Las Cenizas Del Viento Capítulo 8:


Las Cenizas Del Viento Mapa Gaia

La caída del muro:

«Todos vivimos en telarañas de mentiras».

Mientras observaba las graderías repletas de hombres y mujeres, la mente de William forjó aquella frase en su subconsciente.

Luego de que se los tratados de paz se firmaran y dieran lugar a la Alianza del sol, el tiempo había corrido rápidamente y un año había transcurrido en completa calma y utopía. 

En su corazón, ya no quedaba resentimiento contra el imperio de la guerra. Por el contrario, estaba agradecido con Aions por haberlo despertado de su iluso letargo.

Gracias a él, sabía que su madre no había muerto por culpa de los ferthianos. Y que el culpable de aquella atrocidad era su propio padre, quien deseaba quitarla del medio para poder desposar a su amante lady Firebane. Y para lograrlo, envió mercenarios al Bastión del Relámpago.

Con el correr del tiempo, William creía haber madurado.

Tras llenar su existencia de rencor durante años, y depositar su odio en personas equivocadas, ahora comprendida que todos los individuos transitan la vida en una red de mentiras.

Algunas que son formuladas para ayudar a aquellos que amamos, otras para intentar engañarnos a nosotros mismos, y proteger a nuestra mente del dolor y la responsabilidad.

Ahora, el jolgorio del Duelo de Campeones resurgía de nuevo para el deleite de todas las naciones.

William se sintió diminuto. El peso de su epifanía parecía recaer sobre sus hombros.

Se encontraba en el mismo lugar en el que estaba el año anterior. En la final del torneo, esperando enfrentar a Aions nuevamente.

En aquella edición del torneo, Zhepher se resignó nuevamente en semifinales. En esta ocasión perdió con William, en un  combate difícil y parejo, al punto que se decidió más por la suerte que por el talento. Aions, por su parte, había superado a Filio Roberti en la otra rama del torneo.

Por momentos, el joven Wintersoul tuvo complicaciones. Los movimientos colosales y la incontenible fuerza del ‘Gigante Oriental’ no debían ser tomados a la ligera. Aunque Filio tenía en general una mente dispersa, si se mantenía centrado, era un rival imponente.

Lúcian no fue capaz de participar aquel año, pues la guerra civil en Leveron había cesado y la nación retornó a la competencia. Además, se encontraba un tanto enfermo en los últimos días y, por esa razón, no se encontraba en el palco real.

Una vez más los príncipes caminaron el uno hacía el otro a través de la arena. Se vieron a los ojos y William disfrutó al saber que ya no había rencores entre los dos.

Ambos estrecharon sus manos y cruzaron algunas palabras.

— Ten cuidado, tanta es mi voluntad de vencerte hoy, que no puedo prometer que no mueras en este estadio — dijo William con un rostro serio mientras rozaba el borde de su espada con los dedos.

— Lo mismo te digo. Entorpece tu espada solo un segundo, y será fatal. — Aions respondió con osadía mientras se ponía en guardia.

Arrel miraba relajado desde el palco real, a su diestra se sentaba Asfharas Windsword, el padre de William, a su izquierda Srednid Vhastar y a la izquierda de este, Aelf Laioslaith, el Gran Duque de Mosel.

El duelo se puso en marcha. Como en el año anterior, el Halcón y el León se enfrentaron para el deleite de los presentes.

La guardia de Aions era impecable. William no podía tocarlo, pero el príncipe de Ferth tampoco llegaba a conectar ningún golpe. El combate resultaba elegante: las espadas se desplazaban ligueras y los movimientos eran sublimes.

Apenas existió una pausa, William notó como Arrel se retiraba presuroso de los palcos junto con el cónsul, Christopher Arcadain.

En aquel momento no significó nada para él, y Aions ni siquiera llegó a notarlo.

Forcejearon inútilmente por diez minutos donde ninguno llegó a tocar al otro. En sus rostros brillaban plateadas como perlas las gotas de sudor. Ambos estaban al límite de la concentración y exigían sus cuerpos hasta los confines de la voluntad.

Nadie lo notaba, pero ellos estaban felices en su juego. Marcaban el ritmo de su propio mundo con cada cruz de espadas que sostenían.

La rivalidad por momentos se diluía, aunque nunca terminaba por desvanecerse, para dar para a una diversión infantil. Estaban ampliamente satisfechos de la paridad de sus fuerzas; orgullosos del juego que tenían entre ellos y que nadie por fuera llegaba a comprender.

Por momentos se sonreían, cada vez que las espadas parecían llegar a impactar al otro.

Fue entonces cuando todo el mundo cambió en un instante…

Aquella tarde en el Palacio Valhala se escuchó un sonido estridente, un sonido que nadie olvidaría jamás y que alteraría el curso de los tiempos.

Piedras caían al suelo…Se desgarraban los cimientos que por siglos se habían mantenido.

El emblema y el orgullo de todo un pueblo, se derrumbaba en un rincón de la ciudad. 

Desde lejos, llegaba al estadio el violento estallido del pavimento, que se desperdigaba a merced de fuerzas que nadie llegaría a comprender.

Aquel estruendo que escuchaban todos los presentes con rostros contemplativos, de duda y preocupación.  Eran los mismísimos muros de Ferth, la única jaula digna de contener a un león.  Aquella imponente pared que se mantenían desde hacía quinientos años, y que ni la Guerra Santa fue capaz de derribar.

Un guardia entró corriendo al estadio. Estaba exhausto y completamente agitado, pues venía desde el puesto de vigilancia del Sur. Cayó rendido apenas entró a la zona de las gradas y gritó con todas sus fuerzas.

— ¡El infierno nos ataca! — exclamo desesperado, casi al borde de la locura—. ¡Los muros están cediendo! — sus gritos eran un balbuceo frenético—. ¡Demonios golpean la puerta! ¡Es el Clan de la Luna!

Inmediatamente, el estadio se sumió en el pánico y las revueltas comenzaron mientras todos intentaron huir sin rumbo fijo. El griterío era ensordecedor y el miedo volvió más espeso que el aire.

— ¡Pueblo de Ferth, mantengan la calma! ¡Los civiles serán protegidos por las legiones imperiales! —gritó Aions con todas sus fuerzas para que todo el mundo lo oyera.

El caos en las graderías de Ferth se detuvo casi al instante. Los demás pueblos, Gargata, Thorv y Senaga, entre otros, continuaron debatiéndose por llegar al puerto y zarpar en los barcos con los que habían arribado.

Riudan Klein, el subcomandante de la Legión del Viento, entró en la arena para encontrarse con el príncipe. Rápidamente, Aions le impartió las órdenes que debían acatar todos los soldados.

— Desde la primera a la cuarta legión de infantería escoltara a los civiles hasta las catacumbas, allí estarán a salvo—el príncipe contempló a la gente en las graderías— Las familias nobles y las casas honorables serán evacuadas en los barcos hacia la isla de Bell. Si no reciben noticias de la capital en dos días, los llevaran a Mosel o a Gargata, hasta nuevas órdenes—Aions hablaba con la fuerza y el vigor de un líder de los hombres. Sus palabras eran incuestionables—. Desde la cuarta a la decimotercera legión se dispondrán ahora mismo, en la puerta principal de la ciudad y sus alrededores —

— ¡Si señor! — Riudan asintió de forma enérgica.

— ¡Riudan! — gritó Aions antes de que se alejase — ¿¡Donde mierda está el comandante Vaine!? ¿¡Porque no es Thomas quien lidera a la Legión del Viento!? — 

— No pudimos encontrarlo señor — el veterano soldado respondió de inmediato y con total sinceridad—. No podemos darnos el lujo de esperarlo. Por eso acudí ante usted personalmente. 

— Hizo muy bien, subcomandante — Aions sentía un profundo fastidio hacia Thomas en aquel momento. Sospechaba la razón por la cual no había asumido el mando con eficiencia. La misma por la cual llegaba tarde a cualquier reunión relevante en los últimos meses.

Aions se volteó y miró a William a los ojos.

— ¿Pelearás a mi lado? — le preguntó arqueando las cejas.

—  Como si tuviese alternativas.

— Las tienes… Puedes esconderte, o subirte a un barco y zarpar rumbo a Gargata.

— Las tendría, si en mi próxima vida fuese yo un cobarde. Pero en esta no tengo opción.

Sin perder más tiempo, ambos se dirigieron presurosos con dirección a la ‘Puerta Negra’, la entrada principal del reino. A medida que corrían por las calles de la ciudad, William sintió como el ambiente lo absorbía. Todos corrían de un lado a otro preparando las defensas de la ciudad.

En los ojos de cada uno de ellos, dormía el pavor. La desesperación de saber que, en pocos minutos, tendrían que plantar la cara ante lo desconocido.

Arribaron a la puerta donde los esperaban nueve de las legiones imperiales. Cerca de veinticinco mil soldados, dispuestos en filas y columnas, extendiéndose por todo el terreno de la calle principal.

Desde allí la realidad era inconcebible. Una estrecha grieta se divisaba en el muro impenetrable. Los demonios detrás de la muralla, todavía permanecían ocultos. La puerta retumbaba con violencia ante cada golpe que recibía. Los arietes enemigos impactaban sin descanso y, en cada golpe el coraje de los soldados comenzaba a mermar. Sus corazones se llenaban de dudas, y solo quedaba en sus mentes el sonido del acero siendo azotado. El de los cimientos eternos cayendo hacia la tierra.

No importaba que criaturas rondaran en el otro lado; si habían rasguñado el muro de Ferth, debían de ser dioses, criaturas que escapaban a la comprensión humana.

Un golpe seco y despiadado impactó de lleno sobre la puerta.

Ante tal suceso, los legionarios retrocedieron lentamente. El temor se hizo pleno en sus rostros, y algunos llegaron a mirar a sus espaldas, buscando escapar a la realidad que se avecinaba.

William comenzaba a perder su valentía.

Frente a él se encontraba el ejército más fiero del mundo; los solados del León. Más no había en ellos, la valentía y el arrojo que profesaba la historia. No había frente a William nada que no alcanzará a ver la vista: únicamente miedo y angustia.

El príncipe de Gargata se acercó a Aions. Le dijo aquello que pensaba sin ninguna contemplación.

— Tus hombres…— tomó una breve pausa, mientras miraba los rostros de los legionarios que estaban cerca de él —. Están aterrorizados.

El príncipe ferthiano asintió, dio un fuerte suspiro y unos pasos al frente. Se dio la vuelta y miró a sus soldados a los ojos.

La noche estaba por arribar, en el horizonte el sol se escondía tras las montañas, mientras regaba los prados con las últimas luces del día.

La puerta fue azotada nuevamente, y otra vez, todos los soldados se alejaron de ella.

El rostro de Aions reflejó un arrebato de furia. Gritó entonces, con voz clara e imponente.

— ¡No se atrevan a ceder! Llevan el escudo de su pueblo. Son la elite de Ferth, el León de Gaia.  Y si los dioses quieren guerra nos mantendremos a través de ella, si quieren destrucción nosotros se la brindamos, y si los dioses quieren que nuestro imperio caiga, nos enfrentaremos a la voluntad divina. ¡Y nuestro acero vivirá por siempre! — Aions recitó las palabras del reino. Algunos soldados recuperaron la compostura al oírlas, recordaron que Ferth se había mantenido a través de los tiempos, de tiempos por momentos oscuros y sin esperanza.

El príncipe no tardó en darse cuenta que las palabras del reino no alcanzaban. Tenía que transmitirles sus propias sensaciones.

— ¡Hijos del León! —continuó entonces —. El muro cederá…Esta puerta ha de caer, y la esperanza quizás se vea debilitada. Pero antes de que eso pase, miren al horizonte. Miren el majestuoso atardecer, hermoso y puro como todos los días en estas tierras, sagrado y perfecto como los vientos y los prados ¡Como todo Ferth! —realizó una pausa tragó saliva y habló con toda la voluntad de su corazón—. No peleen por mí…Tampoco por el rey. No peleen por el honor. No peleen por las leyendas, ni por el orgullo y las riquezas, porque no obtendrán nada. Peleen por los prados porque son de ustedes. Peleen por la ciudad, por sus esposas y sus hijos, protejan con su alma aquello que forjaron con el esfuerzo de cada día—Aions miraba a todos sus soldados como si fueran sus hermanos, porque así lo sentía. Porque les estaba hablando desde lo más profundo de su corazón, intentando mitigar el terror que sentían—.  Esta puerta ha resistido cientos de invasores…Invasores que soñaban con incendiar nuestras vidas, con destruir nuestros hogares, con violar a nuestras mujeres. Todos ellos están muertos, porque fueron inconscientes… ¡Porque son imbéciles, aquellos envisten las puertas de nuestro reino! ¡Los que envisten la jaula en la que duerme el León! —los soldados comenzaron a asentir con decisión, levantaron sus espadas y un grito al aire, mientras sus rostros se llenaron de vigor.  El príncipe agregó poseído por la exaltación del momento—. Este atardecer no es lo último que nos queda. Pues yo les prometo que este no es nuestro último día. Les digo esto y les pido que crean en mí. La gloria de nuestro reino no son simples cuentos, los años plenos todavía han de perdurar ¡Nuestro sueño aún no se acaba y no es tiempo de despertar!

Los soldados gritaron con euforia — ¡La Tempestad! — al tiempo que golpeaban el piso con sus lanzas, o el pecho de sus armaduras con los guanteletes.

William quedó sorprendido por el liderazgo de Aions. En un instante, había cambiado el miedo por el valor. Miles de hombres desahuciados ahora tenían un fuego interno ardiendo en sus miradas.

Aions desenvainó su espada. Al mismo instante, la puerta de acero terminó por derrumbarse.

Los ruidos de cascos equinos contra las piedras, resonaban detrás del polvo y el suelo destrozado. Surgieron desde la bruma, incontables jinetes de armadura negra. Montados en caballos demacrados, portando enormes espadas de hierro oxidado. Todos con el mismo aspecto, el aspecto de las pesadillas.

Avanzaron raudamente decididos a chocar contra las legiones de Ferth.

Aions sostuvo su espada frente a su rostro. La horda se avecinaba sobre él. Se habló a sí mismo en voz baja, como un murmullo para su propia conciencia.

— Y si los dioses quieren que nuestro imperio caiga, mi espada los pondrá de rodillas.

Apenas terminaba la oración, acertó un sablazo de lleno sobre uno de los caballeros que intentó pasar a su lado.  El golpe fue tan violento que despojó al jinete de su montura. Sin dejarle respiro, lo empaló con su espada, por el camino que le permitieron las grietas en la armadura, justo donde debería estar el corazón.

No brotó de su cuerpo sangre alguna. En su lugar surgió una estela de oscuridad, tan profunda como la noche a cielo nublado. Que manó de su pecho y se evaporó rápidamente, perdiéndose en el aire. Dejando atrás únicamente los restos de armadura negra.

William presenció todo el suceso, al igual que los legionarios a sus espaldas. Sintió un arrebato de valentía, y se lanzó de lleno al combate.

Con cada blandir de su espada, se extinguía una existencia maligna. Cuando ya estaba inmerso en el caos, se lo escuchó gritar.

— ¡No son hombres, pero tampoco son dioses! ¡Enviémoslos de regreso al infierno!

Exclamó con furia mientras prolongaba su marcha combativa, derribando enemigos sin piedad. Las legiones a sus espaldas resistían las constantes oleadas de los jinetes, con la misma compostura que las rocas resisten los arrebatos de un océano tormentoso.

En medio del tumulto, William notó que los enemigos lo rodeaban.

Su mente estaba en blanco y su corazón latía desbocado. Como campanas dentro de su conciencia más profunda, escuchaba el sonido de las espadas contra los escudos, el relinche de los caballos al morir, la madera de las lanzas quebradas; el alarido de los hombres que perdían la vida a sus espaldas y el ruido que las sombras proferían al morir, debatiéndose mientras la oscuridad se escurría fuera de sus cuerpos.

Cuando se sintió completamente cercado, William se acercó hasta donde se encontraba Aions. Sin decir palabra alguna se dispusieron espalda contra espada y mantuvieron el terreno contra los enemigos a su alrededor.

Estaban en el centro de un círculo negro y los caballeros demoniacos se erigían frente a ellos, tratando de quebrarlos.

Ambos príncipes lucharon como hermanos en el campo de batalla, mientras se indicaban con frases cortas, que movimientos debían realizar para mantenerse con vida.

Todos los ferthianos resistieron con valentía y aplomo. Pero sin importar cuanto ímpetu demostraran en aquella batalla, por cada sombra eliminada una nueva surgía del otro lado de la muralla.

El vigor comenzó a mermar y los soldados a ceder.

Desesperados William y Aions buscaron una grieta para escapar del rodeo en el que se encontraban. —A la cuenta de tres—dijo Aions.

El joven Windsword lo comprendió. Juntos se abalanzaron contra los demonios y se abrieron paso con vehemencia escapando del asedio.

Lograron reunirse con las legiones, aunque se vieron forzados a retroceder.

Cuando los caballeros oscuros llegaron a la plaza central, su dispersión a lo largo de la ciudad resultó inevitable. Aunque por fortuna, a esas alturas casi todos los civiles habían sido evacuados o se encontraban en las catacumbas.

Apenas pudo tomar un respiro, William observó la muralla. La grieta en la parte alta se había propagado y era ahora un enorme agujero.

De pronto, el muro se resquebrajó por completo. Se partió en dos marcando un camino.

Las inmensas rocas salieron disparadas, y se precipitaron sobre los hogares cercanos a la entrada.

El mundo parecía hundirse por completo, al mismo tiempo que una criatura de colosales proporciones se internaba en la ciudad.

El príncipe de Gargata supo que frente a sus ojos aparecía una leyenda.

Una de las historias de terror que los ancianos les cuentan a los niños. Historias sobre el Clan de la Luna, sobre los ejércitos oscuros y las Legiones del Ocaso.

Uno de esos cuentos, hablaba de una criatura gigantesca de casi ocho metros de altura. Que era escamosa como una serpiente, con siete cabezas que se movían rápidas y certeras; con cuatro patas cortas, enormes garras sin filo y un armazón acorazado que la cubría completamente.

Esa criatura surgía ahora desde la grieta, desde los mitos hasta la realidad, adentrándose lentamente en la capital del imperio.

— ¡Mi señor! — El general de la quinta legión se acercó a Aions con desesperación—. Deje a nuestro cuidado la ciudad. Tome a la Legión del Viento y proteja el palacio. Pelearemos por evitar que la invasión se expanda, pero es importante que no avancen hacia la residencia real, su padre está allí.

— No podrán derribar a esta criatura. No sin un hábil guerrero que los guie — dijo Aions mirando a la bestia que se acercaba desde la lejanía.

William escuchó una voz ronca y gutural a sus espaldas.

— Bastará conmigo—surgió, desde las calles de la capital, el dragontiano Zhepher Wylf—. Mi espada guiara este ataque, y los dragontianos honraran el pacto.

Aions asintió con una amplia sonrisa mientras le estrechaba la mano y le agradeció su presencia en la batalla, antes de retirarse rumbo al palacio junto con la Legión del Viento.

William también estrechó con admiración la mano de Zhepher, antes de acompañar a Aions que se alejaba abriéndose paso entre los soldados.

Estaba sorprendido al ver como los dragontianos se habían quedado en Ferth en lugar de huir. Como habían honrado su juramento y se disponían a pelear en comunión con los hombres ferthianos en contra de los enemigos del mundo.

Todo lo contrario a su padre quien, a estas alturas, ya había escapado hacía Gargata. Al igual que todos los demás pueblos que habían jurado luchar contra el Clan de la Luna.

Finalmente cerraron la segunda puerta de la ciudad, aquella que separa la residencia real del resto de la capital. Esta puerta, — también llamada La Gran Puerta— era tan fuerte y resistente como la entrada principal.

Del otro lado, quedaron todos los soldados. Con excepción de la Legión del Viento; compuesta por los mejores tres mil soldados de Ferth. Aunque faltaba Thomas quien, a pesar de ser el comandante de aquel escuadrón, no había aparecido desde el inicio del ataque.

William notó su ausencia, al igual que todos los presentes.

Riudan Klein, el subcomandante, se encargaba ahora de impartir las órdenes.   

Aions indicó a sus hombres que preparasen las catapultas, pues la bestia de siete cabezas se acercaba lentamente y con paso cansino.

William supo que solo había un método para inclinar la balanza de aquella cruenta batalla. Tendrían que utilizar un nuevo descubrimiento armamentista desarrollado durante el último año. Él sabía perfectamente que dicho artilugio estaba a disposición de Ferth. Porque justamente, había sido fabricado por los ingenieros de Gargata y regalado a Ferth para consolidar la Alianza del Sol.

Se acercó a su amigo entre la multitud de soldados, y lo tomó del hombro buscando su atención.

— Aions. Si queremos sobrevivir, la bestia de siete cabezas tiene que caer. Ordena a tus hombres preparar el cañón —habló repleto de convicción, y con semblante serio y austero.

Riudan Klein, se acercó ante la propuesta de William.

— Señor, el cañón jamás ha sido probado y cargarlo toma tiempo. En el mejor de los casos solo tendremos un disparo—advirtió, tratando de impartir cautela y precaución.

— Entonces será mejor que el tiro sea certero—acotó el príncipe de Gargata con una sonrisa arrogante. Aions asintió, indicándole a Riudan que pusiese manos a la obra.

Las preparaciones comenzaron. El reloj del juicio corría sin pausa. En solo unas horas el mundo se había tergiversado, la realidad estaba fuera de quicio, el tiempo fuera de ritmo.

William se preguntó, en aquél instante, si saldría de allí con vida. Hasta ese entonces, no quiso pensarlo. Se aseguró a si mismo que la realidad no era distinta de un resorte, y que volvería a su estado natural en lugar de quebrarse.

El príncipe de Gargata comprendió entonces que se había mentido a sí mismo. Que no había madurado todo lo que él creía y todavía le costaba aceptar la verdad. Al fin y al cabo, todos tejemos nuestra telaraña de mentiras.

«Todos vivimos en telarañas de mentiras».

Mientras observaba las graderías repletas de hombres y mujeres, la mente de William forjó aquella frase en su subconsciente.

Luego de que se los tratados de paz se firmaran y dieran lugar a la Alianza del sol, el tiempo había corrido rápidamente y un año había transcurrido en completa calma y utopía. 

En su corazón, ya no quedaba resentimiento contra el imperio de la guerra. Por el contrario, estaba agradecido con Aions por haberlo despertado de su iluso letargo.

Gracias a él, sabía que su madre no había muerto por culpa de los ferthianos. Y que el culpable de aquella atrocidad era su propio padre, quien deseaba quitarla del medio para poder desposar a su amante lady Firebane. Y para lograrlo, envió mercenarios al Bastión del Relámpago.

Con el correr del tiempo, William creía haber madurado.

Tras llenar su existencia de rencor durante años, y depositar su odio en personas equivocadas, ahora comprendida que todos los individuos transitan la vida en una red de mentiras.

Algunas que son formuladas para ayudar a aquellos que amamos, otras para intentar engañarnos a nosotros mismos, y proteger a nuestra mente del dolor y la responsabilidad.

Ahora, el jolgorio del Duelo de Campeones resurgía de nuevo para el deleite de todas las naciones.

William se sintió diminuto. El peso de su epifanía parecía recaer sobre sus hombros.

Se encontraba en el mismo lugar en el que estaba el año anterior. En la final del torneo, esperando enfrentar a Aions nuevamente.

En aquella edición del torneo, Zhepher se resignó nuevamente en semifinales. En esta ocasión perdió con William, en un  combate difícil y parejo, al punto que se decidió más por la suerte que por el talento. Aions, por su parte, había superado a Filio Roberti en la otra rama del torneo.

Por momentos, el joven Wintersoul tuvo complicaciones. Los movimientos colosales y la incontenible fuerza del ‘Gigante Oriental’ no debían ser tomados a la ligera. Aunque Filio tenía en general una mente dispersa, si se mantenía centrado, era un rival imponente.

Lúcian no fue capaz de participar aquel año, pues la guerra civil en Leveron había cesado y la nación retornó a la competencia. Además, se encontraba un tanto enfermo en los últimos días y, por esa razón, no se encontraba en el palco real.

Una vez más los príncipes caminaron el uno hacía el otro a través de la arena. Se vieron a los ojos y William disfrutó al saber que ya no había rencores entre los dos.

Ambos estrecharon sus manos y cruzaron algunas palabras.

— Ten cuidado, tanta es mi voluntad de vencerte hoy, que no puedo prometer que no mueras en este estadio — dijo William con un rostro serio mientras rozaba el borde de su espada con los dedos.

— Lo mismo te digo. Entorpece tu espada solo un segundo, y será fatal. — Aions respondió con osadía mientras se ponía en guardia.

Arrel miraba relajado desde el palco real, a su diestra se sentaba Asfharas Windsword, el padre de William, a su izquierda Srednid Vhastar y a la izquierda de este, Aelf Laioslaith, el Gran Duque de Mosel.

El duelo se puso en marcha. Como en el año anterior, el Halcón y el León se enfrentaron para el deleite de los presentes.

La guardia de Aions era impecable. William no podía tocarlo, pero el príncipe de Ferth tampoco llegaba a conectar ningún golpe. El combate resultaba elegante: las espadas se desplazaban ligueras y los movimientos eran sublimes.

Apenas existió una pausa, William notó como Arrel se retiraba presuroso de los palcos junto con el cónsul, Christopher Arcadain.

En aquel momento no significó nada para él, y Aions ni siquiera llegó a notarlo.

Forcejearon inútilmente por diez minutos donde ninguno llegó a tocar al otro. En sus rostros brillaban plateadas como perlas las gotas de sudor. Ambos estaban al límite de la concentración y exigían sus cuerpos hasta los confines de la voluntad.

Nadie lo notaba, pero ellos estaban felices en su juego. Marcaban el ritmo de su propio mundo con cada cruz de espadas que sostenían.

La rivalidad por momentos se diluía, aunque nunca terminaba por desvanecerse, para dar para a una diversión infantil. Estaban ampliamente satisfechos de la paridad de sus fuerzas; orgullosos del juego que tenían entre ellos y que nadie por fuera llegaba a comprender.

Por momentos se sonreían, cada vez que las espadas parecían llegar a impactar al otro.

Fue entonces cuando todo el mundo cambió en un instante…

Aquella tarde en el Palacio Valhala se escuchó un sonido estridente, un sonido que nadie olvidaría jamás y que alteraría el curso de los tiempos.

Piedras caían al suelo…Se desgarraban los cimientos que por siglos se habían mantenido.

El emblema y el orgullo de todo un pueblo, se derrumbaba en un rincón de la ciudad. 

Desde lejos, llegaba al estadio el violento estallido del pavimento, que se desperdigaba a merced de fuerzas que nadie llegaría a comprender.

Aquel estruendo que escuchaban todos los presentes con rostros contemplativos, de duda y preocupación.  Eran los mismísimos muros de Ferth, la única jaula digna de contener a un león.  Aquella imponente pared que se mantenían desde hacía quinientos años, y que ni la Guerra Santa fue capaz de derribar.

Un guardia entró corriendo al estadio. Estaba exhausto y completamente agitado, pues venía desde el puesto de vigilancia del Sur. Cayó rendido apenas entró a la zona de las gradas y gritó con todas sus fuerzas.

— ¡El infierno nos ataca! — exclamo desesperado, casi al borde de la locura—. ¡Los muros están cediendo! — sus gritos eran un balbuceo frenético—. ¡Demonios golpean la puerta! ¡Es el Clan de la Luna!

Inmediatamente, el estadio se sumió en el pánico y las revueltas comenzaron mientras todos intentaron huir sin rumbo fijo. El griterío era ensordecedor y el miedo volvió más espeso que el aire.

— ¡Pueblo de Ferth, mantengan la calma! ¡Los civiles serán protegidos por las legiones imperiales! —gritó Aions con todas sus fuerzas para que todo el mundo lo oyera.

El caos en las graderías de Ferth se detuvo casi al instante. Los demás pueblos, Gargata, Thorv y Senaga, entre otros, continuaron debatiéndose por llegar al puerto y zarpar en los barcos con los que habían arribado.

Riudan Klein, el subcomandante de la Legión del Viento, entró en la arena para encontrarse con el príncipe. Rápidamente, Aions le impartió las órdenes que debían acatar todos los soldados.

— Desde la primera a la cuarta legión de infantería escoltara a los civiles hasta las catacumbas, allí estarán a salvo—el príncipe contempló a la gente en las graderías— Las familias nobles y las casas honorables serán evacuadas en los barcos hacia la isla de Bell. Si no reciben noticias de la capital en dos días, los llevaran a Mosel o a Gargata, hasta nuevas órdenes—Aions hablaba con la fuerza y el vigor de un líder de los hombres. Sus palabras eran incuestionables—. Desde la cuarta a la decimotercera legión se dispondrán ahora mismo, en la puerta principal de la ciudad y sus alrededores —

— ¡Si señor! — Riudan asintió de forma enérgica.

— ¡Riudan! — gritó Aions antes de que se alejase — ¿¡Donde mierda está el comandante Vaine!? ¿¡Porque no es Thomas quien lidera a la Legión del Viento!? — 

— No pudimos encontrarlo señor — el veterano soldado respondió de inmediato y con total sinceridad—. No podemos darnos el lujo de esperarlo. Por eso acudí ante usted personalmente. 

— Hizo muy bien, subcomandante — Aions sentía un profundo fastidio hacia Thomas en aquel momento. Sospechaba la razón por la cual no había asumido el mando con eficiencia. La misma por la cual llegaba tarde a cualquier reunión relevante en los últimos meses.

Aions se volteó y miró a William a los ojos.

— ¿Pelearás a mi lado? — le preguntó arqueando las cejas.

—  Como si tuviese alternativas.

— Las tienes… Puedes esconderte, o subirte a un barco y zarpar rumbo a Gargata.

— Las tendría, si en mi próxima vida fuese yo un cobarde. Pero en esta no tengo opción.

Sin perder más tiempo, ambos se dirigieron presurosos con dirección a la ‘Puerta Negra’, la entrada principal del reino. A medida que corrían por las calles de la ciudad, William sintió como el ambiente lo absorbía. Todos corrían de un lado a otro preparando las defensas de la ciudad.

En los ojos de cada uno de ellos, dormía el pavor. La desesperación de saber que, en pocos minutos, tendrían que plantar la cara ante lo desconocido.

Arribaron a la puerta donde los esperaban nueve de las legiones imperiales. Cerca de veinticinco mil soldados, dispuestos en filas y columnas, extendiéndose por todo el terreno de la calle principal.

Desde allí la realidad era inconcebible. Una estrecha grieta se divisaba en el muro impenetrable. Los demonios detrás de la muralla, todavía permanecían ocultos. La puerta retumbaba con violencia ante cada golpe que recibía. Los arietes enemigos impactaban sin descanso y, en cada golpe el coraje de los soldados comenzaba a mermar. Sus corazones se llenaban de dudas, y solo quedaba en sus mentes el sonido del acero siendo azotado. El de los cimientos eternos cayendo hacia la tierra.

No importaba que criaturas rondaran en el otro lado; si habían rasguñado el muro de Ferth, debían de ser dioses, criaturas que escapaban a la comprensión humana.

Un golpe seco y despiadado impactó de lleno sobre la puerta.

Ante tal suceso, los legionarios retrocedieron lentamente. El temor se hizo pleno en sus rostros, y algunos llegaron a mirar a sus espaldas, buscando escapar a la realidad que se avecinaba.

William comenzaba a perder su valentía.

Frente a él se encontraba el ejército más fiero del mundo; los solados del León. Más no había en ellos, la valentía y el arrojo que profesaba la historia. No había frente a William nada que no alcanzará a ver la vista: únicamente miedo y angustia.

El príncipe de Gargata se acercó a Aions. Le dijo aquello que pensaba sin ninguna contemplación.

— Tus hombres…— tomó una breve pausa, mientras miraba los rostros de los legionarios que estaban cerca de él —. Están aterrorizados.

El príncipe ferthiano asintió, dio un fuerte suspiro y unos pasos al frente. Se dio la vuelta y miró a sus soldados a los ojos.

La noche estaba por arribar, en el horizonte el sol se escondía tras las montañas, mientras regaba los prados con las últimas luces del día.

La puerta fue azotada nuevamente, y otra vez, todos los soldados se alejaron de ella.

El rostro de Aions reflejó un arrebato de furia. Gritó entonces, con voz clara e imponente.

— ¡No se atrevan a ceder! Llevan el escudo de su pueblo. Son la elite de Ferth, el León de Gaia.  Y si los dioses quieren guerra nos mantendremos a través de ella, si quieren destrucción nosotros se la brindamos, y si los dioses quieren que nuestro imperio caiga, nos enfrentaremos a la voluntad divina. ¡Y nuestro acero vivirá por siempre! — Aions recitó las palabras del reino. Algunos soldados recuperaron la compostura al oírlas, recordaron que Ferth se había mantenido a través de los tiempos, de tiempos por momentos oscuros y sin esperanza.

El príncipe no tardó en darse cuenta que las palabras del reino no alcanzaban. Tenía que transmitirles sus propias sensaciones.

— ¡Hijos del León! —continuó entonces —. El muro cederá…Esta puerta ha de caer, y la esperanza quizás se vea debilitada. Pero antes de que eso pase, miren al horizonte. Miren el majestuoso atardecer, hermoso y puro como todos los días en estas tierras, sagrado y perfecto como los vientos y los prados ¡Como todo Ferth! —realizó una pausa tragó saliva y habló con toda la voluntad de su corazón—. No peleen por mí…Tampoco por el rey. No peleen por el honor. No peleen por las leyendas, ni por el orgullo y las riquezas, porque no obtendrán nada. Peleen por los prados porque son de ustedes. Peleen por la ciudad, por sus esposas y sus hijos, protejan con su alma aquello que forjaron con el esfuerzo de cada día—Aions miraba a todos sus soldados como si fueran sus hermanos, porque así lo sentía. Porque les estaba hablando desde lo más profundo de su corazón, intentando mitigar el terror que sentían—.  Esta puerta ha resistido cientos de invasores…Invasores que soñaban con incendiar nuestras vidas, con destruir nuestros hogares, con violar a nuestras mujeres. Todos ellos están muertos, porque fueron inconscientes… ¡Porque son imbéciles, aquellos envisten las puertas de nuestro reino! ¡Los que envisten la jaula en la que duerme el León! —los soldados comenzaron a asentir con decisión, levantaron sus espadas y un grito al aire, mientras sus rostros se llenaron de vigor.  El príncipe agregó poseído por la exaltación del momento—. Este atardecer no es lo último que nos queda. Pues yo les prometo que este no es nuestro último día. Les digo esto y les pido que crean en mí. La gloria de nuestro reino no son simples cuentos, los años plenos todavía han de perdurar ¡Nuestro sueño aún no se acaba y no es tiempo de despertar!

Los soldados gritaron con euforia — ¡La Tempestad! — al tiempo que golpeaban el piso con sus lanzas, o el pecho de sus armaduras con los guanteletes.

William quedó sorprendido por el liderazgo de Aions. En un instante, había cambiado el miedo por el valor. Miles de hombres desahuciados ahora tenían un fuego interno ardiendo en sus miradas.

Aions desenvainó su espada. Al mismo instante, la puerta de acero terminó por derrumbarse.

Los ruidos de cascos equinos contra las piedras, resonaban detrás del polvo y el suelo destrozado. Surgieron desde la bruma, incontables jinetes de armadura negra. Montados en caballos demacrados, portando enormes espadas de hierro oxidado. Todos con el mismo aspecto, el aspecto de las pesadillas.

Avanzaron raudamente decididos a chocar contra las legiones de Ferth.

Aions sostuvo su espada frente a su rostro. La horda se avecinaba sobre él. Se habló a sí mismo en voz baja, como un murmullo para su propia conciencia.

— Y si los dioses quieren que nuestro imperio caiga, mi espada los pondrá de rodillas.

Apenas terminaba la oración, acertó un sablazo de lleno sobre uno de los caballeros que intentó pasar a su lado.  El golpe fue tan violento que despojó al jinete de su montura. Sin dejarle respiro, lo empaló con su espada, por el camino que le permitieron las grietas en la armadura, justo donde debería estar el corazón.

No brotó de su cuerpo sangre alguna. En su lugar surgió una estela de oscuridad, tan profunda como la noche a cielo nublado. Que manó de su pecho y se evaporó rápidamente, perdiéndose en el aire. Dejando atrás únicamente los restos de armadura negra.

William presenció todo el suceso, al igual que los legionarios a sus espaldas. Sintió un arrebato de valentía, y se lanzó de lleno al combate.

Con cada blandir de su espada, se extinguía una existencia maligna. Cuando ya estaba inmerso en el caos, se lo escuchó gritar.

— ¡No son hombres, pero tampoco son dioses! ¡Enviémoslos de regreso al infierno!

Exclamó con furia mientras prolongaba su marcha combativa, derribando enemigos sin piedad. Las legiones a sus espaldas resistían las constantes oleadas de los jinetes, con la misma compostura que las rocas resisten los arrebatos de un océano tormentoso.

En medio del tumulto, William notó que los enemigos lo rodeaban.

Su mente estaba en blanco y su corazón latía desbocado. Como campanas dentro de su conciencia más profunda, escuchaba el sonido de las espadas contra los escudos, el relinche de los caballos al morir, la madera de las lanzas quebradas; el alarido de los hombres que perdían la vida a sus espaldas y el ruido que las sombras proferían al morir, debatiéndose mientras la oscuridad se escurría fuera de sus cuerpos.

Cuando se sintió completamente cercado, William se acercó hasta donde se encontraba Aions. Sin decir palabra alguna se dispusieron espalda contra espada y mantuvieron el terreno contra los enemigos a su alrededor.

Estaban en el centro de un círculo negro y los caballeros demoniacos se erigían frente a ellos, tratando de quebrarlos.

Ambos príncipes lucharon como hermanos en el campo de batalla, mientras se indicaban con frases cortas, que movimientos debían realizar para mantenerse con vida.

Todos los ferthianos resistieron con valentía y aplomo. Pero sin importar cuanto ímpetu demostraran en aquella batalla, por cada sombra eliminada una nueva surgía del otro lado de la muralla.

El vigor comenzó a mermar y los soldados a ceder.

Desesperados William y Aions buscaron una grieta para escapar del rodeo en el que se encontraban. —A la cuenta de tres—dijo Aions.

El joven Windsword lo comprendió. Juntos se abalanzaron contra los demonios y se abrieron paso con vehemencia escapando del asedio.

Lograron reunirse con las legiones, aunque se vieron forzados a retroceder.

Cuando los caballeros oscuros llegaron a la plaza central, su dispersión a lo largo de la ciudad resultó inevitable. Aunque por fortuna, a esas alturas casi todos los civiles habían sido evacuados o se encontraban en las catacumbas.

Apenas pudo tomar un respiro, William observó la muralla. La grieta en la parte alta se había propagado y era ahora un enorme agujero.

De pronto, el muro se resquebrajó por completo. Se partió en dos marcando un camino.

Las inmensas rocas salieron disparadas, y se precipitaron sobre los hogares cercanos a la entrada.

El mundo parecía hundirse por completo, al mismo tiempo que una criatura de colosales proporciones se internaba en la ciudad.

El príncipe de Gargata supo que frente a sus ojos aparecía una leyenda.

Una de las historias de terror que los ancianos les cuentan a los niños. Historias sobre el Clan de la Luna, sobre los ejércitos oscuros y las Legiones del Ocaso.

Uno de esos cuentos, hablaba de una criatura gigantesca de casi ocho metros de altura. Que era escamosa como una serpiente, con siete cabezas que se movían rápidas y certeras; con cuatro patas cortas, enormes garras sin filo y un armazón acorazado que la cubría completamente.

Esa criatura surgía ahora desde la grieta, desde los mitos hasta la realidad, adentrándose lentamente en la capital del imperio.

— ¡Mi señor! — El general de la quinta legión se acercó a Aions con desesperación—. Deje a nuestro cuidado la ciudad. Tome a la Legión del Viento y proteja el palacio. Pelearemos por evitar que la invasión se expanda, pero es importante que no avancen hacia la residencia real, su padre está allí.

— No podrán derribar a esta criatura. No sin un hábil guerrero que los guie — dijo Aions mirando a la bestia que se acercaba desde la lejanía.

William escuchó una voz ronca y gutural a sus espaldas.

— Bastará conmigo—surgió, desde las calles de la capital, el dragontiano Zhepher Wylf—. Mi espada guiara este ataque, y los dragontianos honraran el pacto.

Aions asintió con una amplia sonrisa mientras le estrechaba la mano y le agradeció su presencia en la batalla, antes de retirarse rumbo al palacio junto con la Legión del Viento.

William también estrechó con admiración la mano de Zhepher, antes de acompañar a Aions que se alejaba abriéndose paso entre los soldados.

Estaba sorprendido al ver como los dragontianos se habían quedado en Ferth en lugar de huir. Como habían honrado su juramento y se disponían a pelear en comunión con los hombres ferthianos en contra de los enemigos del mundo.

Todo lo contrario a su padre quien, a estas alturas, ya había escapado hacía Gargata. Al igual que todos los demás pueblos que habían jurado luchar contra el Clan de la Luna.

Finalmente cerraron la segunda puerta de la ciudad, aquella que separa la residencia real del resto de la capital. Esta puerta, — también llamada La Gran Puerta— era tan fuerte y resistente como la entrada principal.

Del otro lado, quedaron todos los soldados. Con excepción de la Legión del Viento; compuesta por los mejores tres mil soldados de Ferth. Aunque faltaba Thomas quien, a pesar de ser el comandante de aquel escuadrón, no había aparecido desde el inicio del ataque.

William notó su ausencia, al igual que todos los presentes.

Riudan Klein, el subcomandante, se encargaba ahora de impartir las órdenes.   

Aions indicó a sus hombres que preparasen las catapultas, pues la bestia de siete cabezas se acercaba lentamente y con paso cansino.

William supo que solo había un método para inclinar la balanza de aquella cruenta batalla. Tendrían que utilizar un nuevo descubrimiento armamentista desarrollado durante el último año. Él sabía perfectamente que dicho artilugio estaba a disposición de Ferth. Porque justamente, había sido fabricado por los ingenieros de Gargata y regalado a Ferth para consolidar la Alianza del Sol.

Se acercó a su amigo entre la multitud de soldados, y lo tomó del hombro buscando su atención.

— Aions. Si queremos sobrevivir, la bestia de siete cabezas tiene que caer. Ordena a tus hombres preparar el cañón —habló repleto de convicción, y con semblante serio y austero.

Riudan Klein, se acercó ante la propuesta de William.

— Señor, el cañón jamás ha sido probado y cargarlo toma tiempo. En el mejor de los casos solo tendremos un disparo—advirtió, tratando de impartir cautela y precaución.

— Entonces será mejor que el tiro sea certero—acotó el príncipe de Gargata con una sonrisa arrogante. Aions asintió, indicándole a Riudan que pusiese manos a la obra.

Las preparaciones comenzaron. El reloj del juicio corría sin pausa. En solo unas horas el mundo se había tergiversado, la realidad estaba fuera de quicio, el tiempo fuera de ritmo.

William se preguntó, en aquél instante, si saldría de allí con vida. Hasta ese entonces, no quiso pensarlo. Se aseguró a si mismo que la realidad no era distinta de un resorte, y que volvería a su estado natural en lugar de quebrarse.

El príncipe de Gargata comprendió entonces que se había mentido a sí mismo. Que no había madurado todo lo que él creía y todavía le costaba aceptar la verdad. Al fin y al cabo, todos tejemos nuestra telaraña de mentiras.

Nota de Autor:

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