estoy hablando del comandante de la Legión del Viento.

— ¿Acaso el cargo de Legionario no es de por vida? —preguntó Galendash extrañado.

— En ciertos casos, los comandantes pueden retirarse. Si sus cuerpos no pueden desempeñar la labor —respondió Lúcian de inmediato —. El Gran Comandante, tiene una ceguera que ha empeorado en los últimos años — agregó finalmente.

— Justamente por eso. Mi padre lo ha relevado de su cargo. Es un hombre honorable y será tratado con respeto hasta el día de su muerte—Aions prosiguió con lo que estaba diciendo. A pesar de que había bebido en cantidad, su habla era clara y concisa. Solo se notaba una ligera torpeza en su lengua—. Como este cargo es de por vida, aquel que elija me acompaña durante todo mi reinado. Así que yo mismo he tomado la decisión— El príncipe miró a Thomas mientras levantaba su cuerno para pedir el brindis —. ¡Felicidades Thomas! Si aceptas el cargo, serás el nuevo comandante de La Legión.

Thomas estaba estupefacto: el ofrecimiento le había llegado de forma completamente inesperada.

Era un título que significaba un honor inconcebible. El joven incluso se preguntó si no sería un nombramiento histórico, pues no recordaba un comandante en ser nombrado con solo dieciocho años.

El joven Vaine se tomó unos segundos para asimilar lo sucedido.

Miró los rostros de sus amigos que esperaban una respuesta de su parte; él sabía que existía una única manera para responder.

Se levantó de su silla y se puso de rodillas haciendo una reverencia

— Mi señor, acepto este gran honor que me es otorgado. Seré el comandante y protegeré a la familia real, hasta que usted disponga lo contrario.

Aions le dijo que se pusiera de pie y brindaron con tal vehemencia, que parte del contenido de los vasos se derramó por los suelos del comedor.

Todos golpearon la mesa repetidas veces en señal de aprobación y levantaron sus cuernos rebosantes de vino y cerveza. Todos salvo Lúcian; quien se mantuvo callado y distante.

Thomas no pasó por alto aquel gesto. Lo recibió como un profundo insulto y se sintió fuertemente ofendido por la falta de interés que mostraba el huérfano real. Lúcian compartía la mesa con él esta noche, y lo menos que podía esperarse de él, era que actuara con cortesía.

— ¿No brindas Lúcian? ¿Acaso mi éxito no te alegra? —le preguntó Thomas a Lúcian mientras tomaba todo el contenido de su vaso con un largo sorbo.

— Brindaré con gusto. El día que hagas algo digno de recibir un brindis—las palabras del huérfano lo golpearon como una bofetada—. Este cargo lo obtienes porque eres amigo del príncipe… ¿Por qué habría de felicitarte?

— ¡Hermano! —se interpuso Aions al instante, su rostro reflejaba un semblante indignado, pero los músculos de sus pómulos estaban relajados por el alcohol—. Thomas fue el mejor en los exámenes y está completamente calificado para el puesto.

— Lo siento hermano, pero no estoy de acuerdo…Para darle este cargo a Thomas, se lo has negado, a por lo menos, diez hombres más capacitados que él —Lúcian habló con un tono límpido y firme como el acero —. No creo que sea prudente darse el lujo de poner a alguien inexperto a comandar la Legión del Viento. Mucho menos si los años oscuros se acercan.

William comenzó a sentir la tensión en el aire y hundió la mirada en su cuerno de cerveza: para el príncipe de Gargata, este conflicto no era asunto suyo.

Galendash por su parte salió en defensa de Thomas, con quien había entablado una gran amistad, y compartido todos sus exámenes.

La discusión continúo por unos minutos y luego se fue desgranando en comentarios más intrascendentes. Finalmente, Lúcian optó por retirarse y la calma volvió al ambiente.

Poco después, Aions también abandonó la mesa, pues tenía una reunión con un embajador de Senaga termprano por la mañana y debía descansar.

La charla continúo solo con la presencia de Thomas, William y Galendash, y se extendió por una hora más. Hasta que el joven de Sevalthia se retiró a sus aposentos y Thomas quedó a solas con el príncipe de Gargata.

— Por fin se fue a dormir— dijo William con una sonrisa.

— ¿No te agrada Galendash? —preguntó Thomas ligeramente molesto.

— Por supuesto que me agrada, es un gran muchacho—respondió sinceramente—. Pero todavía tiene la edad un niño y hoy amerita un festejo de hombres.

El rostro de Thomas se mostró desconfiado y lleno de intriga.

— Thomas, la noche acaba de empezar y los burdeles empiezan a abrir a esta hora. Escuché que aquí en Ferth las mujeres son hermosas. Vamos a festejar tu nuevo cargo como amerita la ocasión.

— No me gustan los burdeles—sentenció Thomas de forma tajante.

— ¿Alguna vez has visto uno? —William indagó con su rostro hundido en el cuerno.

— No.

— ¿Pues como sabes que no te gustan?

— Simplemente lo sé— Thomas comenzaba a responder con un notorio fastidio.

— ¡Bueno, no te enojes!… Una taberna entonces. Vayamos cerca de la plaza. Allí hay buenas tabernas. Y donde hay buenas tabernas, hay buenas mujeres —William hablaba con una amplia sonrisa y una actitud enérgica— ¡Vamos, Vamos! La noche recién comienza.

William y Thomas no tenían una relación de mucha amistad. Pero el joven Vaine se dejó impulsar por la actitud despreocupada del príncipe Gargatiense. Abandonaron el palacio y cruzaron la Gran Puerta —Aquel enorme porton de acero bruñido que separa la ciudad y el palacio del rey—, deambularon por las calles con rumbo a la plaza de los suspiros y entraron a la taberna más iluminada que alcanzaron a ver. Era un lugar bastante limpio y elegante; con paredes de madera decoradas con pieles de animales, espadas y lanzas.

Apenas entraron Thomas reconoció a uno de los hombres que estaba en la barra. Un hombre bastante viejo, de abundantes cabellos canos y una prolija barba blanca que tenía unos pocos centímetros de espesor.

Era difícil confundirse, pues el hombre portaba la armadura de la Legión del Viento, y no había alguien tan anciano en esa unidad a excepción del subcomandante Riudan Klein.

Riudan era un veterano caballero. Reconocido por todos como uno de los mejores soldados en el uno contra uno que habían nacido en los últimos cincuenta años. Un ser humano nacido para el combate y experto en el liderazgo de las tropas y las labores tácticas.

El anciano ya estaba completamente borracho para el momento en que arribaron a la taberna y no paraba de exigir más vino. Su semblante mostraba tristeza, pero sobre todo una profunda indignación y una aguerrida furia.  Thomas sospechaba la razón por la cual el anciano estaba en semejante estado de depresión y decadencia.

Al notar su presencia, hubiese preferido abandonar la taberna. Aunque, antes de que pudiese reaccionar, William ya lo había arrastrado hacia una de las mesas del rincón.

La mesera se acercó a ellos para tomar su orden y Thomas se olvidó por completo de Riudan.

Para su sorpresa, la chica que atendía las mesas en aquella taberna era Milena, la hermosa hija del tendero, aquella mujer de la cual había estado enamorado por años.

Su lengua lo traicionó mientras intentaba formar alguna oración. La chica quiso disimularlo, pero su nerviosismo le causó cierta gracia. William lo salvó del ridículo pidiendo dos cervezas apenas notó el rostro de su acompañante.

La chica se retiró y William esperó un tiempo prudencial antes de preguntar.

— ¿La conoces?

— No tanto como quisiera— Thomas respondió con una expresión resignada

— Se nota que te gusta— William escrutó a través del bar y examinó el cuerpo de Milena con cuidado; era efectivamente una mujer muy bella.

Una mueca triste afloró en el rostro del nuevo comandante.

— Invítala a salir — continúo William con naturalidad.

— Es demasiado bella — La excusa que eligió Thomas no tenía el menor cimiento.

— ¿Y a quién le importa eso? — respondió su acompañante indignado —. Esa chica es de sangre común, ¿verdad?

— Sí, es hija de un tendero.

— Entonces si ella no acepta tus halagos, seguro esta desquiciada. Tú eres el puto jefe de la Legión del Viento. ¿Tienes idea de la cantidad de mujeres que estarán contigo ahora que eres el comandante?

Thomas suspiró resignado, no sentía correcto hacer gala de ese título. En el fondo él no sentía ningún cambio.

— Odio darle la razón al huérfano…Pero yo no me gané esa distinción.

— Tú piensas que yo iría a una mujer y le diría: Hola, soy el príncipe de Gargata. Por desgracia nunca me gané ese título, y lo tengo únicamente por derecho de nacimiento. — William interpretó una escena con tono burlón— ¡Por supuesto que no! Le diría, soy el príncipe de Gargata, y compartirás la cama conmigo esta noche. Soy el hombre más importante que conocerás en tu vida.

Thomas no pudo más que reír ante la desfachatada interpretación. William era un príncipe tan diferente a Aions. Mucho más terrenal, más mundano y soez, con una visión mucho más cruda de la realidad.

De pronto, escucharon el sonido de unos cristales que se estrellaban contra el suelo y voltearon raudamente con dirección a la barra. Allí, dos jarras de cerveza yacían en el suelo. Milena y Riudan estaban enfrentados y el caballero portaba un semblante furioso.

— ¡Manchaste mi armadura! —gritó furioso el anciano.

— Perdone señor, es que usted se levantó de pronto y yo…— la joven intentaba formular un pretexto, pero estaba completamente confundía y asustada.

— ¡Quien puso a esta mujer imbécil a atender las mesas! ¡Esta ciudad es una mierda, con sus reyes y sus príncipes y sus mujeres imbéciles! ¡Es todo una verdadera mierda! — el anciano hablaba desbocado, toda la furia que venía ahogando en cerveza, ahora brotaba a borbotones en las proximidades de la barra.

— ¡Riudan! —gritó Thomas sin pensarlo. Su cuerpo entró en acción involuntariamente. En parte para defender a Milena, y en parte porque sabía que él era el culpable de la ira de ese hombre.

El veterano subcomandante detuvo su arrebato de violencia y se quedó mirando a Thomas con el rostro petrificado. Finalmente sonrió; pero no de alegría. Era una sonrisa burlona, llena de un profundo desdén.

— ¡Miren quien está aquí! ¡El honorable Lord Comandante! —elevó su voz mientras extendía sus brazos y miraba a todos los presentes en la taberna. El subcomandante estaba completamente borracho. Apenas podía mantenerse en pie, y en su mente desinhibida solo afloraba la rabia—. ¿O debería decir… el niño comandante? —escupió el suelo de la taberna.

Thomas se sentía responsable.  Riudan había sido por décadas el subcomandante de la Legión del Viento; un soldado celebre y honorable que había estado a las órdenes del rey en muchas batallas. Era de esperarse que, una vez que se retirase el comandante, el puesto terminara en sus manos.

Lúcian lo había insinuado durante el brindis. No era correcto negarle el puesto a aquel veterano combatiente y dárselo a alguien como Thomas, un joven que jamás había liderado un ejército.

Resultaba comprensible que el hombre se sintiera poco alegre por la noticia. También era de esperarse que buscara una taberna para embriagar las penas. Pero ahora Thomas se veía forzado a confrontarlo ya que se había tornado agresivo hacia la gente de la ciudad.

“Esta ciudad es una mierda, con sus reyes y sus príncipes y sus mujeres imbéciles. Es todo una verdadera mierda”

Esas palabras no podían ser proferidas a la ligera, pensó Thomas; eran un insulto muy grande para ser pronunciadas por un hombre honorable.

— Riudan. Ve a dormir. Hablaremos mañana, cuando estés sobrio—Thomas aumentó el grosor se su voz, para disimular su edad y para imponer respeto.

— Sabes…—agregó el otro con ironía— Esperé toda la tarde para escuchar la primera orden de mi nuevo comandante.

— Entonces trata de recordar, que le estás hablando a un superior—la mirada y la voz de Thomas se tornaron frías como los glaciares de Asgard.

El anciano dio unos pasos hacia Thomas. El joven sintió miedo, pero hizo un esfuerzo por mantener la postura y no ceder en ningún momento.

— Estoy jodidamente borracho…Pero, aun así, podría cortarte al medio con un solo movimiento.

— Subcomandante. Yo puedo entender su situación, y puedo ser paciente y piadoso con usted—los ojos de Thomas brillaron con un ardor que ni él sabía que tenía—. Pero desenvaine esa espada en mi contra y mañana su cabeza estará colgada en las almenas.

La expresión de violencia reprimida que mostraba Riudan se fue disolviendo y los músculos de su cara perdieron tensión.

— Lo siento, mi señor. He bebido demasiado— la primera parte de su disculpa fue correcta, aunque luego agregó un comentario más rastrero—. Cuando uno obtiene experiencia en la vida, se olvida de algunos modales.

— Hablaremos mañana. Subcomandante Klein—lo despidió el comandante de forma distante, mientras el anciano se retiraba tambaleante de la taberna.

Todos los presentes aplaudieron la disciplina que había impuesto Thomas. William se acercó y le envolvió el cuello con su brazo.

— No te ganaste el título. Pero seguro que serás un excelente comandante— le dijo con una genuina alegría.

— Eso espero. No va a ser fácil convencer a Riudan de que soy digno para el puesto.

— Olvídate de él— bufó —. Es solo un viejo amargado.

El Gargatiense parecía no abandonar nunca su postura despreocupada.

Milena se acercó a ambos e increpó al joven Vaine.

— Muchas gracias, mi señor. Por un momento tuve miedo de que aquel hombre fuera a golpearme.

Thomas se sintió completamente exaltado al escuchar las palabras de la bella doncella.

— ¿Cuándo termina tu turno? — preguntó William antes de que su amigo fuese capaz de responder.

— Me faltan unos minutos— respondió la chica, sorprendida por la pregunta.

— Thomas—le dijo William mientras lo miraba a los ojos —. ¿Porque no acompañas a esta chica a su casa? Debe de estar asustada por lo que paso y las calles son peligrosas de noche.

El comandante se quedó en silencio sumido en su nerviosismo, toda la situación lo tomaba por sorpresa y el coraje que había mostrado antes, se desvaneció con cada segundo.

La chica sonrió ante la reacción de Thomas.

— Si fuera tan amable, mi señor, me sentiría mucho más tranquila si usted me escoltara— le dijo con una tierna sonrisa.

Con ese simple comentario, William había ayudado a su amigo a entablar una relación con la mujer que admiraba desde lejos.

También, en aquel momento, el príncipe de Gargata fue el autor de una observación sumamente correcta. “Serás un excelente comandante”, le había dicho a Thomas.

Efectivamente Thomas cumplía con varias de las condiciones para ser buen comandante, y hubiese llegado ejercer ese título con eficiencia, si la vida le hubiese entregado otro escenario.

Si las circunstancias hubieran sido otras. Thomas habría impartido orden e inspirado lealtad a sus soldados. Sin embargo, nada de eso se cumplió, porque esa noche Thomas abandonó la taberna acompañado de Milena.

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