Las Cenizas Del Viento: Prólogo



Introducción:

La casa Wintersoul comanda el imperio más grande del mundo: Ferth. Todos los reinos del continente de Odaria han jurado lealtad a Ferth —apodado el Reino del Viento, el León de Gaia, el Imperio de la Guerra— y esa alianza ha dado origen a un imperio tan vasto como el océano Septentrional. 

Antaño, cada nación de Odaria era un feudo autónomo. Eso fue antes de que Caleb Wintersoul exigiera la lealtad de todas las comarcas a una sola ciudad capital.  Logró que los reinos cedieran la mayor parte de sus soldados a Ferth, tributando cuando lograban un exceso de producción de alimentos o bienes. A cambio de esa lealtad, Ferth protegería a los reinos de enemigos extranjeros, convirtiendo a los feudos en sus colonias. Sabiamente, les permitió mantener sus costumbres y sus dioses.

Los Wintersoul han conducido el imperio, reinando por más de quinientos años. Ellos forjaron grandes leyendas a través de los siglos. Los héroes más significativos en la historia de Gaia portaron con orgullo aquel apellido.

Si bien los Wintersoul fueron gloriosos por generaciones y dieron origen a leyendas seculares, algunos herederos no tan admirables empañaron una historia inmaculada.

Fue entonces, cuando parecía que el mundo empezaba a perder el respeto por aquel ilustre apellido, que nació en la capital de Odaria un niño al que muchos considerarían el mejor espadachín de los confines, y el más grande de los héroes.

Su nombre fue Aions Wintersoul, hijo de Arrel, heredero de los reinos del norte, protector de los confines. Aquel que vio donde los dragones duermen, donde el conocimiento se esconde, que caminó ciudades que no conocen el cielo sin lluvias y navegó mares donde las olas son tan firmes como el suelo. Aquel que estuvo en la tierra de los muertos, donde las estrellas son opacas y hablo con criaturas más antiguas que el silencio. 

Esta es su historia…

Prólogo: El huérfano

Tras esperar durante una hora la llegada de su padre, Aions supo que aquella noche supondría un cambio en su vida. Era un pensamiento que rondaba su cabeza desde la mañana, cuando escuchó a su padre partir presuroso hacia Leveron con un numeroso grupo de legionarios.  La idea se había instalado y el sentimiento de que hoy sería un día distinto a cualquier otro se tornaba más fuerte con el correr de las horas.

“Cuando esa puerta se abra, nuestras vidas ya no serán las mismas”.  La certeza lo golpeó con la violencia repentina de un choque frontal.  Pero con sus escasos ocho años no llegaba a distinguir si aquella certeza le infundía miedo o expectativa; si el cambio que sentía en su cuerpo y profesaba sus latidos era una tragedia o una oportunidad.

Llevaba horas esperando al final de la escalera, justo enfrente de la puerta principal. Era una noche tormentosa; las gotas caían con furia desde el cielo y las nubes se arremolinaban en la penumbra.

Aions apoyó su antebrazo en el escalón y reposó su cabeza sobre el mismo. Sentado algunos escalones más arriba estaba Thomas — su sirviente y su mejor amigo—, quien bostezó profundamente mientras su cabeza se inclinaba hacia adelante.

La noche comenzaba a resultarles pesada y la espera se tornaba interminable. Debían ser aproximadamente las dos de la mañana y el rey Arrel Wintersoul todavía no había regresado. El ruido de la lluvia comenzaba a adormecerlos. La poca luz de los faroles de aceite y de las velas en los candelabros se refractaba en los adornos de cristal colgados sobre las columnas, que llevaban los destellos a todos los rincones de la sala. La puerta que comunicaba el patio con la sala estaba abierta y se podía ver el brillo de la luna, que se filtraba entre los nubarrones y penetraba por la ventana del pasillo. Las demás habitaciones estaban cerradas, y probablemente todos dormían.

Se deshicieron de la somnolencia apenas retumbó en la sala el sonido de unos pasos y notaron que alguien descendía por la escalera. Al escucharlo acercarse, voltearon sus cabezas para encontrarse con otro de los sirvientes del palacio. Y aunque estaba a una distancia de unos pocos escalones, ellos solo habían oído las últimas pisadas.

— Joven príncipe, ya es muy tarde, tal vez sería mejor si se retirara a descansar en su cuarto— dijo mientras bajaba por la escalera, pasando al lado de Thomas. Apenas llegó a los últimos peldaños, la tenue luz de la habitación inundó su rostro.

Ese hombre era Christopher Arcadain. Aions recodaba su nombre perfectamente, a pesar de que no tenía un trato personal con aquel sirviente. Christopher era el nuevo miembro del Senado. Un extranjero llegado a Ferth hacía dos años, bastante famoso por su juventud y sus dotes políticas. Tenía solo veinticinco años y ostentaba un puesto como magistrado. Los más osados sugerían que solo era cuestión de tiempo para que lo nombraran concejal, y que con los años sería cónsul. Muchos consideraban impropio y peligroso que un extranjero recién llegado al país ascendiera tan rápido en jerarquía. Pero detrás de esas críticas se escondía también una profunda envidia, pues nadie podía negar que aquel joven político proyectara una imagen de sagacidad y carisma.

— Me quedaré hasta que vuelva mi padre — dijo Aions de soslayo, sin mirar a Christopher a los ojos.

Arcadain dibujó una mueca risueña entre las sombras; la luz de la luna golpeaba sobre su nariz y sus labios, pero ocultaba sus ojos.

— Muy bien. Esperaremos. — respondió de forma tranquila mientras se retiraba a un rincón de la sala y tomaba una silla; para luego acercarla hasta la escalera y se sentarse allí.  — Después de todo… No falta mucho.

—¿Cómo lo sabe? — preguntó Thomas inmediatamente.

Christopher había ignorado a Thomas desde el primer instante y, cuando el niño lo increpó, su extraña sonrisa se ensancho levemente

— Lo vi desde la ventana de mi cuarto. Estaba cruzando el muro —hizo una pausa y luego agregó —. Sin embargo, eso no es lo que llamó mi atención.

— ¿Entonces qué es? — preguntó Aions intrigado.

— Vuelve acompañado…— respondió mientras miraba atento a la puerta.

Nadie pronunció palabra durante los próximos quince minutos. El único sonido que quedó en la sala fue el de la lluvia golpeando los tejados. Thomas volvió a bostezar; y Aions se frotó los ojos con los nudillos.

Y entonces, la puerta del palacio se abrió abruptamente.

Aions sintió un gran alivio al ver la silueta de su padre frente al umbral, completamente empapado y con un cielo turbulento a sus espaldas. Apenas vio que su hijo y Thomas lo estaban esperando, el rey iluminó la sala con una gran sonrisa.

Arrel era un hombre de porte imponente, de buena estatura y peculiar talante. Un bigote prominente decoraba su rostro afable, que siempre guardaba una mueca de alegría para entregarle a su único hijo.

El rey dio unos cuantos pasos cruzando el vano de la puerta y extendió sus brazos mientras se arrodillaba hasta la altura de los niños. Y, cuando ellos se acercaron, se aferró a sus cuerpos con fuerza y los empujó contra su pecho en un calido abrazo.

— Es muy tarde. Ya deberían estár dormidos — dijo con poco ímpetu.

Detrás de Arrel, alguien esperaba rezagado; era otro niño que se había detenido en el umbral.

El viento cerró la puerta de un golpe. Y la tez oscura del visitante se fundió con las sombras de la habitación. Cuando finalmente dio un paso al frente, la luz de un candelabro terminó de alumbrarlo. Su estatura era menor que la de Aions, y más parecida a la de Thomas. Sus ojos color azabache recorrían la habitación con una mirada desagradable.

El rey gentilmente los hizo a un lado, se puso de pie, dio unos pasos atrás, y se paró detrás del extraño.

— Aions, Thomas, les presento a Lúcian Haragraf. A partir de hoy, él vivirá en el castillo, — dijo mientras tomaba al niño por los hombros.

Lúcian no hizo ningún gesto: hacia un rato que miraba fijamente a Aions.

— Hoy los gargatienses atacaron Leveron y asesinaron a sus padres. Yo los apreciaba mucho, su padre era un gran amigo. — Arrel tragó saliva. Sus ojos se cristalizaron un poco antes de continuar — Por eso decidí que se quede con nosotros. Aions, desde hoy Lúcian será miembro de nuestra familia y ustedes serán hermanos.

Su padre prefirió usar la palabra hermano, en lugar de decir pupilo. Aions era joven y tomó sus palabras al pie de la letra. El joven príncipe estaba aliviado de ver que aquel presentimiento de cambio que sentía, era la llegada de aquel niño y no una desgracia que recayera sobre su padre.

Arcadain se había mantenido en silencio, escuchando atentamente. Finalmente se acercó al rey y lo saludó con un perfecto ademán. Luego se acercó a Lúcian y lo observó en silencio. Sus ojos mostraban una intriga sincera, le extendió la mano al joven y dijo.

— Buenas noches, joven Lúcian. Mi nombre es Christopher, y soy un humilde servidor de tu nueva familia — habló con una sonrisa rebosante de carisma.

Lúcian no respondió, pero sus ojos se tornaron nuevamente desagradables mientras alejaba su mirada de Aions y la concentraba sobre Arcadain. El magistrado no pudo evitar reír: la mirada del niño no era desafiante, pero resultaba perturbadora e incómoda.

— Es muy tímido— dijo Arrel excusando a su nuevo pupilo —. Pero, considerando sus circunstancias, creo que es algo normal— continuó hablando mientras posaba su mano en el hombro de Arcadain.

— Es totalmente comprensible, su majestad— Christopher habló con tono calmado y diplomático. Un tono que sorprendía a cualquiera que viera su rostro tan joven. —Tiene intensidad en su mirada…Es un niño interesante, otro más para agregar a su ya extraordinaria familia.

El rey comenzó a reír estridentemente.  Tanto así que podría haber despertado a los sirvientes que estaban dormidos

— ¡Sin duda que estos dos son extraordinarios delincuentes! —dijo mientras les daba un coscorrón a ambos —Esta mañana se subieron al tejado, y le lanzaron un cuenco de aceite al maestro de armas mientras adiestraba a los nuevos reclutas —intentó hablar con un tono más severo, pero la escena le había causado bastante gracia en el momento. —Estarán castigados toda esta semana— agregó recuperando la compostura.

Aions y Thomas apartaron la mirada hacia el piso, cruzando miradas y sonrisas de complicidad. El maestro de armas era el que los atrapaba siempre cuando se escapaban del palacio.

Christopher miró a Aions y a Thomas meditabundo. Luego miró unos segundos a Lúcian y finalmente habló con decisión.

— Mi señor, no puedo evitar el pensar que sin lugar a dudas usted ya está muy atareado siendo el tutor de estos dos pequeños. Eso sin tener en cuenta todas sus obligaciones como soberano. —La mirada del político se tornó certera y persuasiva mientras continuaba —. Por lo tanto, me gustaría proponerle lo siguiente—Arcadain se acercó a Lúcian antes de agregar —. Si usted lo permite, me encargaré de la correcta educación de este niño. Y podrá acompañarme al Senado durante las tardes para aprender cómo funciona el imperio.  De esta forma, usted no tendrá tanto trabajo.

— Es un tanto extraño que me pidas algo semejante Christopher. No puedo evitar preguntarme por qué un magistrado desearía atarearse de esta manera… Tendría más sentido si fueras un siervo común—respondió el rey mientras se aplanaba el bigote con los dedos, en una actitud deliberante.

— Como ya he dicho, usted debe criar a estos dos jóvenes por su cuenta. Uno de ellos será el próximo soberano de estas tierras y requiere de toda su atención. Me gustaría aliviar esa carga de ser posible. Considérelo, si así usted lo deseara, como un acto de filantropía. —Cuando terminó de decir esto sonrió levemente —. Además, este joven tiene facultades, temo que estas se desperdicien si es criado en tercer lugar y no concibo la idea de que sea instruido por un simple sirviente. Sus dotes deben ser fomentados.

Procedieron unos segundos de silencio, mientras el rey reflexionaba sobre las palabras del magistrado. Finalmente dio su respuesta

— Hablas con verdad y buen juicio — sentenció — No podré dedicarle el tiempo necesario a su educación.  Y no sería justo que mi hijo comprometiera la suya por la de otro niño— Arrel posó su mano izquierda sobre el hombro de Christopher— De acuerdo, te encargarás de su formación intelectual, no puedo pensar en alguien más apto para la tarea.

Apenas terminó de hablar, el rey aclaró que ya era hora de dormir y se dispuso a retirarse, aunque no sin antes indicarles a Aions y a Thomas que guiasen a Lúcian hacia alguno de los cuartos de huéspedes; mañana le prepararían una habitación más apropiada y permanente.

Los tres niños comenzaron a subir las interminables escaleras de mármol blanco y alfombras rojas. Thomas miraba a Lúcian con desconfianza, mientras este decidía ignorarlo. No cruzaron palabra hasta llegar al cuarto. Cuando arribaron, Lúcian abrió la puerta y se despidió inmediatamente con un “Buenas noches”. Su voz era un misterio. Aions no podía saber si era tristeza o carencia de emociones, pero le resultaba comprensible: el niño acababa de perder a sus padres, cambiaba su hogar, su familia y tenía un desconocido como nuevo tutor.

El príncipe, en un inocente esfuerzo de alegrar a su nuevo hermano, le dijo con la mayor efusividad que le fue posible, teniendo en cuenta el cansancio que sentía:

— Mañana a la tarde iremos de cacería con mi padre. Vamos a ir hasta el Gran Salto, y tal vez a pescar. Puedes venir si quieres.

Lúcian lo miró en silencio y Aions se sintió incómodo. Un ligero escalofrió recorrió su cuerpo, mientras el huérfano se internaba en su habitación y entrecerraba la puerta

—Tal vez…No estoy seguro. Quizás mañana te avise.

La puerta se cerró, Aions y Thomas quedaron solos en el pasillo. Continuaron caminando hacia sus respectivas habitaciones.

Al poco tiempo Thomas le dijo a su amigo en voz baja:

—Es muy raro—

No había nadie más en el pasillo. Sin embargo, Thomas había optado por el susurro.

— A mí también me pone nervioso— admitió el príncipe —Pero su vida es complicada. No me gustaría perder a mi padre.

— Por como habló Christopher, parecía que yo era también un huérfano— agregó su amigo con un profundo fastidio —Lo peor es que es la verdad. Si tu padre no se ocupara de educarme, me criarían los animales salvajes antes que mi padre.

Thomas no tenía la mejor relación con Edam Vaine, su padre. Edam era la mano derecha de Arrel. Un hombre rígido, austero y sumamente disciplinado. Cada vez que hablaba con Thomas era para corregir algo, para remarcarle errores o simplemente para recordarle todo lo que se esperaba del hijo mayor de una familia importante como eran los Vaine. Su madre vivía fuera de la capital con sus dos hijos menores, en Evalin, la ciudad de los jardines. 

— No seas tan exagerado. Tu padre se preocupa por ti. Al igual que el mío.

Thomas decidió no responder.

Tras un tiempo apropiado de silencio, volvió a hablar sobre Lúcian:

— Entiendo que perdió a su familia…— dijo como si fuera algo de poca importancia —Pero algo en él me produce desconfianza— agregó con una mirada sigilosa.

Llegaron a sus habitaciones y se fueron a dormir. El príncipe se lanzó satisfecho sobre su cama, dispuesto a entregarse al sueño.

“Cuando esa puerta se abra, nuestras vidas ya no serán las mismas” Aions recordó su pensamiento. Había estado en lo cierto, ahora su vida era distinta. Ahora tenía un nuevo hermano.

Antes de cerrar los ojos y dejarse vencer por el sueño, Aions pensó que el ominoso presentimiento que lo atormentó esa tarde que se desvanecía. Finalmente, aquel cambio se había producido, pero nada amenazaba a su padre, era simplemente que un nuevo personaje, un huérfano había llegado al palacio y entrado en sus vidas. Se sintió aliviado y durmió plácidamente.

Pero algunos cambios son más profundos de lo que parecen a simple vista y no todas las transiciones suceden de manera tempestuosa. Pasarían años antes de que se percatara de que esa noche había sido el principio de aquella desgracia que lo marcaria para siempre, y dejaría a su reino en un estado de decadencia absoluta…


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