Las Cenizas Del Viento Capítulo 7:

Las Cenizas Del Viento Mapa Gaia

Universo de Gaia

El monarca del fuego:

Los visitantes ingresaban en el palacio como un rio de fuego, plata y acero bruñido, más de doscientos dragontianos, todos sin casco y con sus largas cabelleras rojizas al viento. Ondeando más de una docena de estandartes, en los que se veía el dragón negro Tharos, el dios de los semidragones.

A la cabeza, el gran monarca de las llamas, junto a sus cuatro discípulos, era acompañado por la elite de su raza.

En esta ocasión, Zhepher arribaba nuevamente a Ferth, preso de una profunda desconfianza y un anhelo de sosiego; ansioso por constatar la veracidad tras los velos de la pacificación que el imperio de la guerra les mostraba a las demás naciones.

Él tenía un lugar de privilegio entre la comitiva de dragontianos presidida por Srednid Vhastar; amo y señor de las montañas ardientes y los montes de Thorv.

En el salón, el olor de la carne asada y el pan recién hecho se percibía en el aire. El recibidor estaba lleno con el humo de las brasas. Para el deleite de la comparsa, un trovador tocaba el arpa ahogando el sonido crepitante de las llamas. La balada que cantaba se percibió con claridad durante las primeras horas y luego se perdió por completo cuando comenzó a escucharse el estrepito de los platos y las copas.

Cuando el momento fue propicio, abrieron las puertas del comedor. Allí los estandartes cubrían los muros de piedra blanca. Rojo, blanco y negro: el León de los Wintersoul. Rojo, negro y dorado: La figura de Tharos, el dragón negro de Thorv.

Apenas ingresó la comitiva, el rey Arrel se acercó para saludarlos y Zhepher lo inspeccionó con detenimiento. Su aspecto no era lo que esperaba: tenía algunas similitudes físicas con Aions, aunque parecían languidecer producto de la diferencia de edad. Lo que más le llamó la atención fue el miedo oculto tras sus ojos.

Srednid estrechó su mano, pero no emitió palabra alguna.

El monarca de los dragontianos era una criatura digna de respeto.  Su mirada austera, su actitud solemne y su conducta intransigente eran cualidades fundamentales para un líder en la tierra de los volcanes. Pero destacándolo por sobre todas esas virtudes, Srednid era un soberano con visión. Un líder con horizontes amplios y una sabiduría que opacaba cualquier ignorancia.

Cuando se habían internado plenamente en el salón, Aions se acercó para saludar a Zhepher.

— ¿Has dejado el rencor entre los volcanes, Zhepher? —preguntó con actitud bromista.

— Eso dependerá del resultado de esta noche —Zhepher se mostraba mucho más severo.

— Digas lo que digas, sé que, con el tiempo, tú y yo seremos amigos.

Zhepher no respondió. Esta noche era un asunto diplomático y no pensaba entablar ninguna amistad. Sin embargo, la idea no le causaba tanta aversión como si lo hacía unos meses atrás.

—Estuviste muy cerca de morir en la final del torneo— Zhepher cambió el rumbo de la conversación apropósito.

— En realidad mi vida nunca estuvo en riesgo, el corte no era tan profundo.

— Pero podría haberlo sido.

— Si— respondió Aions con mayor seriedad.

— ¿Cómo es posible que William haya ingresado con una espada afilada?

— Él me dijo que cuando el ayudante le entregó su espada. Alguien ya la había intercambiado.

William también le había contado a Aions todo lo relativo a aquel hombre enmascarado que había hablado con él en la taberna. Desde ese momento, el príncipe se manejaba con mucha cautel; incluso dentro del palacio.

— ¿Quiere decir que alguien dentro de los organizadores fue el que planeó el atentado?

— Es muy posible…

— ¿Cómo piensas descubrir al culpable? —Zhepher no paraba de indagar acerca del asunto.

— Le indiqué a Thomas, el comandante de mi guardia personal, que se ocupe de ese asunto.

— ¿Y tú confías en él? —Zhepher arqueó ligeramente las cejas.

— Con mi vida — Aions se molestó un poco por la pregunta y respondió de forma tajante.

— ¿Dónde está ahora entonces?

El príncipe se quedó callado y su rostro mostró un ligero fastidio. Thomas no estaba allí en el palacio, aun cuando le correspondía presentarse durante el banquete. Otra vez estaba ausente, como venía sucediendo en las últimas semanas. Le había preguntado a Galendash acerca de sus reiteradas faltas y él le dijo que Thomas pasaba muchas horas con una mujer llamada Milena.

Últimamente no se presentaba a organizar a sus legionarios y las quejas de los soldados comenzaban a llegar a los oídos del príncipe. Tendría que hablar con su amigo personalmente en los próximos días. Aunque prefirió no discutir esas cuestiones con Zhepher.

— Se encuentra un poco enfermo. Está descansando — dijo la primer mentira que se cruzó por su mente.

Zhepher pareció notar que no decía la verdad. Una sonrisa oculta se dibujó en su rostro aparentemente humano.

El banquete comenzó y Srednid Vhastar se sentó junto a sus discípulos. El más próximo a él era Zhepher, quien sintió un gran orgullo de quedar a la diestra de su mentor. En la cabeza de la mesa estaban Aions y Arrel. En la esquina derecha se sentaban Edam Vaine, la mano del rey, Lúcian, Christopher Arcadain y el lugar vacío de Thomas había sido ocupado por el subcomandante Riudan Klein.

Las charlas acerca del pacto fueron breves. Arrel simplemente lanzó la idea y la dejó instalarse en la consideración de Srednid. No buscó una respuesta inmediata, pero aclaró que la esperaba cerca del final de la noche.

El banquete prosiguió por horas, y luego de un rato, Aions se acercó al monarca de las llamas.

— Espero que no le moleste si pregunto — le dijo con cautela — ¿Porque su apariencia difiere tanto respecto a los demás dragontianos?

Era algo notorio…La apariencia de Srednid era distinta a todos los demás de su especie: poseía muchos más rasgos típicos de un reptil. Todo su cuerpo era escamoso. Su cabello no era rojo si no que tenía el color de la ceniza. Su voz era sepulcral y por momentos lo aquejaba la toz y de su boca brotaban pequeñas llamas o puñados de polvo.

— Por la vejez —fue la respuesta del Srednid.

Aions lo observó buscando una respuesta más compleja.

— Los dragontianos viven por mucho tiempo, Aions — dijo Zhepher —. Un poco más de quinientos años. Y al igual que ustedes los humanos, los dragontianos cambian su apariencia con el tiempo.

— Pero su salud no se deteriora con el paso de los años — Aions hizo una observación acertada, Srednid se mostró ligeramente sorprendido por su agudeza mental — ¿Cuántos años tiene usted, gran señor de las montañas ardientes?

— Aions — interrumpió Zhepher —. Mi maestro no es muy conversador, no lo molestes con tus preguntas.

Srednid miró a su súbdito de soslayo, tosió un poco y luego miró fijo al joven Wintersoul. Observó mucho más que su rostro; echó un vistazo en la profundidad de su alma y encontró talentos y demonios que seguramente ni Aions conocía.

El balance de los defectos y virtudes lo dejó complacido así que respondió.

— Tengo más de quinientos años. No me queda mucho tiempo en esta tierra.

Aions cambió el semblante de su rostro. Era una criatura sumamente antigua, pero la fortaleza de su apariencia no reflejaba ninguno de los signos típicos de la vejez.

— ¿Cuántos años tienes tu Zhepher?

— Veinticinco

— Eres mayor que yo…— Meditó unos momentos y miró a todos los demás dragontianos en el palacio.

Todos tenían un aspecto…relativamente humano

— ¿Acaso todos los que vinieron hoy tienen la misma edad de Zhepher? — le preguntó al gran Srednid Vhastar

— Efectivamente, son todos de la misma camada. Las camadas nuevas nacen, únicamente cuando las viejas están cerca de la muerte.

Aions sonrió con picardía. Tenía cientos de preguntas que hacer; quería saber todo lo referente a los dragontianos. Le resultaba una raza sumamente admirable y, a medida que la conversación avanzaba, sentía mayores deseos de que formaran parte de la ‘Alianza del Sol’

— Joven príncipe —dijo Srednid con imponencia—. Deseo descansar. ¿Podrías facilitarnos a mí y a mis súbditos un lugar aquí en el palacio?

— Por supuesto. Las preparaciones ya se llevaron a cabo —respondió Aions mientras se levantaba de la mesa—. Pueden tomar las habitaciones en el tercer piso. Solo suban por esa escalera—dijo señalando una enorme escalinata de mármol.

— Dile a tu padre, que Thorv formara parte de vuestra alianza— agregó Srednid lleno de resolución. Aions le estrechó la mano, y luego las de sus discípulos.

Tras ese cordial gesto, se retiraron. Srednid y Zhepher fueron a la cabeza de la comitiva mientras subían por las escaleras.

— Maestro, ¿que lo hizo decidirse? —preguntó Zhepher a su mentor.

— Los ojos de ese joven—esa fue la respuesta. Se tomó un tiempo de silencio y decidió explicar un poco más—. En su alma existen muchos demonios, miedos y mentiras se ocultan detrás de su fachada temeraria. Pero también hay mucho, muchísimo talento en su interior—realizó una pausa mientras caminaban—. Me recuerda a ti.

— Pero no deja de ser un simple humano.

— No importan los prejuicios de nuestra raza; ni lo que digan los otros dragonitianos, no menosprecies nunca a los humanos, Zhepher — replicó Srednid con severidad— ¿Acaso nunca te lo conté? Cuando yo era joven como tú, conocí a un humano que fue mi mejor amigo y un aliado invaluable durante la guerra.

— No maestro — Zhepher estaba seguro de que nunca había escuchado esa historia.

— Pues así fue — sentenció Srednid inflando el pecho — Y tal vez él era un simple humano, pero eso no le impidió salvar al mundo del Clan de la Luna.

— Maestro, Cuando me habla de la guerra. Usted se refiere…— Zhepher no llegó a terminar su oración porque su maestro respondió en forma tajante.

— A la última vez que el Clan de la Luna apareció en Gaia, hace quinientos años. A los tiempos oscuros que ahora amenazan con regresar— Su voz se llenó de tristeza, sus ojos se nublaron con recuerdos oscuros y dolorosos—. Los presagios no hablan en vano, el ciclo de decadencia volverá a esta tierra.

Zhepher nunca lo había pensado, pero su maestro tenía más de quinientos años. Eso significaba que había vivido la última llegada del Clan de la Luna. Para alguien como el monarca del fuego, los presagios de Tears eran algo más que simples cuentos; eran una realidad que en algún momento Srednid había experimentado.

Las dudas en la mente de Zhepher se disiparon en aquel momento.

Su mentor contaba con mucha más sabiduría y experiencia. Si era la decisión de su maestro el creer en los hombres, él haría lo mismo. Y si en algún momento Srednid fue amigo de un humano, no había razón para que Zhepher no pudiese ser amigo de Aions.

El joven dragontiano caminó los últimos metros del pasillo con una idea clara en su conciencia: el gran monarca de Thorv nunca se equivocaba —y su juicio era intachable—, si él decía que los presagios no hablaban en vano, habría que prepararse para los peligros que amenazaban al mundo.

Nota de Autor:

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