Y un día empezó a cambiar:



Cuando todavía se sentía como una niña, Ludmila solía estar asustada de muchas cosas.

No le gustaba admitirlo, pero creo que le tenía miedo a los demás.

Estaba aterrada de la mentira, del abandono, del apego y de la amarga desilusión.

Y, aunque yo la quería mucho, llevaba consigo una sombra que no dejaba entrar a nadie.

Luego fuimos creciendo y, nadie supo bien como, el barrio la vio convertirse en una mujer distinta.

Tal vez algo sucedió en su vida y jamás nos enteramos,

Pero algo la invadió, como una ola de conciencia que paso y arrasó sin dejar rastro;

Así, de pronto, la veíamos llegar y en sus ojos no había añoranza por ningún mundo ajeno.

Y nadie podía, aunque quisiera, robarle el suyo.

Un día, empezó a respirar. Y valoró realmente su respiración.

Empezó a vivir…Y cada momento, cada acción que tomaba, la guiaba hasta un lugar distinto a todos los que había conocido.

A un sitio donde las despedidas no solían suceder.

Y se enamoró…

Pero no se enamoró de algo, o de alguien; se enamoró de su vida.

Fue algo que guardo como un secreto. Pero, por primera vez, todo lo que llegaba a sus ojos le resultaba inspirador.

 

Alejandro Menéndez

 

 

 

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